Hay pueblos que nacen al ritmo de sus aguas y de la madera de sus bosques milenarios, en el corazón del municipio Tulio Febres Cordero, se levanta Nueva Bolivia
País.- Desde la mirada de la radiodifusión sonora que transmite, difunde, educa y enriquece, en este recorrido turístico, natural, cultural y patrimonial, hablaré del municipio Tulio Febres Cordero, estado Mérida y de algunos de sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, publicada en la Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Hoy, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).
Hay pueblos que nacen al ritmo de sus aguas y de la madera de sus bosques milenarios, en el corazón del municipio Tulio Febres Cordero, se levanta Nueva Bolivia, una tierra que comenzó a dibujarse a finales de los años 20, específicamente hacia 1928, cuando los primeros pasos humanos se asentaron con timidez en las márgenes del indómito río Torondoy. Para 1930, el verdor empezó a transformarse, campesinos trujillanos, hombres de hacha y labranza, arribaron a este rincón merideño desafiando la selva espesa, levantando bohíos rudimentarios y abriendo caminos. Nombres como Cruz Mendoza, los hermanos Barreto y Andara, Francisco Albarrán, Abraham Viera, Orestes Araujo, Tesalio Rumbos y Jerónimo Rivas, quedaron grabados en la corteza de los árboles como los pioneros de esta epopeya.
Por muchos años, la abundancia maderera bautizó al asentamiento con el nombre pragmático «El Aserradero». Sin embargo, el destino tenía preparado un traje más digno para su historia. En 1947, un hombre visionario llamado Enrique Salas convocó a los lugareños para sacudirles el alma. Con la elocuencia de quien ama su terruño, les advertimos que el nombre actual caducaría cuando se agotaran los troncos. Salas apeló a la memoria grande: recordó que en 1819, el Libertador Simón Bolívar visitó la histórica Villa de Gibraltar, partiendo luego al Alto Perú para fundar una nación llamada Bolivia. Contaba don Enrique que aquella lejana tierra compartía con este rincón la pureza de sus aires, el exotismo de sus paisajes y la valentía de sus aborígenes. «Os pido que traigamos el corazón de Bolívar, cambiando el nombre del Aserradero por el de Nueva Bolivia», sentenció. Tras un silencio sepulcral, el pueblo estalló en aplausos y en un solo grito: ¡Viva Nueva Bolivia! El decreto oficial y la justicia histórica llegaron el 17 de julio de 1961, cuando la Asamblea Legislativa creó el municipio Tulio Febres Cordero, dándole a este suelo el honor de ser su capital.
Pero Nueva Bolivia no solo es rica en crónicas; su esencia también es de naturaleza dulce, a pesar de los embates del tiempo y de la reducción de las moliendas a unas pocas haciendas, el cultivo artesanal de la caña de azúcar resiste como un legado generacional. Esta gramínea tropical esconde en su tallo un jugo generoso en sacarosa (azúcar). Los productores viejos mantienen viva la certeza de que, mientras más fuerte sea el verano, el proceso de fotosíntesis concentrará más dulzura en la planta. La tradición no olvida su ciclo; preparar la tierra, sembrar los simientes, yemas o estacas a partir de mayo, y esperar con paciencia un año entero. Luego llega la zafra, el corte y el viaje sagrado al trapiche, allí, entre el crujir de las mazas y el humo de las pailas, el jugo merma hasta transformarse en miel, en la noble panela y en el místico alfondoque, ese dulce tradicional que condensa el sudor y el orgullo de nuestra gente.
El alma de Nueva Bolivia se resguarda en sus espacios sagrados, la iglesia San Isidro Labrador, joya contemporánea custodiada por su torre campanario, narra la fe local a través de siete hermosos vitrales de la Pasión y los restos del recordado presbítero Tomás Agustín Castelao. A pocos pasos, la Plaza Bolívar se erige como el corazón de la comunidad; un remanso de caminerías de granito y bancos de madera donde el Libertador, desde su pedestal, contempla el diario acontecer de su pueblo. Pero el municipio Tulio Febres Cordero es también un regalo de la naturaleza y el tiempo. En el sector Santa María, la tierra palpita con fuerza propia en sus aguas termales, codiciados manantiales mineromedicinales que brotan de las fallas subterráneas como un bálsamo curativo para propios y visitantes.
Más hacia el sureste, el paisaje se transforma al encontrarse con el majestuoso Lago de Maracaibo en la Playa de Palmarito, el único puerto lacustre del estado Mérida. Allí, el ritmo lo marca el Boulevard San Benito y las entrañables casas tradicionales de madera, como las de la familia Chourio, que desafían el tiempo con sus techos a cuatro aguas. Muy cerca, las ruinas del antiguo muelle susurran crónicas de viejas chalanas y andenes de madera que alguna vez fueron la puerta al progreso. Este recorrido rinde tributo, finalmente, al hombre que da nombre a este municipio: don Tulio Febres Cordero, el «Patriarca de las letras merideñas». Abogado, historiador y periodista indomable, su pluma inmortalizó la identidad andina. Hoy, al evocar la riqueza de Nueva Bolivia y sus entornos, honramos el legado de este eterno maestro que nos enseñó a leer el alma de nuestra propia tierra. ¡Visitemos, preservemos, salvaguardemos/salvaguardiemos los elementos naturales, culturales y patrimoniales del municipio Tulio Febres Cordero, estado Mérida!