El movimiento telúrico sorprendió al pastor mientras pronunciaba la última oración, leyendo un pasaje del Antiguo Testamento sobre el perdón y la gracia
País.- La iglesia evangélica Luz del Mundo estaba a medio construir; ni siquiera tenía las paredes levantadas. Aun así, se convirtió en un símbolo de supervivencia en medio de la tragedia que sacudió a Venezuela este miércoles, tras un devastador doble terremoto.
El movimiento telúrico sorprendió al pastor mientras pronunciaba la última oración, leyendo un pasaje del Antiguo Testamento sobre el perdón y la gracia. En ese instante, el altar comenzó a sacudirse violentamente.
Los feligreses vieron con horror cómo su entorno se desmoronaba. Torres de 12 pisos se deshicieron "como mantequilla". “La tierra se los tragó de repente”, recuerda Georgina Mejía, una de las asistentes al servicio.
Ante el súbito horror, Mejía y otras tres mujeres se quedaron paralizadas: sus familias vivían en esos edificios que acababan de colapsar. Mientras tanto, el techo de la estructura de la iglesia empezaba a ceder. “Las mujeres somos frágiles, lo dice la Biblia”, reflexiona Mejía, “pero Dios quiso que nos salváramos”.
La ayuda llegó de la mano del pastor Israel Tauicen. Aunque había salido corriendo del templo con los primeros temblores, regresó de inmediato junto a otro feligrés. Entraron in extremis para rescatar a las mujeres antes de que el techo se desplomara por completo. “No te daba chance de hacer nada porque el piso se movía. Pero Dios es bueno”, relata Mejía, sentada ahora sobre un colchón en un parque de Caraballeda, la zona de La Guaira más afectada por el sismo.
Un refugio improvisado entre la desolación
El parque se ha transformado en un campamento improvisado para los damnificados. Una carpa de la Cruz Roja atiende a los heridos, mientras rescatistas internacionales —llegados de México, El Salvador y Ecuador— distribuyen ropa y comida a filas de personas que superan los centenares.
Alrededor, el panorama es de ruina absoluta. Las cifras oficiales ya rondan los 1.000 muertos y 3.000 heridos, la mayoría en este estado costero de 450.000 habitantes, vecino a la capital.
El pastor Tauicen recuerda que, una vez que lograron ponerse a salvo afuera, se tomaron de las manos y siguieron rezando: “Había mucho polvo y algunos edificios caídos empezaron a incendiarse. El humo era denso, pero le pedimos misericordia a Dios para que cuidara de nuestros familiares”. A su lado, Mejía sonríe aliviada; sus hijos y su esposo resultaron ilesos porque el miércoles era feriado y habían salido a pasear.