Por mucho tiempo la historia se ha centrado en la guerra de independencia y en los soldados, dejando de lado a los civiles
Opinión.- Por mucho tiempo la historia se ha centrado en la guerra de independencia y en los soldados, dejando de lado a los civiles, a los trabajadores, las amas de casa, los maestros, médicos, comerciantes y a los constructores. Debemos pagar esta deuda que existe con la sociedad civil.
Durante los primeros tres siglos de la existencia de nuestra ciudad, en invierno, Valencia quedaba incomunicada hacia el este por las crecidas del río Cabriales, ya que no existía ningún puente para salvar el cauce de sus aguas que, en aquellos tiempos, eran mucho mayores que lo que son hoy. En aquella época las obras públicas tenían que ser ejecutadas por la municipalidad, ya que las autoridades reales o de la capitanía no se encargaban de esa materia; pero la municipalidad era muy pobre y no tenía recursos de tal envergadura. Aun así, el origen del puente de la ciudad lo encontramos en un impuesto decretado por el ayuntamiento a principios del siglo XIX, antes de la guerra de independencia, que gravaba el sacrificio del ganado y estaba dirigido a la construcción del puente.
Pero poco se avanzó en esta obra, hasta que después de 1818 se establece en Valencia el general Pablo Morillo, capitán general de Venezuela. Morillo, quien entiende la estratégica importancia del puente, retoma la iniciativa del ayuntamiento valenciano y le imprime toda la energía que su autoridad le impone. La historiografía tradicional ha mencionado que el Puente de la Ciudad, como se llamó a este primer puente “fue construido por los prisioneros patriotas”. Esto sin ser falso, es incompleto y egoísta.
Estudiando las antiguas actas municipales de Valencia, hemos encontrado unos interesantes datos sobre la construcción del puente. De estas se desprende que no son precisas varias leyendas que se repiten de la fabricación del puente: si bien en la obra trabajaron algunos soldados republicanos presos, no fue “hecho por ellos”, sino que simplemente ayudaron. De las centenarias actas regresan del pasado los nombres de los funcionarios, de los albañiles y hasta de los contratistas que proveían materiales y herramientas.
Hemos podido conocer el nombre del “alarife” o maestro de obras encargado de la ejecución de los importantes trabajos. Se llamaba Francisco Artiaga, y tenía la jerarquía de “maestro mayor”, cargo que quizás sea parecido a lo que hoy llamamos “ingeniero municipal” y que ganó luego de una especie de concurso. Los pagos los hacía el ayuntamiento valenciano semanalmente, y de todos ha quedado la debida relación y todo estaba supervisado por dos “interventores” llamados Calixto García (alcalde de segunda elección) y Eugenio Corona.
Un gran número de carpinteros, albañiles y obreros fueron contratados para las obras. Entre los albañiles encontramos a Antonio Villegas, Manuel Flores, Rosalío Hernández, Pedro Carrasquel, Juan de Dios Oviedo, Pedro Jaen, entre otros. El carpintero se llamaba Juan de Dios Jaen Flores; los peones o “personas libres” Rufino Verde, Juan Arvelo y otros. También figuran en la lista dos “muchachos” a quienes también les pagaron su jornal.
El número de presos que trabajaban en las obras variaba, semana a semana, oscilando entre 70 y casi 200 “por orden del general en jefe”, señalan los documentos. El municipio corría con su manutención los días que trabajaban (una ración de un real por cabeza). Igualmente se pagaba un “socorro” a los milicianos custodios, cuyo número oscilaba igualmente en proporción al número de presos, entre 20 y 50.
También encontramos los recibos de pago que nos cuentan cuáles fueron los materiales empleados y a quiénes se los compraron: Manuel Martínez vendía los ladrillos; Bruno Alcarra proveyó la cal y “carretadas de lajones”. Sería el ferretero de la ciudad para la época.
Otro de los insumos adquiridos, tanto para el puente como para el empedrado eran “panelas”, se debe referir a pequeños adobes.
Dato interesante es el que nos trae un recibo relativo al pago de la “hechura de una cuchara y un martillo”, de donde se evidencia que para 1820 había por lo menos un herrero en la ciudad, que en otros documentos lo hemos visto como “maestro herrero Ignacio de León”.
De los documentos municipales se desprende que para el año de 1820 todavía no estaban concluidas la totalidad de las obras; o sea que, seguramente, Morillo no lo llegó a “inaugurar”.