El suceso ocurrió una noche, a mediados de 1883. Todavía no estaba concluido el Paseo de Camoruco o avenida Guzmán Blanco, no se habían construido ni el ferrocarril ni el monolito de la Plaza Bolívar
Sucesos.- Los mayorcitos registramos, en la avenida Bolívar, una enorme quinta del siglo XIX donde abrió un mercado de pulgas que todos llamaban “El Pulgón”. Antes, en los 70, había un restaurante chino llamado “La Gran Muralla”. Allí ocurrió uno de los crímenes que más impactó a la Valencia del siglo XIX. Hoy esos espacios están ocupados por Farmatodo.
El suceso ocurrió una noche, a mediados de 1883. Todavía no estaba concluido el Paseo de Camoruco o avenida Guzmán Blanco, no se habían construido ni el ferrocarril ni el monolito de la Plaza Bolívar.
Hacia el norte, en las afueras de Valencia, quedaba la enorme posesión conocida como “Camoruco”, propiedad de la familia Osío, una de las más antiguas de la ciudad, quienes allí tenían su casa de habitación y algunas otras viviendas y bienhechurías. La herencia era atravesada por un camino rodeado de frondosos árboles que conducen a Puerto Cabello (que hoy es la avenida Bolívar Norte). Allí ocurrieron los hechos.
Una amena conversación entre los Osío y unos vecinos es interrumpida por una llovizna y la familia va a guarecerse al interior de su casa. Casi han entrado a la quinta, están en el estrecho portón, cuando una fuerte detonación rompe la quietud de la noche. Una andanada de perdigones de plomo de horrible calibre impacta a la señora María del Carmen Malpica de Osío, esposa de Don Miguel Osío Sandoval. Doña Carmen, perteneciente también a una de las familias más antiguas de Valencia, los Malpica, muere instantáneamente perforada por los proyectiles que luego hieren a don Miguel en un hombro y en el cuello. La niña de la familia, que lee algo junto a ellos, escapa milagrosamente cuando otros guáimaros (proyectiles) impactan alrededor.
Todas las sospechas del crimen caen inmediatamente sobre un solo hombre: Francisco Sánchez Muñoz, quien desde hace tiempo y de manera pública, ha hecho varias amenazas de muerte en contra de Osío. Muñoz había sido demandado por Osío ante los tribunales por cuestiones de arrendamiento, pero el demandado no había acudido a defender sus derechos ante la ley, por lo que había sido sentenciado una semana antes del crimen.
Ante diversos testigos, Muñoz había hablado de matar a Osío para resolver —de esa manera— el asunto. Varios testigos han visto a Sánchez Muñoz merodeando la casa de las víctimas desde unos días antes, incluso cortando unas ramas, las cuales fueron colocadas por el asesino para no dejarse ver en el lugar desde donde se hizo el disparo. Otros testigos vieron a Sánchez Muñoz cuando huía del lugar del crimen después del tiro con un arma larga en sus manos.
Cuando las autoridades inspeccionan el lugar del atentado en la parcela inmediata encuentran el lugar preparado por el criminal: el sitio está cubierto de las ramas cortadas con anterioridad y colocó una orqueta para apoyar su arma fijamente y disparar “por mampuesto”, para asegurar acertar el disparo.
¿Pero quién era Francisco Sánchez Muñoz? Hoy en día diríamos que era un psicópata, un hombre que no entendía la diferencia entre el bien y el mal. Desde niño se caracterizó por su crueldad: disfrutaba clavándole agujas en el pecho a las gallinas y pollos del corral de su papá, solo para verlas en su sufrimiento y agonía. En su casa tuvieron que tenerlo amarrado a un palo para controlarlo, pero las autoridades intervinieron para que se liberara de sus ataduras al muchacho.
Antes del asesinato, Sánchez Muñoz cometió una serie de desafueros a lo largo de Camoruco, Tocuyito y La Laguna (Lago de Valencia), sin que las autoridades hicieran algo más que recibir la mera denuncia. Apenas una vez le ordenaron vivir fuera de Valencia.
Violaciones, daños a propiedades, violencia y amenazas contra las personas, se contaban entre sus desmanes. En el expediente figuran la violación de las niñas Cristina y Elena Rojas en Los Guayos, la seducción de Adelaida Tellechea, Petronila Marrero, Teotiste Juárez, Socorro González y Petra Moriles. A Adelaida la envenenó o, por lo menos, le suministró el arsénico para que ella misma se envenenara. A Petronila la desapareció, y se presumía que la había asesinado y ocultado su cuerpo, que nunca apareció. También fue cómplice en el asesinato de los tiros de Joaquín Acosta. Asimismo, hirió a balazos a Mariano Ospino, porque le reclamó que pasaba a caballo por sobre sus sembradíos, en Prebo. También hirió a machetazos a Máximo Castillo, comisario de San José. A Eduardo Rodríguez lo hirió sin motivo aparente, ya Saturnino Ospino le disparó con un Remington, amenazando de muerte a su hermano Manuel Ospino. También le disparó con revólver a Pedro Vizcarrondo, y amenazó a un señor de apellido Staal.
Igualmente, en aquellos tiempos en que los registros inmobiliarios todavía eran muy elementales, vendieron terrenos que no le pertenecían. Finalmente, también había sido denunciado porque, en una oportunidad, acabó con una misa en la iglesia de Naguanagua al entrar a caballo dentro del templo, revólver en mano, profiriendo amenazas.
Como si fuera poco, en el juicio también declaran Petronila Marrero, Teotiste Juárez, Socorro Golilles y Petra Moriles, quienes aseveran que Sánchez Muñoz les pidió que le ayudaran a “deshacerse” de Osío, porque lo quería arruinar.
¿Pero cuál era el poder de Sánchez Muñoz para actuar impunemente? No era un hombre especialmente rico; el único bien que le conocemos es una pulpería en el sector de Los Sauces. En una oportunidad, el presidente del estado, Venancio Pulgar, dijo que no se preocuparan por él, “que mandaría a ese vagabundo para el castillo”, pero evidentemente no hizo nada. ¿Sería Sánchez Muñoz una ficha político-militar de las que tanto se necesitaban en esos tiempos de guerras civiles? No lo hemos encontrado como militar de algún renombre.
El juez que llevó el proceso originalmente fue el doctor Alejo Machado, a quien recordamos como segundo rector de la Universidad de Valencia y son mencionados como testigos personajes que nos resultan familiares de las viejas crónicas, como Luis Taborda, Lorenzo Araujo, Manuel Taborda.
Sánchez Muñoz fue condenado en 1884 a la pena máxima que se podía aplicar, según le ley en aquellos tiempos: a apenas diez años de presidio cerrado; es decir, con trabajos forzados dentro del establecimiento. Es ilegal condenar a un reo a una pena mayor a la pena máxima, aunque haya cometido muchos delitos consecutivos.
Le perdemos la pista al siniestro Sánchez Muñoz hasta seis años después, al localizar en la “Memoria” que presenta al Congreso de la República el ministro de Relaciones Interiores en 1890, donde da cuenta de que Francisco Sánchez Muñoz había sido condenado por el tribunal del estado Falcón a dos años de presidio cerrado, por el delito de “quebrantamiento de condena”; es decir, que se fugó del penal donde purgaba la primera pena, y por esa fuga se le condena a una nueva pena de dos años que pagaría en el mismo penal; es decir, en la llamada “Penitenciaría de Occidente” conocida comúnmente como Castillo de San Carlos de la Barra de Maracaibo.