Dios nos coloca en una posición de impotencia tal que tenemos que clamar a El, seamos cristianos o paganos, creyentes o no, religiosos o no, católicos practicantes o católicos fríos. Esta madre siendo pagana, pero abrumada por la situación de su hija, acude al Mesías de los judíos.
Ella intuía que Jesús era Mesías no sólo de los judíos, sino de todos, y a pesar de no ser judía, se atreve a pedir a Jesús que cure a su hija.
Jesús se hace el que no escucha. Dios a veces simula no escucharnos. Y ¿por qué? o ¿Para qué?... Para reforzar nuestra fe. Se habla de “poner a prueba” nuestra fe. Como un ejercicio que fortalece la fe.
Jesús insiste en ejercitar aún más la fe de su interlocutora. No le parece suficiente el silencio inicial, sino que le responde que no le toca atender a los que no sean judíos, pues “ha sido enviado solo para las ovejas descarriadas de la casa de Israel”. La mujer se postra ante Él y le suplica: “¡Señor, ayúdame!”.
Igual un entrenador exigente, el Señor sigue forzando la fe de la cananea. Y le responde: “No está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos”, queriendo significar que no debía ocuparse de los paganos sino de los judíos.
La mujer, iluminada por el Espíritu Santo, responde a Jesús con un argumento irrebatible: “hasta los perritos se comen las migajas de la mesa de sus amos”. Y nos dice el Evangelio que “en aquel mismo instante quedó curada su hija”.
“¡Qué grande es tu fe!”, le dice el Señor a la mujer. ¡Y qué gentil que nos da crédito por lo que viene de El mismo! ¡Si, la fe es un regalo que El mismo nos da! Es necesario aceptar ese regalo maravilloso y aceptar todos los entrenamientos para que se fortalezca nuestra fe y sea recompensada con el regalo definitivo que Dios quiere darnos: la Vida Eterna.