Para los tiempos del 2017 los atracos a mano armada en Valencia eran cosa de todos los días y en cualquier parte
Sucesos.- Para aquellos tiempos del 2017 los atracos a mano armada en Valencia eran cosa de todos los días y en cualquier parte. En la conocida urbanización de El Trigal Centro, en el sector de la iglesia había varios negocitos de las familias que urgidas por la crisis económica habían instalado pequeñas loncherías para lograr el sustento. Estaban “Los Tronquitos”, “El Chivo” y “Mundo de Sabores”, todos en las inmediaciones de la Iglesia La Asunción y Santa Rita.
Esa noche en “Mundo de Sabores” todo transcurría con normalidad. En la calle un Mitsubishi Lancer verde con tres jóvenes a bordo, rondaba la cuadra sin que nadie le notara nada de particular. Los comensales comían sus perros calientes y charlaban viendo la tv del negocio.
El Mitsubishi se estacionó unos metros más adelante de la lonchería, casi frente a la iglesia y del vehículo se apeó un joven, bien vestido, de camisa blanca manga larga y cabello engominado. Se dirigió a la refresquería y le pidió a la atractiva encargada un Nestea, lo pagó y se retiró discretamente.
Junto al mostrador, solitario en una mesa, un hombre mayor, de unos cuarenta a cincuenta años, de rostro severo y enfundado en una holgada chaqueta engullía una hamburguesa con doble queso acompañada de una Pepsi, apurándose para regresar a su despacho oficial ubicado a pocas cuadras, cuando el joven de la camisa blanca regresó al negocio, esta vez acompañado de otro muchacho.
El chico le dijo a la encargada:
-Dame el celular.
La joven mujer, creyó no entender la orden del muchacho y lo miró con cara de “no te entiendo”. El ladrón repitió la orden mientras sacaba de debajo de su camisa un revólver 38 de medio cañón y se lo pegaba de la barriga. Ahora, la mujer sin pérdida de tiempo, le entregó el celular al chico, quien se dirigió al hombre de la hamburguesa mientras lo encañonaba:
-Dame el celular viejo pendejo y no me mires a la cara.
El viejo pendejo, sin protestar, entregó el aparato. Los dos muchachos vieron en su alrededor y rápidamente empezaron a retirarse.
Apenas se perdieron de vista, el “viejo pendejo”, que no era tan pendejo, con un ademán autoritario le indicó a la mujer que se tirara al suelo y ágilmente se incorporó y llegó a la entrada del local. Ya llevaba en su mano derecha una Glock 17. Cubierto por la pared, el “viejo pendejo” que era un comisario de inteligencia militar, con la habilidad de años de experiencia descargó los 17 tiros de la pistola sobre los hampones que escapaban en el Mitsubishi. En fracciones de segundos eyectó el cargador de la pistola, introdujo una nueva cacerina y les descargó otros diecisiete tiros, mientras que uno de los ladrones hizo un par de disparos.
El auto aceleró, pero a los pocos metros se montó en la acera y chocó violentamente contra un pequeño árbol. Dos de los jóvenes delincuentes, presas de los nervios corrieron velozmente para huir de la escena, mientras su compañero, el conductor del auto, con dos balazos entre cuello y la espalda expiraba con el pie en el acelerador. Las paredes, los árboles y el Mitsubishi mostraban las marcas de los más de treinta tiros de esa noche. Los vecinos no se atrevían a salir a ver qué pasaba.
El comisario montó en su camioneta y a toda velocidad fue a su comando a pocas cuadras de allí y con su fusil y algunos de sus hombres en varias camionetas buscaron a los fugados por el sector, mientras que dos policías de la custodia de la “Quinta Carabobo”, de lo más recelosos llegaban al lugar sin saber que había pasado. Al rato empiezan a llegar policías municipales y estadales, guardias nacionales y detectives del Cicpc, quienes finalmente son los que se atreven a abrir el vehículo y apagan el motor, para luego bajar el cadáver del delincuente muerto.
Las malas lenguas dicen que dos o tres días después los dos que escaparon estaban acompañando a su amigo el conductor del Mitsubishi.