La historia de esta tierra comienza mucho antes de los mapas modernos
País.- Desde la mirada de la radiodifusión sonora que transmite, difunde, educa y enriquece, en este recorrido turístico, natural, cultural y patrimonial, hablaré del municipio Pedro María Freites, y de algunos de sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, publicada en la Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Hoy, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).
Bajo el cielo abierto de la Mesa de Guanipa, donde el sol parece acariciar la historia, se extiende una tierra cuya memoria tarde al ritmo del tambor y del petróleo. El municipio Pedro María Freites es mucho más que una demarcación geográfica; es un verdadero cofre de tesoros históricos, espirituales y culturales. Adentrarse en sus dominios es recorrer las huellas vivas del pueblo kariña y sentir el pulso de un territorio que une la estirpe colonial con la fuerza indomable de una identidad que se niega a ser olvidada. Estas son tierras que no solo se recorren con los pies, sino que se habitan desde el alma; un gigante energético que, mientras sostiene gran parte de la economía nacional desde sus entrañas petroleras, respira profundamente a través de una herencia ancestral que desafía el paso de los siglos.
La historia de esta tierra comienza mucho antes de los mapas modernos. Cantaura, nuestra capital y centro neurálgico, es la evolución vibrante de aquella antigua Chamariapa, un asentamiento que nació en 1740 bajo la mirada de los misioneros franciscanos, quienes llegaron para fundir su fe con el alma de los kariñas, cumanagotos y caribes. Caminar hoy por Cantaura es conversar con el tiempo; es sentir, en la pulcritud de sus calles y la arquitectura de su Casco Histórico, el eco de un trazado regular que ha sabido resistir la anarquía urbana. Sus casas de bahareque, con techos de teja, zaguanes y patios custodiados por rosales, son testigos mudos de una identidad que se niega a ser sepultada por la modernidad.
El patrimonio cultural de Freites es un tejido diverso, nos encontramos con la majestuosidad de la Iglesia Nuestra Señora de la Candelaria, cuya esbelta figura, declarada Monumento Histórico Nacional en 1960, no es solo un templo, sino el epicentro de la fe anzoatiguense. Su arquitectura, con sus vitrales que filtran la luz divina y sus columnas revestidas en oro, nos narra una devoción que trasciende el 2 de febrero para convertirse en un estilo de vida. A pocos metros, el Obelisco, erigido en 1955, se alza como una centinela de granito que marca el primer centenario del cambio de nombre de la ciudad, recordándonos que, aunque el nombre mutó, el espíritu de la gente sigue siendo el mismo.
Pero Freites no es solo piedra y concreto, es un patrimonio vivo que respira en sus 20 comunidades indígenas kariñas, Kashaama, Tascabaña, Bajo Hondo y tantas otras, conservan la sabiduría de quienes han sido los guardianes ancestrales de estas tierras. Es conmovedor observar cómo la vivienda tradicional kariña, de planta circular en sus orígenes, recubierta de palma de moriche, ha dialogado con el tiempo, adaptándose a las realidades contemporáneas sin perder su esencia comunitaria. Este modelo de habitar, disperso y sostenible, es un recordatorio de cómo la cultura se adapta para sobrevivir, manteniendo siempre ese nexo sagrado con la familia y la tierra, a pesar de la influencia ineludible de la modernidad rural.
El territorio se despliega más allá de Cantaura: las parroquias de Santa Rosa, Urica y Libertador, con su capital Mundo Nuevo, completan este rompecabezas de 7.712 km². Aquí, la naturaleza nos regala joyas como el río Amana, cuyas aguas frías y sulfurosas, que brotan de la formación San Antonio, han servido de comunión entre Anzoátegui, Monagas y Sucre. Es una geografía que alimenta tanto al cuerpo como al alma, con sus suelos latéricos de tonos rojizos y ocres que esconden, bajo su superficie, la riqueza petrolera y gasífera que impulsa al país, pero que también se abre camino en la agricultura y la proyección turística.
Freites es, en esencia, un refugio sagrado. Es la suma de sus cuatro parroquias y cientos de caseríos; es la memoria de un perito agrimensor que, hace siglos, marcó con cuerda y aguja el destino de una ciudad ordenada y culta. Como investigadora y heredera de esta identidad, nuestra tarea es continuar narrando su historia, no como un pasado estático, sino como un presente en constante transformación.
Al recorrer la Mesa de Guanipa, no solo observamos el progreso industrial, somos testigos de un pueblo que, entre el chaparro, el junco y el canto de los ríos, sigue escribiendo su propia épica. Freites es, indiscutiblemente, la prueba de que el patrimonio más valioso no es el que se guarda en vitrinas, sino el que se lleva en la sangre y se cultiva en el respeto por nuestra casa común. Somos, por derecho propio, el latido constante de un Anzoátegui que mira al futuro sin soltar jamás el hilo conductor de sus raíces. ¡Visitemos, preservemos, salvaguardemos/salvaguardiemos los elementos naturales, culturales y patrimoniales del municipio Pedro María Freites!