Hubo una época en que los micrófonos no se respondían con palabras raras ni discursos aburridos, sino con pura astucia criolla y refranes para salir del paso
Opinión.- El refrán en Venezuela no necesita mucha explicación: es el lenguaje de la calle, esa chispa que llevamos en la lengua para decir las cosas claritas y sin dar tanta vuelta ni andarse por las ramas. En esta tierra, un buen dicho sirve para todo: para dar un consejo sabio, para frenar a un desenfrenado, para salir de un apuro con risas o para avisar que la cosa viene fea. Es la manera en que le buscamos la vuelta a la vida poniéndole sazón, picardía y un muy buen humor.
¿Quién no ha dicho un “¡A ponerse las alpargatas, que lo que viene es joropo!” cuando sabe que el asunto se pone duro? ¿O el tajante “Tarde piaste, pajarito” para frenar en seco al que viene a hablar cuando ya no hay nada que hacer?
Si hay que andar con cuidado para no meterse en líos, soltamos que “no le jurungo el rabo a perro que no conozco”. Cuando dos que son iguales se critican entre sí, salta de una el criollísimo “cachicamo diciéndole a morrocoy conchudo”. Si alguien quiere aparentar lo que no es, le recordamos que “por más que se tongonee, siempre se le ve el bojote”. Para cuidar a los nuestros, decimos que “el que le pega a la familia se arruina”; si nos entra la pendejera o el apendejamiento, ya sabemos que “camarón que se duerme se lo lleva la corriente” y cuando a alguien le pica la lengua por meterse en algo, está claro que “el que quiere salir, se asoma”, o “el que quiera besar busca la boca”.
Hubo una época en que los micrófonos no se respondían con palabras raras ni discursos aburridos, sino con pura astucia criolla y refranes para salir del paso. Un mandatario que hizo de la sabiduría popular su mejor escudo político y que, en sus memorables encuentros de los lunes en la noche con la prensa, soltaba perlas inolvidables:
- “El que nace barrigón, ni que lo fajen chiquito”, para recordar que la esencia no cambia.
- “Cuando el cochino está gordo, hasta el rabo es chicharrón”, para explicar la abundancia y sus ventajas.
- “El mar es mar hasta la orilla”, marcando los límites claros de la paciencia.
- “Aprieta hermano, que pa’ bachaco chivo”, cuando la cosa se ponía apretada.
- “Morrocoy no sube palo ni guacharaca cardón”, para apelar a la lógica elemental.
- “Tenemos que oír crecer la grama”, su célebre recomendación de paciencia para escuchar el pulso del país antes de actuar.
En conclusión, los refranes son el alma de nuestra gente y la respuesta perfecta para lo que sea que nos pase. Así que la próxima vez que se te cruce un enredo, no te enrolles: mantén la boca cerrada para que no entren moscas, guarda un toronto en el bolsillo, ponte las alpargatas... ¡y a otra cosa, mariposa!
Mini-glosario de pistas (por si todavía no adivinas al personaje):
- Royetudo: término criollo para describir una figura bajita, gruesa y bien rellenita. Idéntico a la estampa de nuestro personaje.
- Toronto: Ese famoso bomboncito redondo que el exmandatario sacaba del bolsillo de su paltó para regalárselo al periodista más preguntón y así endulzar la pregunta incómoda.
- Sombrero de cogollo: El accesorio llanero infaltable con el que este abogado acarigüeño caminaba el país en campaña.
- Lunes de prensa: Aquellas famosas alocuciones y encuentros de los lunes en la noche donde los decretos y la política nacional se explicaban, en muchas ocasiones, entre refranes y ocurrencias. Pareciera tener uno para cada ocasión.
¿Qué tal? ¿Sabes de qué figura pública estamos hablando? ¿Te atreves a dejar en los comentarios de quién se trata o a compartir tu refrán venezolano favorito? Los leo.