El oficial Sánchez fue uno de los que Boves mandó a ejecutar junto con otros desdichados y fueron sacados de donde se encontraban y llevados a la Plaza Mayor (hoy Plaza Bolívar), donde procedieron a decapitarlos a todos
Opinión. - El día 24 de junio de 1821, a horas de media mañana, se encontraban los altos oficiales junto con el Libertador tomando una comida, que en aquellos tiempos llamaban el almuerzo, pero que hoy, por ser tan temprano en la mañana, llamaríamos el desayuno. En esa época, hace 200 años, se hacían dos comidas al día: el “almuerzo” a golpe de 10 u 11 de la mañana y “la comida” a eso de las 5 de la tarde.
Daniel Florencio O’Leary, como edecán del Libertador, se encontraba presente en ese almuerzo y en sus “Memorias” nos trae un pasaje sumamente interesante, casi que increíble: el caso de dos oficiales que literalmente escaparon de la muerte.
La primera situación ocurre en nuestra Valencia, en el año de 1814, recién tomada la ciudad por las hordas de la legión infernal de José Tomás Boves. Refiere O’Leary entre los prisioneros que cayeron en manos de Boves estaba un oficial, de apellido Sánchez, quien luego sería edecán general José Antonio Páez, ahora en 1821 con la jerarquía de teniente coronel.
El oficial Sánchez fue uno de los que Boves mandó a ejecutar junto con otros desdichados y fueron sacados de donde se encontraban y llevados a la Plaza Mayor (hoy Plaza Bolívar), donde procedieron a decapitarlos a todos. A Sánchez le dieron un machetazo “por el pescuezo” y lo dejaron tirado en el suelo.
En la noche, la desdichada esposa de Sánchez fue a recoger el cadáver de su marido para llevarlo a darle cristiana sepultura. Cuando lo lleva a su casa para prepararlo para la inhumación, Sánchez empieza a dar señales de vida.
Inmediatamente, la mujer sale a buscar un cura (lamentablemente no sabemos ni su nombre ni cuál era el templo en el que oficiaba).
Cuando el sacerdote revisa el cuerpo de Sánchez, se da cuenta de que la herida —pese a que es horrorosa— no es mortal.
Pero el terror que Boves había inspirado en los valencianos, con toda la masacre que estaba haciendo, impedía que algún médico o cualquier otra persona se atreviera a socorrer al infortunado Sánchez.
Ante esta situación, al cura no le quedó más remedio que, en la oscuridad de la noche, llevarse a rastras al oficial herido hasta la iglesia donde lo escondió debajo del altar.
Con los prudentes y discretos cuidados del cura y la esposa, Sánchez salvó su vida y se recuperó. El 24 de junio de 1821 se encontraba en la Batalla de Carabobo como edecán de Páez y saldría airoso de la batalla decisiva.
Otro caso que también reseña O’Leary es el del capitán Ibáñez, quien para junio de 1821 se desempeñaba como edecán del Libertador.
El año anterior, en 1820, en las inmediaciones de Ocaña, en la Nueva Granada, Ibáñez es hecho prisionero luego de un enfrentamiento con las tropas realistas.
Inmediatamente, el oficial del Rey ordena ejecutar al oficial, por lo que un pelotón de soldados proceden a fusilarlo a corta distancia. Ibáñez recibe un balazo en la cabeza y dos en la mano derecha, y cae desplomado al suelo.
Los soldados lo dan por muerto y lo despojan de todas sus ropas y de cualquier otro valor que tuviera encima.
Cuando los soldados realistas se encuentran haciendo el despojo, aparece una partida de soldados de Colombia que ponen en fuga a los del pelotón de fusilamiento.
Los patriotas cavan una fosa para enterrar al oficial, todo ensangrentado, lleno de quemaduras de la pólvora de los tiros y con tres agujeros.
Cuando, sin cuidado alguno, los soldados llevan colgado a Ibáñez para lanzarlo en la fosa, el hombre lanza su grito: !Ayyyyy! ¡Está vivo! ¡está vivo! gritan los soldados.
Lo llevan a retaguardia donde les son curadas sus terribles heridas. Le quedan unas horrorosas cicatrices, pero se recuperará completamente, y el 24 de junio de 1821 estará al lado del Libertador como su edecán en la batalla decisiva.