La Avenida Pedro León Torres es, sin duda, su arteria principal, este eje vial no es solo un camino de asfalto y piedra, sino un puente sagrado que enlaza los dos grandes faros espirituales de la població
País.- Desde la mirada de la radiodifusión sonora que transmite, difunde, educa y enriquece, en este recorrido turístico, natural, cultural y patrimonial, hablaré del municipio Jiménez, capital Quíbor, estado Lara y de algunos de sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, publicada en la Gaceta Oficial N° 38.234. del 22-07-2005. Hoy, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).
El municipio Jiménez, está dividido en 8 parroquias: Coronel Mariano Peraza, Cuara, Diego de Lozada, José Berardo Dorante, Juan Bautista Rodríguez, Paraíso de San José, San Miguel y Tintorero, tiene como capital la ciudad de Quíbor. Es tierra del crepúsculo larense, considerado un bien intangible de gran valor, es inspiración de muchos artistas en el momento en que componen pinturas, canciones, poemas y demás. Se puede observar entre las 6 y 6:30 de la tarde, en los días despejados, y se va extendiendo por toda la montaña de San Pedro, al sur de Quíbor, proyectando entre las nubes sus colores rojizos, naranjas y amarillos que dejan expectante a la imaginación de quienes lo observan.
La Avenida Pedro León Torres es, sin duda, su arteria principal, este eje vial no es solo un camino de asfalto y piedra, sino un puente sagrado que enlaza los dos grandes faros espirituales de la población: la Iglesia de Nuestra Señora de Altagracia y la mística Ermita. Si la Avenida Pedro León Torres es el camino, la Ermita de Nuestra Señora de Altagracia es su destino final, es el remate poético que guarda al viajero como un faro de devoción. Su historia se remonta al siglo XVII, cuando el Capitán Diego Gómez de Alvarado, bajo el peso de su encomienda en el valle, decidió levantar este templo de planta estrecha y nave solitaria bajo una cubierta a dos aguas que parece acariciar el cielo quiboreño.
Bajo el cielo infinito del Valle de Quíbor, el tiempo no corre, se sedimenta, lo que hoy contemplamos como un núcleo urbano vibrante, nacido en el siglo XVI bajo el paso firme de los conquistadores, consolidándose en 1609 como pueblo de doctrina bajo la mirada de Fray Antonio de Alcega. En el susurro del viento quiboreño aún parece resonar la transición de 1754, cuando el antiguo asentamiento indígena entregó su administración al curato ordinario, naciendo así la parroquia que hoy nos abraza. Caminar por su centro es recorrer un museo vivo. El perfil urbano, que se estrecha con elegancia en torno a la Plaza Bolívar y el Templo Parroquial, nos habla de una herencia que se niega a morir. Aquí, los muros de adobe y los techos de madera, tejidos con carrizo y caña brava, sostienen el peso de la historia bajo el rojo eterno de la teja de arcilla. Es un paisaje de contrastes armoniosos: donde la fachada continúa de una planta evoca la serenidad colonial, y las nuevas volumetrías contemporáneas emergen como testigos del progreso.
Pero la historia de Quíbor no comienza con la colonia; yace mucho más profundo, en las entrañas de una tierra que custodia celosamente sus secretos. En este valle, el pasado tiene la costumbre de emerger cuando menos se le espera, transformando una labor cotidiana en un encuentro sagrado, así sucedió en el Cementerio Prehispánico de Guadalupe, donde el metal de las máquinas que buscaban traer agua tropezó con la eternidad. El hallazgo de fragmentos óseos movilizó a una comunidad vigilante ya los expertos del Museo Antropológico Francisco Tamayo, revelando un santuario de treinta individuos: niños, adultos y ancianos que regresaron a la luz. Allí, los cuerpos, algunos en reposo extendido, otros flexionados en un último abrazo dorsal, dormían junto a vasijas de patas bulbosas y ceibas de barro, adornados con la sutil elegancia de cuentas de concha y pendientes tallados en resina de árbol.
Esta revelación en Guadalupe es el eco de otro hito que define nuestro mapa espiritual, el Cementerio Aborigen del Boulevard de Quíbor. Situado en el mismo corazón de la ciudad, este yacimiento fue descubierto en 1965 bajo las mismas circunstancias de azarosa excavación urbana. Entre los siglos II y VII de nuestra era, este sitio fue el epicentro de un complejo tejido social; un lugar de descanso donde más de un centenario de ancestros fueron envueltos en fardos funerarios y cestería, rodeados de ajuares de caracol, ámbar y cerámicas de inconfundible estilo andino. Este camposanto, hoy protegido por un Museo de Sitio, es la prueba irrefutable de que Quíbor fue, desde tiempos inmemoriales, un punto de encuentro entre el piedemonte, la cordillera y la costa. No son solo huesos y vasijas; son los hilos de una red comercial y humana que ya latía con fuerza siglos antes de que el primer trazo colonial se dibujara en el horizonte. ¡Visitemos, preservemos, salvaguardemos/salvaguardiemos los elementos naturales, culturales y patrimoniales de Quíbor estado Lara!