Patrimonio Cultural de Venezuela: Municipio Julio César Salas
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Patrimonio Cultural de Venezuela: Municipio Julio César Salas

El viajero que llega desde Maracaibo, Barquisimeto o Trujillo sabe que ha tocado suelo sagrado cuando Arapuey le abre las puertas
31 de mayo de 2026
País.- Desde la mirada de la radiodifusión sonora que transmite, difunde, educa y enriquece, en este recorrido turístico, natural, cultural y patrimonial, hablaré del municipio Julio César Salas, estado Mérida y de algunos de sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, publicada en la Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Hoy, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).

El municipio Julio César Salas no solo se extiende en la llanura; también trepa la cordillera buscando el cielo. Allá arriba, donde el termómetro se planta en los diecisiete grados y el paisaje se tiñe de blanco, descansa San José de Palmira. Originalmente llamado San José de Pocó, en honor a los indígenas que habitaban las riberas del río que dividen a Mérida de Trujillo, este rincón montañoso debe su nombre actual a la abundancia de la sagua, la palma que susurra con el viento. Cuenta el cronista Luis Simanca que fueron los apellidos Romero y González quienes trajeron desde Trujillo la primera semilla de este poblado que hoy vive del cultivo del cambur, del café y de una fe inquebrantable que, cada Semana Santa, transforma sus calles en un escenario vivo para conmover al espectador con la Pasión de Cristo.


El viajero que llega desde Maracaibo, Barquisimeto o Trujillo sabe que ha tocado suelo sagrado cuando Arapuey le abre las puertas. Es el primer aliento de Mérida y, a la vez, el último adiós de la carretera Panamericana; un territorio de contrastes donde la brisa andina se encuentra con los aromas húmedos que suben, apenas a quince kilómetros, desde el Lago de Maracaibo. Nacido al calor de la fe fundadora de José Tomás Delgado entre 1915 y 1920, este pueblo cobró su verdadero auge en los años cincuenta, cuando el asfalto de la modernidad rompió la distancia. Hoy, el río Arapuey no solo bautiza la tierra y corre a entregarse al lago; irriga también el alma de una comunidad eminentemente agrícola que sabe a café, a cacao maduro, a frutas frescas ya la constancia de su ganadería.

En ambos paisajes, la vida comunitaria gravita en torno a la memoria, en la gran Plaza Bolívar de Arapuey, una estatua pedestre del Libertador custodia un palomar original y una fuente que refresca las tardes, mientras los vecinos aún recuerdan las leyendas de José Ramón Salas y Ramón Mendoza como los pioneros del lugar. En Palmira, una plaza remozada acoge el busto cilíndrico de Bolívar entre flores y grama fresca. Y si de identidad se trata, nada condensa mejor el espíritu andino que el ritual de su vino de mora: frutas maduras prensadas con paciencia, mezcladas con agua y azúcar, que reposan en la penumbra durante veintidós días de fermentación para regalar un elixir añejo que sabe a hogar ya tradición.

Llevar este nombre no es un hecho fortuito, Julio César Salas, nacido en la Mérida académica en 1870, fue el hombre que prefirió las aulas y la investigación antes que los pasillos de la política. Abogado, sociólogo, historiador y etnólogo de estirpe positivista, fundó cátedras en la Universidad de los Andes y dio vida a la Sociedad Venezolana de Americanistas. Obras suyas como Civilización y barbarie o su Etnografía americana siguen siendo, más de un siglo después, brújulas obligatorias para entender quiénes somos. Salas, que partió de este plano en 1933, vigila hoy desde la historia este municipio que es, a la vez, portal de entrada, cumbre de neblina y cuna de hombres y mujeres que siembran la tierra con la misma hondura con la que él sembró las ideas.

En Arapuey el tiempo parece detenerse en sus esquinas memoriosas, en la fisonomía urbana destaca la Casa del Balcón erigida en 1870 por Abrahán Martínez, con tapias, techos a cuatro aguas y un aljibe de piedra que resguarda el agua y el pasado; un bastión que antes de pertenecer a Jesús María Matheus en 1924, fue juzgado, prefectura, comercio y cárcel. Muy cerca, la Iglesia San Isidro Labrador, levantada en 1950 por el párroco Mora y sus vecinos. El entretenimiento también tuvo su templo, el antiguo cine de Arapuey, fundado en 1954 en una estructura de caña brava y reedificado en ladrillos en 1957. Hoy, transmutado en el hogar de la familia Leal Guerra, ese espacio conocido como «el rincón de los enamorados» aún custodia con celo dos viejas máquinas y los rollos de celuloide que proyectaron los sueños de la comunidad.

La identidad del municipio es un tejido de ritos, sabores y oficios que se transmiten de generación en generación; se manifiesta en la mesa con el crujido del patacón coronado con carnes y repollo, pero también en el misticismo de las Cruces de la Misión, sembradas por misioneros redentoristas. En esa misma cotidianidad ritual, los artesanos del tabaco desvenan la hoja seca, la sumergen en un denso melado quemado de papelón, dejándolas reposar toda la noche al sereno, antes de ejecutar el milagro del prensado. Un legado económico y cultural que, al igual que el aromático vino de mora que perpetúa el aroma, el sable y la resistencia de un pueblo que siembra su historia en cada rincón de la geografía merideña. ¡Visitemos, preservemos, salvaguardemos/salvaguardiemos los elementos naturales, culturales y patrimoniales!  
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VÍA Equipo de Redacción Notitarde
FUENTE Danfny Velásquez