Hoy, a 183 días del doble crimen en Santa Rosa, familiares y vecinos siguen exigiendo justicia
Sucesos.- “Cheo está aquí, tengo miedo”. Ese fue uno de los últimos mensajes que envió Vanessa Centeno antes de ser asesinada. Han transcurrido 183 días y Roberto José Salas Brito, alias “Cheo”, sigue prófugo tras arrebatarle la vida a Vanessa y a su tío Orlando. Todo ocurrió frente a las hijas de la víctima, en una vivienda familiar que, desde ese trágico día, permanece deshabitada por miedo y dolor.
Mientras el agresor sigue prófugo inclusive evadiendo las alertas internacionales, las verdaderas víctimas invisibles de esta tragedia son las dos niñas -hijas de ambos-, Natalia y Mishell (nombres ficticios para resguardar su identidad), que hoy permanecen aisladas, con profundas heridas emocionales y bajo tratamiento psicológico.
La falta de captura del agresor impide que las víctimas inicien un proceso de duelo con garantías de seguridad. Existía una denuncia interpuesta por la víctima días antes de que ocurriera la tragedia, lo que indica que era previsible y evitable, pero las instancias que debían protegerlas fallaron, dejando en evidencia una negligencia que hoy mantiene a una familia destruida y a un criminal en la calle.
Esta redacción comprobó la negligencia institucional tras revelarse que el agresor sí pudo ser aprehendido días antes del crimen. Vanessa llamó a las autoridades por sufrir violencia física y psicológica por parte de Cheo en la misma residencia que compartieron por años. En ese procedimiento, las autoridades le incautaron únicamente una de las dos armas de fuego que poseía y, minutos después, lo dejaron en libertad, mientras le indicaban a la mujer que debía interponer la denuncia en Fiscalía. Esa omisión abrió la puerta a Cheo para ejecutar el fatal ataque con el arma que aún conservaba.
Es inevitable que surjan interrogantes de este tipo: ¿Cómo siendo detenido tras cometer un hecho en flagrancia quedó en libertad? Si existía una víctima con daños físicos, ¿por qué el agresor no quedó detenido? ¿Quién es el responsable de proteger a las víctimas? ¿Cheo tenía algún tipo de beneficio judicial o sobornó a las autoridades? El cuestionamiento queda para un poco después.
Hoy, Natalia y Mishell no solo enfrentan la ausencia definitiva de su madre, sino también el miedo a que el femicida regrese. Esto las mantiene al margen de su vida cotidiana, despojadas de la poca infancia que les queda y de la tranquilidad que por derecho les corresponde. La lentitud de la justicia para atender este caso las mantiene alejadas de sus familiares más cercanos, quienes han recibido amenazas, presuntamente provenientes de Cheo, después de que cometiera el doble crimen.
Este caso amenaza con sumarse a cifras de impunidad si las autoridades venezolanas y los organismos internacionales no intensifican la búsqueda. Roberto José Salas Brito no puede seguir siendo un rostro invisible para la justicia; su captura es la única garantía para que dos niñas inocentes puedan, al menos, comenzar a reconstruir sus vidas con la tranquilidad de que su propio padre no pueda hacerles daño.
La tragedia no solo trata de que Cheo, por celos y soberbia, le arrebatara la vida a Vanessa frente a sus hijas, sino también la constante revictimización a la que son sometidas las menores. Es una cadena de omisiones que, de no atenderse, elimina cualquier posibilidad de que Natalia y Mishell lleven una vida “plena”.
Control, engaño y complicidad
Visitar la vivienda de Vanessa da señales de cómo era la personalidad de Roberto José Salas Brito: controlador, con posición de superioridad, vigilante. La casa de la familia Rodríguez, que incluía a Vanessa, fue remodelada con varias plantas más al fondo del terreno, donde residía ella junto a su pareja –antes de que se fuera a España en diciembre de 2022- y sus dos hijas.
Todos los alrededores tienen cámaras de seguridad: ocho en la planta donde vivían y dos en la entrada principal, además de mallas y cercado. Una vivienda aparentemente segura que terminó convirtiéndose en el centro de reclusión de Vanessa y sus hijas con control y vigilancia de Cheo.
Él no actuó solo. Tejió una red de “espías” que le informaban qué hacía Vanessa, a quién frecuentaba o con quién se relacionaba, incluso en su trabajo. Lo que veía a través de las cámaras no le fue suficiente. Las fricciones entre ambos venían de lejos; tanto, que incluso él le pidió el divorcio porque “ya no podía vivir con ella”. Vanessa aceptó, tiempo después comenzó a rehacer su vida sentimental hasta que llegó Salas Brito y la persecución se intensificó.
Días después de la breve detención por violencia en la que le fue incautada el arma, Cheo le aseguró a su hija menor que había regresado a España, enviándole una fotografía para respaldar la mentira. Mientras simulaba estar fuera del país, planificaba el ataque con frialdad.
La madrugada del 19 de abril, Vanessa le avisó a alguien cercano a ella –de quién se protege su nombre- que su expareja estaba afuera de su vivienda. Rato después, se escucharon dos detonaciones que quienes dicen haberlas oído no pensaron que fueran disparos.
Los detalles son macabros y trágicos a la par, dejando claro su premeditación. Cheo entró a la vivienda con la presunta colaboración de su madre, quien le indicó a la menor de las niñas que iría a retirar un televisor. En la escena, Vanessa intentó resguardar su vida sentándose en sus piernas a la menor de sus hijas, la consentida de Cheo. Fue apartada por él y cometió el asesinato.
Su tío intentó salvarla y Cheo también lo asesinó
Vanessa quedó semisentada, vestida con ropa de dormir, con un disparo en la cabeza. Su tío Orlando yació a pocos metros, entre el área de lavado y ella. Tras los disparos, sangre en el piso, sangre en unos tobos de agua que estaban cerca y que el agresor utilizó para lavarse las manos luego de asestar múltiples heridas punzopenetrantes a ambas víctimas -incluidas al menos 17 contra Orlando-, procedió a escribir un mensaje antes de huir:
“Soy un buen hombre, pero perdí todo por traición, pero lo peor fue haberse metido con mis santos, esa fue la gota que derramó el vaso, perdí todo por la envidia y la traición”.
Cheo practica la santería y, días antes, Vanessa y su tío desmontaron el altar que todavía estaba en la entrada de su casa. Cheo no creía en la misma religión que Vanessa, la católica. La madre de Cheo también cree en la santería. Sin embargo, el argumento religioso en la nota dejó al descubierto un pretexto para justificar lo que realmente fue: violencia machista, un acto de posesión y control absoluto ejecutado por un hombre que se negó a aceptar el fin de una relación, dejando a sus propias hijas en la intemperie emocional.
Es aquí donde las interrogantes del principio dejan de ser para el criminal y pasan a interpelar, de forma directa, al sistema de justicia. Liberar a un agresor en flagrancia por violencia física no fue un error menor, fue la decisión que le abrió la puerta a la tragedia. Tampoco se justificó la falta de resguardo a la víctima tras incautarle solo una de sus armas, ni la ausencia de medidas cautelares inmediatas.
La falta de respuestas claras por parte de las autoridades se traduce en un peligro real para la familia. La tragedia no concluyó la madrugada del 19 de abril, continúa con Natalia y Mishell temiendo por su integridad ya que, según testimonios, Cheo sigue en la zona a bordo de una moto y tras la pista de las niñas.
Las autoridades están obligadas a dar explicaciones públicas sobre la actuación policial previa al crimen fatal y garantizar la protección integral y el resguardo de Natalia y Mishell, quienes hoy sufren las consecuencias de una negligencia que las mantiene alejadas de su entorno.
Vanessa estaba indefensa. Vanessa fue desprotegida. Vanessa, hoy 19 de septiembre, no tendría por qué estar cumpliendo otro mes de fallecida. Su familia exige y espera respuestas en el caso para que las niñas puedan ser libres de esta pesadilla.