Daniel Asuaje: El reguetón: ritmo, sentido y ¿arte?
Opinión

Daniel Asuaje: El reguetón: ritmo, sentido y ¿arte?

30 de abril de 2026
Opinión.- El reguetón es una expresión musical controversial: divide a la sociedad entre quienes lo disfrutan y quienes lo padecen. Desde el punto de vista estrictamente musical acusa una armonía mínima, compases extremadamente simples, baja variación y estructuras altamente predecibles. En el reguetón conviven la manufactura comercial de consumo con la expresión estética genuina; nombres como Tego Calderón son, precisamente, ejemplos a conocer por su cuidado lírico y sonoro.

Su éxito no puede explicarse únicamente desde la teoría musical tradicional. Si bien su armonía es mínima, un análisis riguroso podría argumentar que el reguetón no busca la complejidad tonal, sino la sofisticación tímbrica y de diseño de sonido (ingeniería de bajos, texturas sintéticas). Una parte de su potencia proviene de nuestra respuesta neurológica a patrones rítmicos simples y repetitivos. El bajo marcado —golpes graves y constantes que se sienten más que se oyen— y el patrón del dembow —un ritmo sincopado y estable que estructura la mayoría del reguetón— activan sistemas motores y eróticos profundamente arraigados en nuestra biología. Esta activación corporal está asociada a la liberación de dopamina, que produce placer inmediato, y de oxitocina, que favorece la sensación de conexión social. En la dimensión personal, esta neuroquímica hace que el reguetón resulte muy gratificante (como toda música, pero no la misma para todos).

Pero explicar por qué lo es especialmente para los jóvenes requiere dar un paso más. Los adultos también experimentamos esta bioquímica, pero con otros géneros musicales. La diferencia no está en la biología, sino en la cultura.

La música no es solo un fenómeno individual: es también un hecho social. A escala colectiva, el reguetón fomenta entre los jóvenes cohesión, identidad compartida y sentido de pertenencia. Sus canciones funcionan como himnos grupales, sus intérpretes como figuras referenciales, y su estética como un marcador de pertenencia. Desde esta perspectiva socioantropológica, opera como un recurso de socialización e integración tribal, reforzando vínculos y delimitando fronteras culturales.

En la adolescencia, etapa de afirmación personal, los jóvenes tienden a elegir referentes que los diferencien de sus padres. Aunque no rompen por completo con la cultura familiar o nacional, sí construyen subculturas propias: música, vestimenta, lenguaje, baile, códigos y símbolos que funcionan como fronteras identitarias.

Por eso la música —toda música— cumple una doble función: une y separa. Cohesiona a quienes la comparten y distancia a quienes la rechazan. El reguetón no es la excepción: para unos es celebración, para otros es ruido. No es un fenómeno nuevo. Recuerdo a mis padres afirmando que la música de Los Beatles no era tal. Hoy la pregunta se repite: ¿lo es el reguetón? ¿Es arte?

Los grupos humanos tienden a sobrevalorar sus elementos culturales y a sus grupos de pertenencia. Todos los nacionales de cada país afirman que su país es el mejor y más bello. Recuerdo en mi juventud a una inmigrante chilena que insistía en que debíamos llamar choclo al jojoto, porque en Chile, decía, ese era el modo correcto.

En Occidente, hasta hace poco más de un siglo, el canon de la belleza era la armonía, la proporción y el orden. El arte debía reflejar la naturaleza bajo esos principios. Pero a partir del Romanticismo lo bello se desplaza desde el objeto hacia la experiencia personal, hacia el modo como percibimos y sentimos la realidad. El impresionismo y el cubismo enfrentaron ruda resistencia en su momento. El arte abstracto habría sido inadmisible en la Edad Media.

El reguetón es música, no cabe duda. Pero calificarlo de artístico cuesta desde nuestro mapa tradicional de lo que es arte, sobre todo cuando prestamos atención a muchas de sus letras. Sin embargo, he escuchado a J.R. Colmenares Anzola, melómano consagrado —amante del rock, del jazz y de la música clásica— señalar que existen piezas con letras valiosas dentro del género.

El arte es una manera de recrear nuestra realidad —la que cada quien experimenta como propia— y de transformarla simbólicamente. Al hacerlo, nos transformamos en sujetos capaces de sentir, interpretar y resignificar lo que percibimos. Lo estético amplía la realidad al incorporar en ella nuestra sensibilidad, nuestros afectos y nuestra capacidad de reconfigurar simbólicamente el mundo.

Si asumimos esta definición, debemos admitir que el reguetón es una expresión artística, aunque no todo lo que entra dentro de su categoría sea calificable como arte en sentido pleno. Lo es porque funciona culturalmente como un modo de ser, de sentir y de expresarse; porque produce experiencias, identidades y formas de relación que exceden lo meramente musical. Como toda forma cultural viva, contiene obras triviales y obras valiosas. Su potencia estética no puede negarse: transforma la experiencia de quienes lo escuchan y redefine, para el goce o sufrimiento, una parte del paisaje simbólico contemporáneo.

@AsuajeGuedez
asuajeguedezd@gmail.com
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VÍA Equipo de Redacción Notitarde
FUENTE Editoría de Notitarde