Caminar por sus espacios es encontrarse con postales donde el pasado y el presente dialogan con ternura
País.- Desde la mirada de la radiodifusión sonora que transmite, difunde, educa y enriquece, en este recorrido turístico, natural, cultural y patrimonial, hablaré del municipio San José de Guanipa y de algunos de sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, publicada en la Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Hoy, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).
Municipio San José de Guanipa: el pulso tierno y profundo entre memorias, calles y sabores de sabana. Las geografías no se miden únicamente en kilómetros cuadrados, sino en la hondura de sus raíces y en el latido constante de su gente. Así ocurre cuando la mirada se detiene en San José de Guanipa, esa tierra noble del centro-sur del estado Anzoátegui que muchos llaman cariñosamente El Tigrito. Sus orígenes, esculpidos el 14 de noviembre de 1910, huelen una historia viva: nacieron del esfuerzo de aquellos caminantes procedentes de Cantaura que cuidaban la línea telegráfica, hombres de temple como Cruz Vicente Guevara, uno de los primeros en abrazar la agricultura en estas mesas generosas.
«Es un territorio donde el horizonte de sabana abraza la memoria con una delicadeza única, convirtiendo cada atardecer en un poema de brisas cálidas y recuerdos compartidos». El nombre mismo de este terruño es un abrazo entre el cielo y la tierra, lleva la advocación protectora de San José y la memoria indómita del Cacique Guanipa, líder de la etnia kariña que anduvo por estos horizontes de vientos alisios y sabanas abiertas. En la década de 1930, el impulso del oro negro transformó el caserío en un crisol de esperanzas, atrajo migraciones de todas partes y moldeó un destino que pasó de ser parte del antiguo Distrito Freites a erigirse, en 1992, como el Municipio Autónomo Guanipa.
Caminar por sus espacios es encontrarse con postales donde el pasado y el presente dialogan con ternura. Ahí está la entrañable calle Humboldt, bautizada con una ocurrencia efusiva en 1955 por el vecino Alí Medina tras un viaje a la Cueva del Guácharo, conservando aún viviendas de bahareque junto a construcciones más modernas en el sector Santa Ana. O la imponente avenida Santiago Mariño y la intercomunal El Tigre-San José de Guanipa, arterias vitales que conectan el pulso industrial con la calidez residencial de sus urbanismos.
En el corazón de la ciudad, el tiempo parece detenerse con una gracia especial, el casco histórico, conocido también como El Tigrito y rebautizado en 1940, resguarda calles de nombre entrañable como Sucre, Venezuela, Bolívar y Anzoátegui, esta última, la primera gran zona comercial impulsada por pioneros árabes, turcos e italianos. En la plaza Bolívar, levantada hacia 1954, la estatua pedestre del Libertador contempla el ir y venir de los ciudadanos bajo la sombra de majestuosas ceibas antiguas, auténticos monumentos naturales que resisten al tiempo con la misma fuerza que el viejo balancín petrolero, testigo mudo de la era del crudo.
A pocos pasos, la iglesia de San José de Guanipa, erigida en 1952 y bendecida por el recuerdo del padre Aquiles Zanini, abre sus puertas con sus arcos de medio punto y sus dos torres campanarios, siendo el refugio espiritual y la imagen arquitectónica más querida de la comunidad. Y muy cerca, el río Tigre serpentea con su memoria de morichales y aguas de antaño cristalinas, recordando que la naturaleza siempre ha sido el regazo de este pueblo.
Pero si algo termina de enamorar de Guanipa es su cocina y sus sabores artesanales, esos que guardan el secreto de la abuela y el calor del fogón. ¿Cómo no suspirar con el tradicional licor de ponsigué, macerado con paciencia durante meses, o el aromático licor de Píritu?, bebidas inseparables de los velorios de Cruz de Mayo. Los dulces son verdaderas caricias al alma: el merey y sus derivados, transformados en mazapán o en un delicado dulce pasado; los crujientes turrones de coco y maní elaborados con amor por manos locales; o la legendaria chicha de Martín, servida siempre con su toque justo de frescura.
Imposible olvidar a la entrañable Natividad Navarro, quien a sus más de setenta y dos años sigue recorriendo las calles con su carrito y el pregón inconfundible de “¡Sí hay majarete!”, manteniendo viva una tradición de más de tres décadas. Entre un humeante plato de aguaíto de pollo, unas sencillas semillas de auyama tostadas al calor de la paila, y la fe popular del curioso ritual de curación de la seca, San José de Guanipa se nos revela no solo como un municipio pujante y laborioso, sino como un refugio de poesía cotidiana donde cada rincón tarde con aroma a hogar. ¡Visitemos, preservemos, salvaguardemos/salvaguardiemos los elementos naturales, culturales y patrimoniales del municipio San José de Guanipa!