El mismo día de los terremotos, los migrantes llegaron al país en un vuelo desde Texas. Solo han sido encontrados 12 con vida, aunque aún no hay confirmación oficial
País.- En horas de la mañana del pasado miércoles 24 de junio, el jefe de la misión encargada de gestionar el programa de repatriación nacional, Melvin Maldonado, difundió un video de los nuevos 147 deportados desde Estados Unidos, los del vuelo 164, quienes llegaron al país horas antes de los devastadores terremotos que acabarían con sus vidas.
“¡Ese de allí es mi cuñado!” Verónica Nieves lo reconoció de espaldas en el video difundido por Maldonado. Sin dudas era él, Yamil Caldera, 32 años, el hombre de pantalón negro y pulóver rojo, ansioso por llegar a Cumaná, en el estado de Sucre. Había sido detenido hacía meses en un mercado de la cadena Walmart junto a su esposa por agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), y luego fueron trasladados al Centro de Detención de Eloy, en Tucson, Arizona. A él lo habían deportado este miércoles, a ella le quedaba aún una cita con el juez.
Ya en Maiquetía, a Caldera le dio tiempo de llamar a su familia y confirmar que, después de varias horas de vuelo desde Texas, había aterrizado en su país.
Anderson Antonio Pérez, de 33 años, quien vivía desde hace un año y medio en la ciudad de Montgomery, en Alabama, llamó a los suyos sobre las cuatro de la tarde. “Habló con su esposa, dijo que habían llegado y que los iban a ubicar para, al día siguiente, traerlo para acá para Barquisimeto, pero ya no se supo más nada de él”, dijo su hermana, Yujaby Elizabeth Díaz Pérez.
Desde las instalaciones del aeropuerto, los venezolanos deportados —120 hombres, 19 mujeres y siete niños— fueron conducidos por el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) hacia el Hotel Santuario La Llanada, en el estado de La Guaira, cuando aún nadie sabía que en realidad los estaban llevando hacia la misma boca de los más grandes temblores que los venezolanos hayan sentido bajo sus pies en más de un siglo.
El Hotel Santuario La Llanada, una estructura sin ningún lujo, manejado por la Misión Negra Hipólita y localizado en una montaña a poco más de media hora de Caracas, fue en el pasado la sede del Colegio San Benito, prestó alguna vez servicios a personas en situación de calle y con problemas de adicción, y devino el sitio de aislamiento de los viajeros que llegaban infectados de Covid-19 al aeropuerto de Maiquetía durante la pandemia.
Desde que la administración de Donald Trump y el Gobierno establecieran un acuerdo de deportación, el hotel ha sido el lugar donde han recalado los migrantes.
Una vez en el hotel, los recién llegados se someterían a ciertos protocolos: chequeos médicos, vacunación, trámites para cédulas. En uno de los dormitorios estaba Joan, de 28 años, que el 13 de junio fue detenido por ICE cuando se dirigía a su trabajo, en Florida, donde quedaron su hija de seis años y su esposa. La familia estaba desesperada porque saliera del centro de detención de El Paso y volviera a Venezuela.
“Intentamos mediante abogados poder sacarlo bajo fianza, pero los costos eran demasiados, no contábamos con los recursos para poder pagar, y decidimos que él iba a firmar su salida voluntaria, y así lo hizo”, cuenta por teléfono su esposa Daniela.
El miércoles, en el hotel, Joan se había bañado y se iba a acostar a dormir después de un viaje agotador. Se sentó en una de las literas, se sintió mareado, observó cómo todo se movía a su alrededor, como si el Dios del mundo los estuviera sacudiendo a todos con rabia. Alcanzó a ponerse los zapatos y una camisa, logró dar tres pasos largos, gritó: “¡Es un terremoto, es un terremoto!”
Ahora mismo no puede pronunciar una palabra, “está en shock”, su esposa Daniela lo cuenta por él: “Cuando ya estaba por llegar a la puerta, el hotel colapsó, él quedó bajo los escombros. Dice que sobrevivió porque una litera le cayó encima, los colchones lo ayudaron a resistir el peso. Estuvo tres horas bajo los escombros, escarbando, y logró salir por sus propios medios. Cuando salió, intentó ayudar lo más que pudo, intentó rescatar a varias personas vivas y a otras que lamentablemente no lo lograron”.
Los sobrevivientes, que apenas se conocían entre sí, que no eran vecinos, ni familia, ni amigos, y que ni siquiera se sabían sus nombres, más allá de los apodos que les había dejado el encierro en Estados Unidos (El Gocho, Pelo Pintado, El Caraqueño), eran apenas cuerpos apaleados, empolvados, ausentes, las víctimas a las que nadie fue a ayudar en horas, la gente que esperaba que el regreso fuera llevadero, después de todo lo que habían pasado en detención.
Para la medianoche del viernes, los padres de Anderson Daniel Salcedo Lozano, de 21 años, estaban casi de guardia en el Hospital José María Vargas, de Caracas. Su hijo permanece entubado, le amputaron las dos piernas y su pronóstico es crítico.
Las víctimas de Trump y de la catástrofe
La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, que no ha dejado de contestar el teléfono a altos dirigentes en los últimos días, mantuvo conversaciones con el presidente Donald Trump y su Secretario de Estado, Marco Rubio, quienes se comprometieron con el envío de rescatistas, equipos especializados y asistencia humanitaria. El propio Trump lo reafirmó en su red Truth Social: “¡Estados Unidos está preparado, dispuesto y es capaz de ayudar!”, dijo. “Estaremos ahí para nuestros nuevos y maravillosos amigos”.
Las palabras de Trump no resuenan en los oídos de casi nadie, menos en los familiares de los deportados. Su Gobierno convirtió en indocumentados a unos 650.000 venezolanos, despojándolos de cualquier amparo legal; envió a más de 250 al temido Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT), en El Salvador; les dijo que eran pandilleros, terroristas y criminales, y ha detenido a cientos en los centros de todo el país.
Arturo Alejandro Morales era uno de esos detenidos en El Paso, Texas, y su padre, Arturo José Morales, nunca supo que había sido deportado en el vuelo 164. Contaba con que estaba bien, encerrado, pero bien. El jueves 25 de junio, un día después de la tragedia en Venezuela, su hijo cumplió 25 años y no fue hasta ese momento que el padre se se enteró no solo de que el hijo había sido deportado, sino de que era una de las víctimas del Hotel Santuario La Llanada.
“Un conocido mío, que estaba preso con él en El Paso, llegó en el mismo vuelo a Venezuela y cuando ocurrió el terremoto me lo comunicó, me dijo que tratara de buscarlo, porque estaban juntos en el hotel y nunca lo vio salir”, cuenta Morales.