¿Quién no recuerda esa voz que se quebraba, que subía el volumen en el momento exacto y que nos obligaba a saltar del mueble o a soltar frenéticamente la bebida refrescante? Papaíto Candal no solo comentaba el juego; él orquestaba la intensidad. Su capacidad para identificar el instante preciso donde el corazón se detiene nos hacía cómplices de su propia desesperación frente al televisor.
El Mundial 2026 ya está a la vuelta de la esquina y, aunque las dimensiones del torneo prometen un despliegue de magnitudes nunca antes vistas —48 selecciones, 16 estadios y tres naciones trabajando al unísono—, hay una sensación inevitable en el aire. Nos falta la voz que nos enseñó que el fútbol no es solo un deporte, sino un melodrama vibrante que se narra con el alma.
En esta edición mundialista, el formato cambia y las distancias se alargan, por lo que quiero rescatar cuatro ejes fundamentales del legado de Papaíto que, hoy más que nunca, cobran vigencia.
Las palabras elegidas para este ABCDiario son:
- Angustia: Es esa tensión acumulada en los minutos finales, el silencio que precede al grito de gol. Papaíto nos enseñó que la angustia no es negativa; es el combustible del hincha. En un Mundial con más equipos, tendremos más partidos cerrados y definiciones agónicas. Ojalá, en cada rincón, alguien se atreviera a narrar con esa misma honestidad visceral.
- Emoción: Era su sello distintivo. A veces se le criticaba por ser demasiado apasionado, pero ¿acaso no es eso lo que buscamos? La emoción pura, sin filtros ni tecnicismos fríos. Recordar a Papaíto es entender que la técnica importa poco si no hay una emoción que la respalde. Él no narraba partidos; contagiaba una alegría que hacía que hasta el neófito se quedara pegado al televisor.
- Desesperación: "¡¿Qué angustia, qué emoción, qué desesperación?!". Esa tríada de palabras no era casual; era su resumen perfecto de la experiencia humana ante un balón que se niega a entrar. En este 2026, cuando veamos un delantero errar un gol cantado, es inevitable no imaginar su eco.
- Maestría: Su maestría residía en la capacidad de conectar. Papaíto entendía que la audiencia era su familia. Hablaba para el abuelo, para el niño y para el experto. En el periodismo moderno, donde a veces nos perdemos en el dato estadístico, su figura es un recordatorio de que la narrativa, la palabra bien dicha y el tono correcto son los ingredientes que hacen que una nota sea eterna.
La magia del fútbol derriba fronteras. En junio, el mundo se concentra en un balón, recordándonos que todos apostamos a un equipo diferente.
Mientras, nos preparamos para ver este torneo gigante. Nuestra invitación desde el ABCDiario es sencilla: vivamos el fútbol con la misma intensidad y honestidad con la que él nos narró los partidos. Aunque el Mundial tenga tres casas distintas, el espíritu —esa chispa que él encendió en millones de hogares venezolanos— sigue intacto.
Y aunque hoy nos hará falta su voz en la cabina, (su último partido narrado sucedió en 2006, hace 20 años), su legado late en cada gol que se grita en nuestras calles. ¡Papaíto, la emoción sigue siendo tuya! Y aunque busco tu voz en el eco de los estadios, la encuentro viva en nuestra memoria colectiva.
No era solo fútbol, ¡era la vida narrada a pulmón abierto! Por eso, hoy en el ABCDiario, nos ponemos la camiseta del recuerdo para entender que, aunque hoy no estés en la cabina, tu escuela de pasión vive en nosotros; y cada gol que se grite en este Mundial será, también, un homenaje a la alegría que nos enseñaste a vivir.
Dice un poema que lo leí en mi infancia y que yace inscrito en el paredón del cementerio de mi añorado pueblo, en Falcón, donde transcurrió mi infancia: "No son los muertos los que están en la cama fría, muertos son los que tienen el alma muerta y viven todavía.... Palabras más, palabras menos, de su autor: Antonio Muñoz Feijoo (1851-1890).
!Mientras haya recuerdos no existe el olvido!
Y ustedes, ¿qué palabra de Papaíto rescatarían para este Mundial que apenas comienza? Los leo.