El municipio Caracciolo Parra Olmedo es un territorio donde la imponente cordillera norte de Mérida converge con las tierras bajas de la depresión del Lago de Maracaibo; un rincón de contrastes geográficos, uno de los entrañables pueblos del Sur del Lago
País.- Desde la mirada de la radiodifusión sonora que transmite, difunde, educa y enriquece, en este recorrido turístico, natural, cultural y patrimonial, hablaré del Municipio Caracciolo Parra Olmedo, estado Mérida y de algunos de sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, publicada en la Gaceta Oficial N° 38.234. del 22-07-2005. Hoy, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).
El municipio Caracciolo Parra Olmedo es un territorio donde la imponente cordillera norte de Mérida converge con las tierras bajas de la depresión del Lago de Maracaibo; un rincón de contrastes geográficos, uno de los entrañables pueblos del Sur del Lago. Declarado municipio el 12 de junio de 1987, su toponimia no solo es un hito cartográfico, sino un acto de justicia histórica: honra la memoria de aquel ilustre abogado, político y educador que, como rector de la Universidad de Los Andes, se convirtió en el precursor de la autonomía universitaria y en el eterno «Rector Heroico». Pero la piel de esta geografía se tejió mucho antes de su bautizo civil; sus senderos guardan el eco de los Timoto-Cuicas y sus terrazas agrícolas, el paso de las misiones coloniales y el fragor de la Guerra Federal, donde el propio Parra Olmedo alzó su voz contra el centralismo. Hoy, consolidada como una próspera despensa agrícola y ganadera, esta encrucijada de aldeas resguarda un legado que merece ser contemplado con ojos de asombro.
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Adentrarse en la geografía del municipio es también descubrir sus secretos ocultos, como los que custodian las Ruinas de Río Frío Alto. En este paraje de relieves inclinados, donde desafiar la pendiente ha sido ley de vida, la memoria se materializa en un fondo que perteneciera a Elio Omar Simancas. Allí, el paisaje revela una arquitectura de resistencia y sabiduría popular: antiguos muros de tapia y tierra pisada, sostenidos por firmes cimientos de piedra, que emula los sistemas constructivos tradicionales de los Andes venezolanos, diseñados con ingenio para esculpir planadas en la montaña y levantar el hogar. Entre estos muros, el tiempo parece haber sido detenido ante la presencia de piedras pulidas y fogones que aún conservan restos de carbón vegetal, flanqueados por numerosos fragmentos de cerámica que susurran historias de cotidianidades remotas. Aunque hoy conviven con los ciclos del cultivo, estos vestigios se conservan con celo, conscientes de que cada tiesto y cada piedra son un aporte invaluable a la identidad cultural de nuestros pueblos.
El paisaje que cobija estas tierras encuentra su máxima expresión en el Páramo de La Culata, un coloso natural resguardado bajo la figura del Parque Nacional desde su decreto en diciembre de 1989. Este ramal occidental de la cordillera merideña, accesible desde la capital del estado a través de la ruta de San Javier del Valle, se aproxima con mística al páramo de Tucaní, entrelazándose con cumbres emblemáticas como El Tambor, Campanario y Piedras Blancas. Transitarlo es sumergirse en una geografía de contrastes: desde el abrazo denso de los bosques nublados hasta la soledad sagrada de las altas cumbres desérticas, donde los frailejones custodian el frío andino. En este santuario, la vida tardía en una rica biodiversidad de selvas pluviales y páramos húmedos, un hábitat donde el oso frontino, la lapa y el mono comparten el espacio con el vuelo del gavilán, el querrequerre y el majestuoso cóndor de los Andes.
Pero más allá de su flora y fauna, La Culata es, por excelencia, una inmensa fábrica de agua. En sus alturas nacen lagunas de un glaciar azul, como Los Patos, Laguna Grande y La Negra, cuyos cursos de agua tejen las vertientes que bajan sedientas hacia la depresión del Lago de Maracaibo. Ríos fundamentales como el Mucujepe, el Capaz y el Tucaní nacen de estas entrañas parameras para irrigar la vida de los pueblos del Sur del Lago. Es esta profusión hídrica y fertilidad la que explica por qué, desde la época precolombina, el parque fue asiento de laboriosas comunidades indígenas, y por qué hoy, sus caminos y riberas siguen siendo el hogar de asentamientos humanos que, desafiando la altura, labran la tierra y perpetúan la vocación agrícola de la región.
La fertilidad de Caracciolo Parra Olmedo se manifiesta con vigor en sus dos grandes tesoros agrícolas: el café y el cacao, un legado ancestral que resguarda el sabor más puro de la economía andina. Esa misma devoción se traslada del campo al fogón, dando vida a los sabores que definen el alma merideña. El queso ahumado, auténtico emblema de la región, nace del ordeño fresco y un cuajado preciso; tras ser moldeado en esterillas y templado en agua caliente, se suspende sobre el calor de la leña en sarandas de carruzo cubiertas de helecho macho, donde adquiere su inconfundible aroma a madera y hogar. Para coronar este paisaje sensorial, los dulces abrillantados aportan el toque de color y fantasía, con vistosas figuras, pintadas con tintes vegetales y escarchada con azúcar gruesa. Son bocados de historia viva, confeccionados por manos que endulzan y preservan la memoria colectiva de nuestro pueblo. ¡Visitemos, preservemos, salvaguardemos/salvaguardiemos los elementos naturales, culturales y patrimoniales!