El muchacho fue rescatado en las inmediaciones de uno de los edificios de esta casa de estudios universitarios
Sucesos.- Eran los años de la primera década del siglo XXI, cuando en Carabobo gobernaba un general que eructaba frente a las cámaras. Desde tiempo atrás en la región operaban ramificaciones de los guerrilleros colombianos que se vinculaban con ciertos elementos venezolanos que, teniendo una fachada legal como estudiantes, empleados o comerciantes, frecuentemente realizaban actividades al margen de la ley. Algunos de estos elementos incluso habían viajado hasta Colombia para “aprender” ciertos métodos de los subversivos.
Uno de estos grupos había estudiado el panorama político-económico para seleccionar a alguna víctima para obtener dinero. Estos sujetos en su jornada “normal” trabajaban de mesoneros, taxistas, oficinistas, empleados de empresas privadas o bancos y, en fin, en muchos cargos que les permitían sobrevivir económicamente y, aprovechándose del entorno social donde se desarrollaban, conocían quienes manejaban buenas cantidades de dinero.
En la pequeña banda, dos de los delincuentes eran jóvenes que cursaban estudios regulares en la Universidad de Carabobo, donde en esa época todavía la izquierda tenía muchos simpatizantes, y en sus fines de semana laboraban como mesoneros en una agencia de festejos del norte de la ciudad. Nada mejor que las fiestas de alto nivel para observar y anotar el poder adquisitivo de las potenciales víctimas, sus carros y las conversaciones que, disimuladamente, escuchaban para tomar datos.
Es así que el grupo guerrillero-hamponil detecta a un alto funcionario de la Gobernación de Carabobo de aquel entonces que, por medio de manejos corruptos, se había hecho de una gran fortuna luego de ser un hombre muy modesto; Por supuesto, nada del dinero mal habido estaba en su nombre, sino en cuentas de compadres y familiares. Como todo alto funcionario, él y su familia contaban con una buena escolta y vigilancia armada en su casa, por lo que hacerle una “expropiación revolucionaria” era muy difícil. Pero estudiaron el entorno familiar: el hombre tenía un hermano sin mayor fortuna y el hijo de este era un muchacho despreocupado que podría ser una fácil presa.
Es así que se prepara la operación del secuestro del sobrino para lograr que el corrupto tío pague el rescate.
El golpe resulta muy sencillo. En la modesta urbanización de clase media baja, donde viven hermano y sobrino del alto funcionario, no hay mayor seguridad y el muchacho sale descuidadamente como cualquiera de su edad.
Llega así el momento en que lo interceptan y lo montan a la fuerza al automóvil para dirigirse a la guarida donde lo tendrán uno o dos días, hasta que el tío pague el rescate.
Pero una vecina ve cuando hombres armados introducen al chico al carro a empujones, y tan pronto como se pierde de vista el vehículo corre a avisar a la familia. Aunque no escribió la placa, la doña sí se fijó bien en el tipo y color del automóvil.
El padre del chico estaba en la casa y desesperado llama por el celular a su hermano, a quien pone al tanto de la situación. El funcionario corrupto, por cosas de destino, se encontró en ese momento en reunión de trabajo en el Capitolio, donde también se encontró el secretario de Seguridad, a quien informó de lo sucedido y le pidió ayuda. El jefe de seguridad, a su vez, llamó inmediatamente a la Central de Patrullas de Navas Spínola, ordenando una movilización general y un cerco de la ciudad, advirtiendo que se trataba del secuestro de un familiar de alguien vinculado a las altas esferas de la gobernación, por lo que ordenaba se procediera con extrema cautela para evitar cualquier daño al rehén.
Cuando los secuestradores se desplazaban por la autopista ven patrullas en emergencia en sentido contrario al que ellos llevaban, y luego notan en los distribuidores a su paso apostadas motos de la policía. A los pocos minutos ven que las primeras patrullas de la policía del estado los están persiguiendo.
A gran velocidad, los malhechores toman rumbo norte tratando de buscar hacia Naguanagua donde tienen sus escondites, pero no hay paso por el distribuidor. Siguen de largo y deciden entrar a la Ciudad Universitaria de Bárbula, la que conocen como si fuera su casa.
En aquellos tiempos, todavía era difícil que las unidades de la policía pudieran operar dentro de la universidad. Con el pretexto de la “autonomía universitaria”, Bárbula se había convertido en una tierra sin ley, un Estado dentro del Estado donde, impunemente, se realizaba toda clase de actividades ilícitas. Allí funcionaban bandas de las distintas facciones; se guardaban carros robados, se traficaba con armas y drogas, e incluso mantenían a personas secuestradas con la seguridad de que no entraría la fuerza pública.
Es así que el vehículo de los secuestradores pudo entrar en el complejo de Bárbula. Llegó hasta el edificio de Educación y allí se bajaron los delincuentes, dejando al muchacho sin daño alguno dentro del carro. Detrás venía una patrulla de la policía del estado que se había atrevido a “violar el recinto universitario” para usar la frase tan en boga por los revoltosos de esos tiempos.
Los secuestradores corrieron como gacelas dentro del edificio, mientras los policías se bajaban de la patrulla.
-Ayúdennos, nos persiguen los policías ¡Nos quieren joder! Gritaban los hampones a los estudiantes, quienes, por una solidaridad automática que raya con la alcahuetería o complicidad, hicieron una barrera ante los funcionarios mientras que los bandidos se perdían dentro del recinto.
Lo único que le quedó a los policías fue llevarse al asustado muchacho a reunirse con su familia. Cualquier semejanza con hechos de la vida real…¿será mera coincidencia?.