Rubén Limas: La furia de la tierra y la furia de los pueblos
Opinión

Rubén Limas: La furia de la tierra y la furia de los pueblos

La historia juzgará si supimos escuchar ambos mensajes
14 de agosto de 2026
Opinión.- Dos terremotos que han estremecido a Venezuela. En estos días aciagos, Venezuela se encuentra sacudida por dos fuerzas descomunales que, aunque de naturaleza distinta, comparten un mismo carácter devastador. Por un lado, la tierra ha despertado, está hablando, está crujiendo, con una furia antigua, recordándonos con violentos espasmos que nuestro suelo no es mero soporte, sino un ser vivo y movedizo, además no lo respetamos, lo violamos cada vez. Por otro, el pueblo venezolano, agobiado por una crisis económica que ya cumple más de dos décadas, acumula una ira social que ruge desde las entrañas de la nación.

Ambas furias, la natural y la humana, son fenómenos de una potencia arrasadora, cuyos efectos se miden no solo en escombros y cifras, sino en el dolor profundo de un país que lucha por mantenerse en pie. No es justo por lo que hemos pasado, somos un país petrolero, minero, y ahora o siempre sin saberlo de tierras raras. Cada venezolano no tendría porqué mendigar educación o salud ¿Qué nos pasó? El pasado 24 de junio del año en curso, la tierra tembló con una violencia pocas veces vista. Dos sismos principales, de magnitud 7,2 y 7,5, golpearon a Venezuela, en menos de un minuto, en lo que los geólogos denominan un “doblete sísmico”. 

Este evento, el más fuerte registrado en más de un siglo, dejó un saldo de muchos muertos, heridos, amputados y desaparecidos, cuyas cifras reales nunca las sabremos. La furia de la tierra es ciega, impersonal; no distingue entre ricos y pobres, aunque siempre son los más humildes quienes cargan con el peso de la mayor de la destrucción. Venezuela, asentada sobre complejas fallas geológicas, ha conocido esta ira a lo largo de su historia, desde el terremoto que arrasó Caracas un Jueves Santo de 1812 hasta los más recientes eventos. La naturaleza nos recuerda así nuestra pequeñez y vulnerabilidad. Somos nada ante naturaleza. Hay que leer el artículo de opinión de Claudio Nazoa “Semáforo en Rojo” ¡Genial! para seguir comprendiendo nuestra vulnerabilidad.
 
Mientras la tierra se aquieta tras el episodio sísmico, sigue otro temblor, de origen humano y prolongado en el tiempo que continúa sacudiendo los cimientos de la vida cotidiana. La crisis económica venezolana, marcada por una hiperinflación feroz, una contracción del Producto Interno Bruto y un aumento desmedido de la pobreza, deterioro de los servicios públicos, entre ellos la luz, el agua y la salud. Esto representa un sismo social de magnitud 9.
 
Los economistas proyectan que Venezuela cerrará el año 2026 con una inflación del 200 % y un dólar cercano a los 1.000 bolívares ¿y quién aguanta eso? Estas cifras, frías en el papel, se traducen en el ciudadano de a pie en una sensación palpable de empobrecimiento diario, en la angustia de no poder llenar la despensa, en la desesperación de ver cómo el fruto del trabajo se desvanece antes de poder gastarlo.

La furia que esto genera en el pueblo no es un estallido momentáneo, sino un malestar crónico, un rugido sordo que se manifiesta en el éxodo de más de siete millones de venezolanos, en la reaparición de enfermedades que se creían controladas y en un clima de incertidumbre que carcome el ánimo nacional. Es la ira de quien ve cómo se desmorona no solo su casa de concreto, sino su casa vital, sus proyectos, su seguridad, su futuro, su país.
Al comparar ambas furias, surgen paralelos instructivos. Así como los terremotos tienen su origen en fallas geológicas y la acumulación de tensiones tectónicas, la crisis económica hunde sus raíces en fallas estructurales de la política y la economía, y en la acumulación de años de malas decisiones, corrupción y falta de previsión. Ambos fenómenos liberan energía acumulada de manera violenta y destructiva. Y en ambos casos, los más afectados son siempre los mismos, la población que ya vivía al límite.

Sin embargo, hay una diferencia crucial en la respuesta. Frente al desastre natural, suele despertarse lo mejor del espíritu humano, la solidaridad vecinal, el auxilio inmediato, la compasión que une a la comunidad en la reconstrucción. Frente al desastre económico, la respuesta social es más compleja. La furia popular, al no encontrar un epicentro claro contra el cual descargarse, se difumina en protestas esporádicas, en resignación o en la búsqueda individual de una salida migratoria. La solidaridad, aunque existe, lucha contra la escasez material y el cansancio de una emergencia que no cesa.

Venezuela se encuentra, pues, en la encrucijada de dos fuerzas titánicas. La furia de la tierra nos advierte que debemos construir sobre bases más sólidas, respetando los códigos de construcción y preparándonos para lo inevitable. La furia del pueblo nos grita, con igual urgencia, que debemos edificar un modelo económico y social sobre cimientos de justicia, transparencia y oportunidades reales. Ignorar la primera nos dejaría expuestos a la ruina material. Ignorar la segunda nos condenaría a la ruina como nación.

La historia juzgará si supimos escuchar ambos mensajes. Por ahora, el reto es monumental, sanar las heridas abiertas por el temblor de la tierra y, al mismo tiempo, curar las llagas profundas que ha causado el terremoto económico. Solo un esfuerzo colectivo, honesto y desprovisto de mezquindades políticas podrá lograr que, de tanta furia, surja al fin una Venezuela más estable, más justa y verdaderamente en pie.

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VÍA Equipo de Redacción Notitarde
FUENTE Rubén Limas Tellez