Muy cerca de allí, el camino regala uno de los espectáculos más fascinantes de nuestra geografía: la monumental Laguna de Unare
País.- Desde la mirada de la radiodifusión sonora que transmite, difunde, educa y enriquece, en este recorrido turístico, natural, cultural y patrimonial, hablaré del municipio Fernando Peñalver, y de algunos de sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, publicada en la Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Hoy, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).
Nuestra geografía venezolana deja de ser un simple mapa para convertirse en una experiencia del alma, recorrer el municipio Fernando Peñalver, es internarse en un paisaje donde el tiempo envuelve la fe, la naturaleza teje sus milagros más sutiles y la fuerza del trabajo humano dibuja el horizonte. Al avanzar por la vía costera, la mirada del viajero encuentra una pausa obligada ante la luz en medio del descampado, su arquitectura contemporánea eleva seis grandes columnas hacia los cielos para cobijar un santuario abierto al viento. A través de sus vanos y vitrales, la luz se tamiza suavemente sobre el altar de mármol donde habita el Señor de los Milagros: el Cristo de José, el entrañable Cristo de los Viajeros. Con su mirada serena, sus brazos abiertos en amparo infinito y su silueta enmarcada en ráfagas de luz, la venerada imagen de madera bendice el transitar de todo aquel que cruza estas latitudes.
Muy cerca de allí, el camino regala uno de los espectáculos más fascinantes de nuestra geografía: la monumental Laguna de Unare. Nacida del diálogo milenario entre las corrientes marinas y los sedimentos del río, esta inmensa albúfera es un milagro ecológico que acompaña en paralelo las aguas del Caribe. El viajero se detiene a la orilla del camino y contempla un espejo de agua que muda de piel con las estaciones: en días secos ostenta un azul sereno y profundo, mientras que con las lluvias se viste de un tono sepia y terroso que abraza desde La Cerca hasta Boca de Uchire.
En esas aguas salobres late la vida. Es el hogar de la lisa, el lebranche y la mojarra, y el refugio donde, de julio a agosto, los pescadores artesanales celebran la abundancia dorada del camarón. Pero la laguna es también un santuario del aire, en el mes de marzo el cielo se llena de poesía, cuando más de 140 especies de aves migratorias hacen escala en sus orillas, coloreando el paisaje con el vuelo elegante de las garzas y el brillo rosado de los flamencos. Esa riqueza viva dialoga en silencio con la memoria profunda trazada en el suelo. En los yacimientos arqueológicos de La Gomera y las cercanías del templo del Cristo, la tierra semiárida custodia fragmentos cerámicos y herramientas de concha que atestiguan cómo, desde el año 1150 de nuestra era, los primeros pobladores moldearon el barro y le dieron identidad a este rincón oriental.
Y como si el pasado y la naturaleza quisieran rendir homenaje a la capacidad transformadora del ser humano, el paisaje abre paso a la soberbia majestuosa del Complejo Petroquímico José Antonio Anzoátegui. Lo que nació a mediados de los años ochenta como una hazaña de la tecnología criogénica, esa disciplina casi mágica capaz de someter el gas natural al frío más profundo para transformar el aliento de la tierra en energía transportable, se erige hoy como un gigante industrial indispensable. Allí, donde las estructuras se recortan contra los atardeceres dorados y el mar recibe a los grandes buques en su terminal, el intelecto y el esfuerzo del venezolano convierten la riqueza del subsuelo en porvenir. Desde el vuelo sutil de un flamenco sobre la laguna hasta el fuego transformador de la industria; desde el barro moldeado por las manos ancestrales hasta la mirada serena del Cristo que vela por el caminante, el municipio Fernando Peñalver nos recuerda que la verdadera belleza de un pueblo reside en su capacidad de honrar su historia, contemplar sus milagros naturales y construir, con fe y trabajo, el destino de su gente.
Como cierre en este recorrido, no puedo dejar de hablar de las exquisitas bondades que acarician el paladar a orillas del mar, la mesa de esta tierra es una inspiración marinera donde el fuego, los aliños frescos y el limón rinden tributo a la abundancia de sus aguas, desde el vaporoso asopado de mariscos y el reconfortante hervido de pescado, hasta la doradaza del pescado frito servido con tostones, la frescura costera del pulpo a la vinagreta y el misterioso aroma afrodisíaco del consomé de chipichipi, pacientemente pacificado al fuego lento de la paciencia popular. Es la magia de una cocina viva que endulza la memoria y calma la seda con el sable de sus saberes ancestrales. Al caer la tarde, la nostalgia de la infancia revive en la textura suave del majarete y el sabor tostado del tequiche, custodiados por la maestría artesanal de manos como las de Verónica Cartagena, mientras el cuerpo se refresca con las bebidas que nacen del alma del maíz, como el nutritivo carato, el zaperoco, la tradicional chicha y esa bendita agua de maíz que guarda, en cada sorbo, el aliento más puro y afectuoso de esta costa oriental. ¡Visitemos, preservemos, salvaguardemos/salvaguardiemos los elementos naturales, culturales y patrimoniales del municipio Fernando Peñalver!