Aricagua, el murmullo del fénix entre los riscos, no es solo un punto en el mapa de nuestros Andes; es un testamento de resistencia que se escribe con humo, tierra y memoria
Opinión.- Desde la mirada de la radiodifusión sonora que transmite, difunde, educa y enriquece, en este recorrido turístico, natural, cultural y patrimonial, hablaré del municipio Aricagua, estado Mérida y de algunos de sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, publicada en la Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).
Aricagua, el murmullo del fénix entre los riscos, no es solo un punto en el mapa de nuestros Andes; es un testamento de resistencia que se escribe con humo, tierra y memoria. Dicen los que saben de etimologías, como el maestro Tulio Febres Cordero, que su nombre ya es una promesa indígena, un eco de voces antiguas que se niegan a ser silenciadas por el paso de los siglos. Nacer de la lengua chibcha o del aliento de los mucu-nombres es, en sí mismo, un bautizo de identidad que nos define. Su historia es una danza entre la voluntad del hombre y el capricho del destino. Fundada bajo la mirada administrativa de la colonia, vio a sus hijos agrupados en Chaquentá, para luego desmembrarse y volver a nacer en 1810, justo cuando el continente despertaba al grito de la Independencia. Pero Aricagua no solo ha sobrevivido a los fusiles del general Zapata; ha sobrevivido a sí misma, a ese fuego implacable que en el siglo XIX intentó borrarla del mapa en dos ocasiones.
Hay algo profundamente romántico y humano en la figura del indígena Domingo López, quien a mediados de 1850, entre las cenizas de una parroquia que se creía perdida, decidió que el olvido no ganaría la batalla. Gracias a su voluntad, el pueblo volvió a brotar de la tierra quemada. Hoy, caminar por sus parajes es sentir ese abrazo de la arquitectura de montaña, donde cada piedra parece recordar que, aunque las llamas intenten devorar las estructuras, el alma de un pueblo que se reconoce en su patrimonio es, sencillamente, incombustible.
El eco de las montañas, cuando el pueblo se hizo ejército, pero el patrimonio de Aricagua y los Pueblos del Sur no solo reside en sus muros, sino en el carácter indómito de su gente. La memoria colectiva aún guarda el eco de la "Guerra de Useche", un capítulo donde la paz de los páramos fue interrumpida por el estruendo de la invasión. En 1921, bajo la sombra de la dictadura gomecista, cincuenta hombres intentaron imponer un cambio que solo era de nombres, pero que trajo consigo el dolor del asedio y la herida abierta por el asesinato de don Fernando Sánchez Mora. Lo que los invasores no previeron fue que el miedo, en estas tierras de neblina, suele transformarse en coraje. Fue entonces cuando emergió la figura de don Eugenio Mora Molina, el prefecto que no necesitó de grandes rangos militares para convocar al alma de su pueblo. No fueron soldados de oficio, sino trescientos hombres y mujeres, hijos de la labranza y el frío, quienes decidieron que el honor de sus familias no tenía precio.
A orillas del Mucuchachí, donde el agua corre cristalina y ajena a los conflictos humanos, el destino se decidió en un parpadeo. Cinco minutos bastaron para que la montaña dictara su sentencia. Fue un enfrentamiento rápido y violento que nos dejó el amargo saldo de la caída de don Etanislao Mora, pero que consagró para siempre la valentía de un pueblo que, unido, supo defender su derecho a la tranquilidad. Es este coraje civil, esta lealtad a la tierra y a los suyos, lo que constituye el patrimonio más sagrado de los pueblos sureños: la certeza de que su libertad nace y se defiende en la cumbre de sus propios cerros.
Pero Aricagua es también el hilo invisible que nos une a los primeros dueños de estos valles. En la mirada de su gente y en la destreza de sus manos, aún habitan los Giros y los Aricaguas; esos grupos de estirpe Jirahara y Timote que entendieron, mucho antes que nosotros, que la verdadera riqueza brota de la tierra. Para ellos, la agricultura no era solo sustento, sino un pacto sagrado que dio estabilidad a pueblos como Chacantá y Mucuchachí. El maíz era su oro, y su cerámica, fina y pulida, el espejo de una cultura que sabía encontrar belleza en el barro.
Ese patrimonio no se quedó atrapado en vasijas de museo; hoy sobrevive en el humo y en el sabor. En las riberas del río Caparo, la herencia indígena se hace banquete con el Coporo. Es un ritual de paciencia y fuego: envolver el pez en hojas de bijao o banano, confiarlo al calor de las piedras en un hueco excavado en la misma tierra y dejar que la fogata haga su magia durante horas. Cuando el coporo se desenvuelve, humeante y tierno, acompañado de yuca y tostones, lo que se comparte en la mesa no es solo una comida. Es la historia misma de Aricagua que se degusta; es el triunfo de la tradición sobre el olvido y la prueba de que, mientras haya alguien que encienda un fogón a la orilla del río, el alma de nuestros ancestros seguirá alimentando nuestro presente. ¡Visitemos, preservemos, salvaguardemos/salvaguardiemos los elementos naturales, culturales y patrimoniales del municipio Aricagua!
Por Danfny Velásquez