En una estrecha calle de la barriada, los dos funcionarios avistaron la moto de los delincuentes, esta aceleró, pero resbaló en un enorme charco de agua y cayeron al suelo. Rápidamente llegaron cerca de ellos Cedeño y William.
Los dos hampones tomaron rumbos distintos al encontrar la primera vereda que se les aparece. Los funcionarios corrieron detrás de uno de los ladrones, que al encontrar abierta la puerta de una humilde casa, entró apresuradamente en el inmueble. Detrás del sujeto, los dos policías entraron velozmente. Una anciana en dormilona, que estaba en la sala, sale corriendo a la calle pegando gritos.
Adelante iba Cedeño. En aquellos tiempos todavía no se había generalizado el uso del chaleco antibalas. El joven oficial llevaba en su mano derecha una poderosa Browning 9mm, arma estándar de los oficiales, mientras que los agentes usaban todavía los nobles Smith & Wesson 38. Cedeño dió unos pasos en la sala y llegó hasta un pasillo cuando, de repente, se asomó por una esquina el ladrón perseguido. Cargó un revólver de cañón corto y sin mediar palabras abrió fuego contra el oficial, asestándole un tiro en el medio del pecho.
Cedeño cayó al suelo para no levantarse más nunca. El hampón se introdujo por la primera puerta que ve y detrás de él iba el sargento William. El veterano policía, aparte de su revólver, también llevaba una subametralladora UZI, de fabricación israelí. Sin pérdida de tiempo se la afincó en el hombro y de una patada abrió la puerta. En segundos pasó la vista por toda la habitación y no se ve nadie. Un colchón en el suelo y un escaparate…desde donde se escuchó algo, un movimiento…Colocó el selector de la metralleta en “automático” y descargó contra el escaparate las treinta balas del cargador en tres cortas ráfagas. Mientras soltó la metralleta y tomó su revólver, la puerta del armario se abrió y cayó al suelo el criminal. Tenía siete perforaciones por todo su cuerpo. Boqueó y expiró. Es el único caso que conocemos de alguien abatido dentro de un escaparate.