Hoy vamos a poner —sí, poner, con todas sus letras— los puntos sobre las íes para desenmascarar esa manía de querer adornar el habla con palabras de más solo para impresionar
Opinión.- ¿Cuántas veces hemos escuchado en la mesa familiar, en un viaje de esos en los que uno va en la parte de atrás de un mototaxi, o en esa reunión de trabajo donde alguien quiere hacerse el fino, aquel grito de espanto: “¡No me digas poner!, ¡no soy gallina!, ¡dime colocar!”? Ese reclamo se lo escuché hace poco a un amigo justo cuando bajaba de una moto, y me hizo pensar en lo absurdo que es ese mito que se ha metido en nuestra habla cotidiana. Es una falsa elegancia que nos obliga a evitar un verbo que es nuestro, sencillo y trabajador.
Hoy vamos a poner —sí, poner, con todas sus letras— los puntos sobre las íes para desenmascarar esa manía de querer adornar el habla con palabras de más solo para impresionar. Es curioso, porque quienes tanto huyen de ser “gallinas” por decir poner, terminan siendo unos verdaderos “gallitos” de pelea cada vez que alguien se atreve a usar un lenguaje llano.
El verbo poner es un atleta. Tiene una fuerza que colocar —que es un verbo tieso, de oficina y sin alma— envidia en silencio. Mientras colocar apenas sirve para acomodar un libro en un estante, ponemos el alma en un reportaje, ponemos punto final a una duda, o ponemos en marcha un sueño.
¿Acaso alguien cree que al pedir que “pongan” algo sobre la mesa estamos en plena faena de corral? La comparación es tan descabellada que, lejos de ser seria, solo nos provoca una sonrisa de incredulidad. Por querer sonar “bonitos” nos estamos volviendo tiesos. Pedir que digan colocar en vez de poner es como querer ir a Patanemo con zapatos de tacon: incómodo, ridículo y, además, un fastidio para el que escucha.
Mis palabras para PONER a este ABC necesario son:
A de Autoridad: no hace falta irse tan lejos para validar nuestro uso del lenguaje. El mismo Andrés Bello, nuestro máximo referente y maestro de maestros, jamás habría puesto el grito en el cielo por un “poner”. Él, que entendía la lengua como una herramienta viva y no como una pieza de museo, siempre defendió la naturalidad por encima de todo. Si el propio Bello escribía con esa sencillez magistral, ¿quiénes somos nosotros para ponernos exquisitos?
La RAE también es clara: no hay jerarquía gramatical aquí. El que “pone” la mesa lo hace igual de bien que el que la “coloca”. La diferencia está en el gusto, no en la educación. Quien desprecia el poner confunde la sencillez con la falta de cultura.
La Academia no nos pide que “coloquemos” puntos; nos pide que los “pongamos”. ¡Hasta el maestro estaría de acuerdo!
D de Distorsión: este es el verdadero problema. Esa obsesión por evitar el poner es una distorsión del lenguaje, ya que cuando intentamos “adornar” nuestra habla con términos que creemos más elegantes, terminamos creando una pared entre nosotros. Suena falso, frío y, sobre todo, aburrido. Nos da miedo hablar como somos porque nos hemos metido en la cabeza que la sencillez es mala palabra. Es el síndrome del “hablar difícil” para parecer inteligentes; al final, el que mucho adorna, poco entiende.
M de Maestra: como bien aprendimos, el idioma es una herramienta para entendernos, no un uniforme de gala. La verdadera inteligencia no está en usar palabras complicadas para tapar que no tenemos nada que decir, sino en la precisión. No busquemos la palabra “linda”, sino la palabra que funciona. Y si poner es lo que va, pues se pone y punto.
O de Opinión: mi criterio es firme: si la palabra dice lo que tiene que decir, úsela sin miedo. Rechazar el poner es despreciar una de las piezas más nuestras y robustas de nuestro castellano. ¡Un poquito de sentido común, por favor!
Así que, la próxima vez que alguien, con la nariz un poco más arriba de lo normal, le corrija y le pida cambiar su poner por un colocar más “fino”, sonría con esa picardía de quien sabe cómo funciona el juego.
Mírele a los ojos y, sin perder la calma, dígale con toda la seguridad del mundo: “Póngalo ahí”. Al final, la vida es una moneda al aire: cara o cruz. Y en esta batalla por ser auténticos, yo me quedo con el verbo que mueve el mundo, el que sostiene la realidad con un simple golpe de voz.
¿Que no soy gallina? Pues no lo seré, pero pongo lo que tengo que poner para que este ABCDiario se lea con la fuerza de quien no tiene miedo a decir las cosas como son. Porque el idioma no es para lucirlo en vitrina; el idioma es para PONERLO a trabajar, sin adornos, sin complejos y, sobre todo, con la verdad por delante. Pongámonos las pilas y dejemos de complicarnos la vida con palabras prestadas o que quedan grandes por no ser su talla.
Hay muchas frases hechas, estados de ánimo o acciones de la vida diaria donde solo se usa “PONER”:
Estados de ánimo:
Dices “Me puse triste” .
No dices: “Me coloqué triste”.
Ropa y accesorios:
Dices “Me voy a poner una chaqueta”.
No dices: “Me voy a colocar una chaqueta”.
Televisión o música:
Dices “Pon la radio”.
No dices: “Coloca la radio”.
Nombres o apodos:
Dices “Le pusieron de nombre Carlos”.
No dices: “Le colocaron de nombre Carlos”.
¡Manos a la obra! Sigamos aprendiendo.