Arnaldo Rojas: Lágrimas vendidas para el viaje eterno
Opinión

Arnaldo Rojas: Lágrimas vendidas para el viaje eterno

La tradición de las plañidera se remonta al antiguo Egipto y Roma, según registros arqueológicos. Poco a poco esta costumbre se fue esparciendo por el mundo
8 de agosto de 2026
Opinión.- En los antiguos funerales, una escena muy frecuente era ver a varias mujeres vestidas de negro, con velos cubriendo su rostro, recostadas o rodeando el ataúd lamentando la partida de aquella persona. Nadie las conocía pero parecían ser muy cercanas al difunto; pero no era así.
 
Formaban parte de una tradición muy arraigada en nuestro país, el de las plañideras o lloronas, mujeres que vendían sus lágrimas y guiaban el duelo. Montaban escenas casi teatralizadas de desmayos, gritos o, simplemente, de sollozos. Se convirtieron poco a poco en una presentación muy puntual en los funerales de personas de clase media y alta.
 
Los familiares de los difuntos contrataban los servicios de las lloronas en varios casos, cuando el finado no tenía mucha familia, era un fallecido que nadie quería, o cuando el acto velatorio era casi solitario. Pero la tarea de las plañideras no se limitaba a llorar; ellas recibían información relevante sobre el difunto, ya que en ocasiones exclamaban las bondades y actos que habría hecho en vida. En algunas ocasiones tenían libertad de dramatizar y exagerar situaciones, desmayos y más; todo esto por un extra al precio acordado, del cual no había tarifa exacta de la que se tenga conocimiento.

La tradición de las plañidera se remonta al antiguo Egipto y Roma, según registros arqueológicos. Poco a poco esta costumbre se fue esparciendo por el mundo.
 
En Venezuela, particularmente en Caracas, algunas funerarias de renombre ofrecían el servicio de plañideras como parte de las exequias. Con el paso del tiempo, ya a mediados del siglo XX, dejaron de verse las lloronas en los velorios y surgieron otros rituales.

Lo más llamativo de este oficio es su formato: improvisación oral, rápida e ingeniosa, que recompone la vida del muerto para que la familia pueda despedirse en comunidad. Este lamento colectivo funcionaba como un mecanismo de catarsis.

La idea de pagar a alguien para que llore puede sonar cínica, pero en muchas sociedades, el llanto público no era solo emoción; era un ritual necesario para acompañar a los vivos y, en ciertos credos, para asegurar el tránsito del fallecido al más allá.
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VÍA Equipo de Redacción Notitarde
FUENTE Arnaldo Rojas