El pasado 24 de junio, Miguel, de 57 años, iniciaba su turno como vigilante en el edificio residencial El Molino cuando la estructura colapsó. Quedó sepultado, pero dos paredes formaron sobre él un providencial "triángulo de la vida" que evitó que muriera aplastado. En la oscuridad, y con los lentes rotos, logró alcanzar su celular atrapado entre sus piernas.
"Pensé que me iba a morir ahí aprisionado. Agarré el teléfono para pedir ayuda, pero ya no había señal. Yo me decía: 'Será la última vez que voy a ver a mi muchachita [su hija]'", relató conmovido.
Apenas una hora después, un desconocido logró sacarlo de las ruinas. Hoy, profundamente agradecido y pese a los dolores físicos que aún lo aquejan, Miguel trabaja como voluntario removiendo escombros, impulsado por el recuerdo de los vecinos que quedaron bajo la estructura.
Su rescate es un rayo de esperanza que contrasta con el desolador panorama de la costa de La Guaira, donde centenares de venezolanos aún hurgan entre los bloques de concreto y se preguntan si hoy será el día de encontrar a los suyos.