En estos días, el Sumo pontífice mantendrá el tradicional Vía Crucis en el Coliseo de Roma y retomará la celebración de la Misa del Jueves Santo en la basílica de San Juan de Letrán, su catedral como Obispo de Roma. El Santo Padre recupera así una práctica distinta a la de su predecesor, Francisco, quien prefería celebrarla en cárceles o centros de acogida de inmigrantes.
El Papa participó en la procesión desde el obelisco central de la plaza vaticana hasta el altar, acompañado por cardenales, obispos y cientos de sacerdotes que concelebraron la Eucaristía junto a religiosos y miles de fieles, portando ramos de olivo y palmas.
Como en años anteriores, las palmas y ramas de olivo fueron ofrecidas al Vaticano por entidades italianas, mientras que las denominadas “palmas fénix”, de mayor tamaño y sin trenzar, fueron donadas por el Camino Neocatecumenal.
A ellas se sumaron los tradicionales palmurelli, pequeñas palmas trenzadas artesanalmente, que muchos fieles llevaron consigo. Al inicio de la celebración, el Papa procedió a su bendición.
Jesús, caricia para la humanidad
En su homilía, el Pontífice meditó sobre el camino de Jesús hacia la Cruz, subrayando que Dios “se ofrece como una caricia para la humanidad, mientras los otros empuñan espadas y palos”.
“Jesús, que se presenta como Rey de la paz, mientras a su alrededor se prepara la guerra. Él, que permanece firme en la mansedumbre, mientras los demás se agitan en la violencia”, aseveró.
El Papa evocó también el episodio evangélico en el que Simón Pedro desenvaina la espada para defender a Jesús e hiere al siervo del sumo sacerdote, subrayando que “Él lo detiene de inmediato diciendo: “Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere””.
En ese contexto, insistió en la incompatibilidad entre fe y violencia: “Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: “Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!””, afirmó, citando al profeta Isaías.
Ante la Curia vaticana, el Papa profundizó en la imagen de Cristo como siervo sufriente que “mientras cargaba con nuestros sufrimientos y era traspasado por nuestras culpas”, Él “se humillaba”. “Ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca”, aseveró citando de nuevo al profeta Isaías que anunció la venida de Jesús con gran detalle cientos de años antes de su nacimiento.
“No se armó, no se defendió, no libró ninguna guerra"
“No se armó, no se defendió, no libró ninguna guerra. Mostró el rostro manso de Dios, que siempre rechaza la violencia y, en lugar de salvarse a sí mismo, se dejó clavar en la cruz, para abrazar todas las cruces erigidas en todos los tiempos y lugares de la historia de la humanidad”, añadió León XIV.
El Pontífice afirmó además que, al contemplar a Cristo crucificado, “vemos a los crucificados de la humanidad”.
En sus llagas, dijo, “vemos las heridas de tantos hombres y mujeres de hoy”. “Escuchamos el llanto de quienes están abatidos, de quienes carecen de esperanza, de quienes están enfermos, de quienes están solos. Y, sobre todo, escuchamos el gemido de dolor de cada uno de los que están oprimidos por la violencia y de cada víctima de la guerra”.
En una ceremonia solemne, rodeado de ramos de olivo y palmas, el Papa anticipó así el eje central de su mensaje para esta Semana Santa: la paz. “¡Dios es amor! ¡Tengan piedad! ¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!”, exclamó.
En su homilía, el Pontífice citó también al obispo italiano Antonio Bello (1935-1993), conocido como el “obispo de los últimos” por su compromiso con los pobres, la justicia social y el pacifismo. Mons. Bello, reconocido como Venerable en 2021 por el Papa Francisco, presidió Pax Christi Italia y protagonizó una histórica marcha por la paz en Sarajevo en 1991, en plena guerra de los Balcanes.