El artista mantiene una mirada introspectiva sobre su oficio, con el reconocimiento de que quienes hacen reír a otros suelen cargar con sus propias sombras
Espectáculos.- En una revelación conmovedora, el actor canadiense Jim Carrey ha compartido que su icónico estilo cómico no surgió del deseo de fama, sino de una necesidad infantil: aliviar el sufrimiento emocional de su madre. Durante su infancia, marcada por inestabilidad económica y episodios de depresión en el hogar, el joven Carrey descubrió en las imitaciones gestos exagerados y ocurrencias espontáneas, una forma de devolverle la sonrisa a quien más amaba.
Lejos de ser un simple entretenimiento, llegar al humor se convirtió para él en un mecanismo de supervivencia. En un entorno cargado de tensión, transformar la realidad en algo risible le permitió canalizar emociones complejas y crear un espacio de alivio familiar. Esa sensibilidad temprana moldeó un lenguaje artístico único, físico y profundamente expresivo que, años después, lo catapultaría al estrellato en Hollywood.
Aunque sus personajes han definido generaciones de comedia cinematográfica, el artista de 64 años ha insistido en que su arte siempre ha estado ligado a la empatía. Su capacidad para hacer reír al mundo entero tiene raíces en un gesto íntimo: el deseo de ver feliz a su madre, incluso por unos segundos.
Esta confesión ha resonado con millones, humanizando a una figura global y recordando que, a menudo, los talentos más brillantes nacen no del privilegio, sino de la voluntad de convertir el dolor en luz. Hoy, su legado trasciende las pantallas: es un testimonio de resiliencia, amor filial y la fuerza sanadora de la risa.
Más allá del éxito y los reflectores, Carrey ha mantenido una mirada introspectiva sobre su oficio, con el reconocimiento de que quienes hacen reír a otros suelen cargar con sus propias sombras. Su historia invita a repensar el humor no como mera distracción, sino como un puente entre el sufrimiento y la esperanza, forjado en silencio, desde la cocina de una casa humilde, con el único propósito de iluminar el rostro de una madre.