El migajero no se despoja del delantal al salir del trabajo ni apaga la maña al cruzar la puerta de la casa; ejerce su oficio a tiempo completo, las veinticuatro horas del día
Opinión.- Si en nuestra entrega anterior los lectores quedaron con hambre de más —y qué bueno que sea así, porque es indicativo de que algo resonó—, a partir de allí se desprenden las mejores reflexiones. Así que, si dejamos la mesa servida con la duda, en esta segunda parte de nuestro ABCDiario levantamos por completo el mantel.
¿Crees que la actitud migajera es solo un mal trago de pareja o un desliz de oficina? Es hora de quitarnos la venda. El migajero no se despoja del delantal al salir del trabajo ni apaga la maña al cruzar la puerta de la casa; ejerce su oficio a tiempo completo, las veinticuatro horas del día. Quien se conforma con migajas en el amor suele tragar sobras en el empleo, aceptar tratos tibios con los amigos y administrar su propia dignidad en cuentagotas.
La escasez no se muda de escenario: nos atraviesa entera la vida. Tristemente.
Pero que esta radiografía de veinticuatro horas no te hunda en el desaliento; al contrario, que sea la chispa que encienda la salida. Descubrir que la costumbre de aguantar poquito se nos metió en cada rincón es, paradójicamente, lo mejor: significa que, al identificarla en todas partes, también podemos empezar a cortarla de raíz. La buena noticia es que ninguna celda de conformismo tiene cerrojo por fuera; nosotros tenemos la llave y eso es una grandísima ventaja. Así como un día aprendimos a sobrevivir de sobras, podemos entrenar el alma para reclamar, sin miedo ni culpas, el plato entero que nos merecemos. Eso sí, debemos primero concientizar el desajuste emocional del cual somos portadores.
La frase en la mesa
Todo parte de esa expresión popular tan cruda como sincera: “Pégame cachos, pero no me dejes”. Para la psicóloga clínica y trail runner Viviana Román, desmenuzar este dilema nos enfrenta a una verdad incómoda: esto no se trata simplemente de una “falta de amor propio” abstracta o de un cliché de autoayuda. Estamos ante una profunda y calculada estrategia de supervivencia emocional, un mecanismo de defensa frente al pánico visceral a la pérdida.
El perfil del contrato invisible
¿Cómo se llega a este punto?
Construyendo acuerdos implícitos donde el pacto de fidelidad, el respeto y la reciprocidad se tiran por la borda y son sustituidos por un pacto de permanencia a cualquier precio. Es la lógica silenciosa que opera en casa: “Haz lo que quieras afuera, camina por donde te dé la gana, pero no me desarmes la casa ni me dejes sola”.
Se prioriza la fachada del hogar por encima de la paz del alma.
La anatomía del miedo al abandono
Aquí entra en juego la clínica pura. Desde el enfoque del apego ansioso y la herida de desamparo, Viviana nos explica el funcionamiento de un cerebro que parece haber perdido el norte: ¿por qué elegimos el dolor crónico de la sospecha, la humillación lenta y la duda constante antes que enfrentar el dolor agudo, limpio y definitivo de una ruptura? Porque para el sistema nervioso herido, la incertidumbre del suplicio se siente, falsamente, más segura que el vértigo de la soledad.
La ilusión del control
Caemos en la trampa de creer que “al permitirlo todo” o hacernos de la vista gorda mantenemos el timón de la relación o evitamos el naufragio final. Pensamos que tragarnos el orgullo es una táctica de supervivencia.
Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario: al justificar lo injustificable, lo único que erosionamos hasta pulverizar es la simetría, la dignidad y el respeto básico de la pareja. El control que crees tener es, en realidad, una soga que te aprieta el cuello cada día un poco más.
He aquí las cuatro letras del abecedario que hemos llamado “El glosario de la abundancia”, directas a la yugular:
D de Dignidad: La línea roja que nunca debimos borrar. No es un lujo ni una pose, sino el suelo básico para exigir respeto y recordarle al espejo que no naciste para mendigar. La responsabilidad no es de la “perra esa”.
I de Ilusión: El espejismo más peligroso. Esa fe —ciega y terca— depositada en cambiar al otro o en esperar milagros donde solo hay excusas. Vivir de ilusiones es mantener la ventana abierta para algo que no sucederá.
O de Ostentación: El teatro patético que montas puertas afuera para disimular la sequía de adentro. Sonreír en las fotos y fingir una paz para publicaciones de Instagram cuando la casa es un campo minado.
Gastas tanta energía sosteniendo la fachada que olvidas que el alma se te muere de hambre. TE OLVIDAS DE TI.
T de Trámite: Tramitar el dolor y la desidia como si fueran simples diligencias de la rutina. La costumbre anestesiada de decir “así son las cosas” o “hay que calarse esto” es todo lo que está mal...
Buen provecho con el menú de hoy. Pusimos la mesa, la chef Viviana Román sirvió un plato fuerte, crudo y sin anestesia, y ahora nos toca lo más importante: levantarnos de la silla. Porque la vida no está para seguir tragando sobras ni aguantando migajas, sino para reclamar —sin culpa y sin miedo— el banquete entero que nos merecemos.
Nos leemos el domingo.