¿En qué momento escuchar pasó a ser una amenaza para la serenidad individual?
Opinión.- Me inquieta la creciente popularidad de ciertas lecturas que, en nombre del autocuidado y la salud emocional, promueven una disolución progresiva del vínculo humano. Son discursos que invitan a centrarse en el propio bienestar incluso cuando el precio es cerrar canales de comunicación, reducir la implicación con los demás y convertir la distancia emocional en una virtud. La promesa es atractiva: menos conflicto, menos desgaste, más paz. Pero conviene preguntarse a qué precio.
Desentenderse de las emociones ajenas tiene sentido —y es necesario— cuando somos víctimas del chantaje emocional. En esos casos, poner límites es una forma legítima de protección. El problema aparece cuando esta lógica se generaliza y se convierte en una pauta vital: ignorar los sentimientos de quienes nos rodean, estén bien o mal expresados, no es defenderse: es insensibilidad, especialmente cuando son una reacción ante nuestras palabras, decisiones u omisiones. Es el inicio de una coraza que nos separa del otro y, con el tiempo, también de nosotros mismos.
¿Dónde quedan entonces el consuelo, la empatía, la comprensión? ¿En qué momento escuchar pasó a ser una amenaza para la serenidad individual?
Se habla mucho de autocuidado, pero muy poco de cuidado mutuo; se exaltan los límites, pero se olvida la reparación; se valora la retirada rápida, pero casi nunca la paciencia relacional, esa capacidad de permanecer, escuchar y sostener incluso cuando el vínculo incomoda.
La teoría del “let them” se apoya en una idea que, en apariencia, resulta razonable: distinguir aquello que está bajo nuestro control de aquello que escapa de nuestras manos. Nadie puede gobernar la conducta ajena, y aceptarlo forma parte de la madurez emocional. Sin embargo, el salto problemático se produce cuando esa distinción se convierte en una coartada para la retirada moral. No controlar no equivale a no responder. No dirigir al otro, no implica dejar de mirarlo.
Desde la ciencia, esta desconexión resulta difícil de sostener. Las neuronas espejo —identificadas por la neurociencia en los años noventa— muestran que el cerebro humano está diseñado para resonar con el de los demás. Se activan cuando realizamos una acción y también cuando vemos a otro hacerla, y desempeñan un papel clave en la empatía, la comprensión emocional y la vida social. Biológicamente, estamos hechos para interpretar al que tenemos al lado, para captar su estado emocional y responder a él. La indiferencia no es neutral: va contra nuestra propia arquitectura relacional.
Los fallos de este tipo de planteamientos se hacen visibles cuando se analizan con detenimiento. Primero, normalizan la inacción ante el daño: “déjalos” no distingue entre conductas inofensivas e injusticias reales. Segundo, erosionan la solidaridad, al reducir la vida ética a la gestión del bienestar individual. Tercero, confunden límites con desentendimiento, como si toda implicación fuera una forma de invasión. Cuarto, invisibilizan las asimetrías de poder, donde retirarse no siempre es una opción inocua. Y, finalmente, equiparan la paz emocional a bien supremo, incluso cuando entra en conflicto con la justicia, el cuidado o la responsabilidad compartida.
Cuando el ideal dominante deja de ser convivir mejor y pasa a ser sentir menos, algo esencial se pierde por el camino. Porque sin implicación no hay comunidad, y sin comunidad no hay cuidado posible. Tal vez convenga preguntarse si esta serenidad que se nos vende no se parece demasiado a una forma sofisticada de indiferencia, y si cultivar la indiferencia, aunque alivie, no nos empobrece profundamente, social y moralmente.
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