Opinión.- El 24 de junio no solo nos arrebató el suelo, sino que nos dejó a la intemperie tras esos 39 segundos que separaron un sismo del otro, sumiéndonos en un miedo paralizante. Fue un selector arbitrario que perdonó maletas, dólares, prendas y frascos, mientras la vida se nos escapaba.
Mirar hacia atrás es enfrentar una verdad que desgarra; no podemos observar las ruinas como un simple cementerio de objetos inútiles, sino como el inventario sagrado de lo que fuimos. Es el recordatorio constante de que, en un abrir y cerrar de ojos, absolutamente nada de lo material nos pertenece realmente.
Si aún no ha tenido el valor de ver los videos que circulan, búsquelos. No por morbo, sino para entender nuestra capacidad de resistencia: la sonrisa invencible de Fabiana y la voz de Adriana bajo el concreto son testimonios vivos que transforman la tragedia en una lección de humanidad profunda.
Ante la desolación absoluta, brotó una chispa espiritual que nadie pudo apagar. Fuimos testigos de cómo, al desmoronarse el mundo, el alma humana resistió con una tenacidad feroz: desde el rescatista que, con ternura, elogiaba las uñas de una víctima, hasta el coro espontáneo que, al ritmo del “con mi Burrito Sabanero voy corriendo a Cota Mil, cálmate mi lesionado que ya vamos a llegar”, llevando un herido a cuestas, espantaba el miedo entre los escombros.
Es la convicción inquebrantable de que nunca estamos solos; en el vacío, dejamos de ser individuos aislados para convertirnos en un solo cuerpo que cuida, espera y reza al unísono.
La solidaridad que no entiende de fronteras
A de Acompañamiento: Himno de los rescatistas, cuando el concreto se quiebra la música es el puente que nos conecta a la vida.
B de Besos de lealtad: La labor incansable de Tsunami, el perro rescatista que marcó la ruta en la búsqueda, y el pequeño poodle que, tras ser salvado, agradeció con besos a su salvador. Gratitud que sobrevive al desastre.
C de Coraje con humor: Como el hermano que, rompiendo muros, gritaba a Adriana: “¡Tápate la cara, Adriana. ¿Me viste?”. Al escuchar un “sí”, él insistió con un amor visceral y desesperado: “¡Tápate la cara, mi amor. Yo sé lo que hago, coño, ¡no joda!”. Esa escena nos recordó que el venezolano no le pide permiso a la muerte, le discute con la fe de quien sabe que la vida es sagrada.
D de Dignidad y memoria: Al amanecer, entre los restos del edificio Coral Park, en La Guaira, un libro de novedades emergió de los escombros. Sus páginas, marcadas por la rutina de una mañana que prometía ser normal, consignaban un frío “S/N” junto a una lista de nombres que, minutos después, el sismo borraría.
R de Rescate... ¡y vanidad! Porque el venezolano no deja de ser venezolano ni bajo toneladas de escombros. Tras siete días atrapada, nuestra protagonista se negaba a salir porque “no estaba presentada” con su ropa de casa. Entre rescatistas que le prometían que nadie la estaba viendo y ella insistiendo en su pudor, se vivió una comedia de enredos real. Al final, entendió que el mejor accesorio para sobrevivir era la vida misma, aunque tocara salir con el pijama menos glamoroso de la historia.
S de Sonrisa: La de Fabiana, de 12 años, cuyo rostro inundó las redes. Inspirando retratos, su sonrisa es nuestro ícono de resistencia: la prueba de que, aun entre escombros, la esperanza es nuestra obra más duradera.
¿Qué viene después?
Tras el estruendo, llega el silencio pesado de la reconstrucción. El “después” no es solo levantar paredes o limpiar el polvo de las calles; es el compromiso innegociable de mantener esta solidaridad encendida cuando las cámaras se apaguen.
Recoger los vidrios es quizás la metáfora más honesta de nuestro presente; quedamos rotos, sí, pero nos toca reconstruir sobre este dolor, aferrados a la esperanza que se niega a morir. Hoy, agradecemos profundamente a quienes —desde rescatistas locales hasta la ayuda humanitaria— nos extendieron la mano; su entrega es el cimiento más noble sobre el que volveremos a empezar, con el alma en pie, mirando siempre hacia adelante. !Gracias totales!
Pero, la solidaridad no puede quedarse solo en palabras o en el recuerdo de lo que fuimos; debe transformarse en el motor de lo que seremos mañana. Conscientes de esta urgencia, Notitarde ha abierto sus puertas como centro de acopio.
Allí cada insumo entregado, cada gesto de apoyo y cada donativo se convierte en un ladrillo más para esta reconstrucción nacional. Colabora. Recuerda que la emergencia no termina cuando los rescatistas se van ni cuando el polvo se asienta. Vamos, tu apoyo es necesario.