Estas enfermedades se pueden prevenir en un 80 % de los casos, adoptando estilos de vida saludables desde la infancia como mantener una alimentación saludable, realizar actividad física, no fumar, no consumir alcohol, asistir regularmente a control médico para detectar factores de riesgos que puedan ser modificables y evitar su aparición.
Durante la contingencia, es necesaria la vigilancia de estas enfermedades crónicas, ya que, al ocurrir la interrupción de los tratamientos, puede convertirse esto en una amenaza inmediata para la vida. La falta de acceso a medicamentos puede incrementar el riesgo de infarto de miocardio, arritmias, insuficiencia cardiaca aguda, accidentes cerebrovasculares, descompensaciones de la diabetes y respiratorias y del cáncer que sea tratado al momento.
Históricamente, las personas creen que por unos días no pasa nada si no toma su medicamento, o lo divide para que le dure más días (lo que reduce la efectividad), o abandono total al no disponer de opciones de reemplazo. Cuidar la salud de las personas después de un terremoto es asegurarnos de que los afectados reciban sus medicamentos, canalizados a través de equipos de salud debidamente identificados y coordinados para respetar los estándares internacionales: verificación de caducidad, revisar exposición al polvo o agua, mantener cadena de frío en caso de vacunas o de insulinas (usando cajas térmicas validadas con gel refrigerante) en zonas sin energía eléctrica, priorizando presentaciones en blíster y envases de plásticos para evitar rotura y contaminación, llevando registros, y dándole prioridad a la población vulnerable. La solidaridad debe continuar con las personas afectadas.
¡Dios nos acompaña!
Mirecly L. Guzmán Ramos.
Especialista en medicina interna y cardiología.
PhD en Ciencias Médicas.
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