Patrimonio Cultural de Venezuela: Municipio Campo Elías, estado Mérida
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Patrimonio Cultural de Venezuela: Municipio Campo Elías, estado Mérida

Evocar el nombre de Ejido, capital del municipio Campo Elías, es, inevitablemente, despertar los sentidos
17 de mayo de 2026
País.- Desde la mirada de la radiodifusión sonora que transmite, difunde, educa y enriquece, en este recorrido turístico, natural, cultural y patrimonial, hablaré del municipio Campo Elías, estado Mérida y de algunos de sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, publicada en la Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Hoy, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).

Evocar el nombre de Ejido, capital del municipio Campo Elías, es, inevitablemente, despertar los sentidos. Fue el ilustre Tulio Febres Cordero quien la bautizó con justicia como la «Ciudad de las mieles y de las flores», un título que no nació del azar, sino del aroma a melaza que desprendían sus antiguos trapiches y el colorido vibrante de sus campos. Esta tierra, que hoy tarde entre la tradición y el dinamismo moderno, tiene su génesis en un reparto de terrenos ejidos por el Cabildo de Mérida, consolidándose formalmente el 14 de julio de 1650 bajo la mano del capitán Buenaventura de Bustos Baquero. Desde aquel entonces, bajo el nombre de San Buenaventura de Ejido, se trazó el destino de un pueblo que creció al calor de la caña de azúcar y el esfuerzo de manos que transformaron el paisaje en un emporio de dulzor ancestral.


Aquel origen como emporio del azúcar no solo definió la economía de la región, sino que moldeó su cultura inmaterial. En los predios de sus Múltiples haciendas y trapiches, la siembra de la caña prosperó bajo el sol merideño, sostenida en sus inicios por la recia mano de obra de indígenas y esclavizados que cimentaron, con sudor y esfuerzo, la prosperidad de las familias notables de la Mérida colonial. De esos hornos y calderos surgió la panela, ingrediente alma de nuestra cocina, que dio vida a los tradicionales dulces caseros de higo, leche y guayaba que todavía hoy son referencia obligada para el visitante.

Esa vocación productiva se entrelaza con una geografía urbana que ha sabido transformarse. Es una ciudad que se deja leer a través de sus vías; Si bien durante décadas la carretera trasandina fue el eje que atravesaba el poblado por la Plaza Bolívar, hoy la Avenida Centenario actúa como una columna vertebral que divide el paisaje en dos tiempos: el casco histórico, que se aferra a sus raíces comerciales e institucionales, y las nuevas zonas urbanas que se expanden hacia la parte baja. Caminar por el casco central de Ejido es recorrer un trazado que respira historia a través de sus dos arterias principales: las calles Fernández Peña y Bolívar. Estas vías, paralelas y extensas, son atravesadas por catorce transversales que resguardan la memoria institucional y comercial del municipio. En torno a ellas, el paisaje arquitectónico nos narra una evolución constante; aunque muchas de las casonas más antiguas han cedido su espacio a la modernidad, el sector aún conserva ese aire de centro histórico donde convergen edificaciones de distintos períodos.

El punto de encuentro ineludible, donde el tiempo parece detenerse para observar el ajetreo cotidiano, se encuentra frente a la Plaza Bolívar. Allí se erige la Iglesia Nuestra Señora del Carmen, un faro de fe y patrimonio que no solo domina la visual del casco central, sino que sirve de refugio espiritual para los ejidenses. Esta edificación, junto a las estructuras que aún resisten el paso de los siglos, conforma un testimonio vivo de la transformación urbana de un pueblo que, a pesar de las urbanizaciones que hoy florecen en su parte baja, se reconoce y se encuentra siempre en su corazón fundacional. Esa riqueza urbana y patrimonial de Ejido se encuentra su resguardo en un entorno natural imponente, donde la geografía parece detenerse en el tiempo. Hacia las alturas, el paisaje se vuelve abrupto y sagrado en lugares como la Laguna Las Lajas, un espejo de agua rodeado de rocas que guardan el secreto de más de 600 millones de años.

En este dominio del páramo, a casi cinco mil metros sobre el nivel del mar, el aire se vuelve gelido y el silencio solo es interrumpido por el vuelo del cóndor o el discreto paso del oso frontino. Es un ecosistema de contrastes, donde el intenso frío y la roca desnuda permiten el florecimiento del frailejón y especies de colores vibrantes como el chispeador y el tabacote morado, que desafían la aridez con su belleza. Este cinturón verde, que se extiende entre bosques parameros y selvas nubladas, es el que garantiza la vida y el frescor que desciende hasta el valle del río Chama. Al final, Ejido es mucho más que un trazado de calles y memorias de trapiches; es un equilibrio perfecto entre lo ancestral y la herencia colonial, es el dinamismo de sus tres parroquias y la custodia eterna de sus montañas. En cada panela de azúcar y en cada piedra de sus cumbres, tarde la identidad de un pueblo que nació para ser, eternamente, la ciudad de la miel, de las flores y de las cumbres infinitas. Ejido se nos revela, al final de este recorrido, como un tesoro que brilla con luz propia. Aun frente a los desafíos de una naturaleza que se impone con sus pendientes y sus vientos de páramo, esta ciudad permanece como un joyero abierto para las generaciones futuras. ¡Visitemos, preservemos, salvaguardemos/salvaguardiemos los elementos naturales, culturales y patrimoniales del municipio Campo Elías!    
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VÍA Equipo de Redacción Notitarde
FUENTE Danfny Velásquez