Hay pueblos cuya alma se escribe con el murmullo incesante del oleaje y la serenidad de sus atardeceres
País.- Desde la mirada de la radiodifusión sonora que transmite, difunde, educa y enriquece, en este recorrido turístico, natural, cultural y patrimonial, hablaré del municipio Fernando Peñalver, y de algunos de sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, publicada en la Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Hoy, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).
Hay pueblos cuya alma se escribe con el murmullo incesante del oleaje y la serenidad de sus atardeceres. Puerto Píritu, capital del municipio Fernando Peñalver, guarda entre sus calles y su brisa el eco de una época dorada en la que el mar no solo era horizonte, sino el latido vital de todo su comercio y su gente. Aun cuando sus cimientos comunitarios comenzaron a tejerse desde 1870, gracias al arraigo de familias pescadoras y emprendedoras llegadas de las islas de Margarita y Coche, fue en los albores de 1900 cuando este rincón costero comenzó a consolidarse formalmente como poblado. Años más tarde, con la efervescencia del comercio de cabotaje que tomó fuerza hacia 1913, la orilla de la playa vio nacer en 1918 un Resguardo Marítimo destinado a velar por la intensa dinámica portuaria. Aquel enclave pasó en 1928 a ser custodiado por la Guardia Nacional, bajo la atenta jefatura de Francisco Villalba, mientras las voces y noticias del país empezaron a surcar las distancias mediante el telégrafo instalado en 1920 y administrado por Pedro Tereso Galindo.
Con los vientos cambiantes de la Segunda Guerra Mundial a partir de 1938, el tráfico marino experimentó un aumento sin precedentes. El malecón se convirtió en el escenario donde convergían la Compañía Venezolana de Navegación, dirigida por Dámaso Villaroel, las influyentes oficinas de la casa de importaciones Dao y la agencia de viajes que organizaba el constante ir y venir de bienes y pasajeros. Mágicos y majestuosos, los vapores Manzanares, Orinoco, San Antonio y San Juan cumplieron su travesía regular desde Maracaibo hasta Carúpano y Ciudad Bolívar, haciendo escala obligada en Puerto Píritu, auténtico santuario de acopio y desembarco. A su lado, fondeaban goletas, tres palos y balandras que llenaban la bahía de velas, pesca y sueños.
La vida mercantil se respiraba a pleno pulmón entre el faro, el malecón y la emblemática calle Bolívar. Allí, notables comerciantes como Francisco de Paula Fernández, José de Jesús Fernández, Felipe Calil, Abigail y Julio Villalba, junto a Domingo Betancourt Payares, trazaron el destino económico de la zona. Por la vía terrestre, los arrieros llegaban desde Boca de Uchire, Clarines y Guanape entrando por Punta Brava, o descendían desde la inmensidad de los llanos de Zaraza, Onoto y Tucupido tras cruzar la vecina Píritu. De sus tierras partían también hacia La Guaira y Puerto Cabello los resistentes durmientes de madera de corazón y las traviesas para el ferrocarril.
Puerto Píritu era impulso productivo en estado puro. Durante la primera mitad del siglo XX, cuatro desmontadoras de algodón compactaban la cosecha regional para distribuirla en camiones hacia Barcelona y en barcos hacia La Guaira. A la par, el blanco resplandor de la sal marcó una era, hasta 1940 se embarcaban y enviaban hacia los llanos unas 15.000 toneladas anuales de este rubro. El puerto absorbió de tal manera el comercio de Anzoátegui, del este de Miranda y del oeste de Sucre, que su crecimiento urbano floreció impulsado por una laboriosa red de artesanos y visionarios locales. En sus calles se entrelazaban los aromas y los oficios más diversos: el café recién tostado, molido y empacado por María Pascuala Santoyo y su familia; el pan tibio de la panadería de Pedro Miguel Alfaro; las refrescantes gaseosas de Carlos Ramos y las velas y jabones elaborados por Mariano Rojas y Diego Silva, tarea compartida en Píritu con Pío Yaguaracuto y Tomás Canache. Singular por su nombre y poética por su contraste, la carpintería Alegría y Tristeza de Manuel Piñango, fabricaba tanto los instrumentos musicales que alegraban las parrandas como las urnas que despedían a los seres queridos.
Más allá, en el paraje conocido como La Puerta e' Golpe, Gregorio Irigoyen moldeaba el barro en su fábrica de tejas; los hermanos Elías y Tomás Canache Díaz dirigieron la extracción de cal; Jesús Rafael Canache labraba la madera y los metales como ebanista y orfebre, mientras Julio Domínguez, entrañablemente recordado como “El Tenero”, endulzaba los días vendiendo helados de paleta al tiempo que procesaba el cuero del ganado. Asimismo, Luis Vásquez impulsó la unión de las pequeñas salazones de carne y pescado que navegaban hacia La Guaira y Las Antillas, al ritmo en que Rafael Montalbán trabajaba la piel en su conocida talabartería. De toda aquella época de prosperidad, trabajo honesto y horizonte abierto, nos quedan hoy mudos y elegantes testigos: las casonas de altos balcones, sus pisos de baldosas, sus zaguanes revestidos de azulejos y sus majestuosas puertas labradas traídas de ultramar. En ellas aún residen el alma de un puerto que aprendió a abrazar al mar para construir su propia e inolvidable historia. ¡Visitemos, preservemos, salvaguardemos/salvaguardiemos los elementos naturales, culturales y patrimoniales del municipio Fernando Peñalver!