Tras llegar en helicóptero desde Roma, el pontífice fue recibido por el príncipe Alberto II de Mónaco y su esposa, la princesa Charlene, en el helipuerto de Montecarlo bajo un sol radiante.
Poco después de su llegada al pequeño principado en la Riviera francesa, León condenó lo que describió como las crecientes “brechas entre los pobres y los ricos”.
En un discurso en francés desde el balcón del Palacio del Príncipe, el papa estadounidense denunció “configuraciones injustas de poder, estructuras de pecado que abren abismos entre pobres y ricos, entre privilegiados y excluidos, entre amigos y enemigos”.
Añadió que la riqueza debe estar al servicio de “la ley y la justicia, especialmente en un momento histórico en el que las demostraciones de fuerza y la lógica de la omnipotencia hieren al mundo y ponen en peligro la paz”, en una clara referencia al aumento de conflictos a nivel global.
Las campanas sonaron en todo el principado para marcar la llegada de León XIV a este microestado enclavado en el Mediterráneo entre Francia e Italia.
Numerosos residentes se congregaron frente al palacio, muchos con banderas rojas y blancas del principado y amarillas y blancas del Vaticano.
A lo largo del recorrido del papamóvil por la Rue Grimaldi, una de las principales arterias, los comerciantes decoraron sus escaparates con los colores de ambos Estados para la ocasión.
Desde el palacio, el Papa se dirigió a la catedral de la Inmaculada Concepción para reunirse con la comunidad católica, y posteriormente a la plaza frente a la iglesia de Sainte-Dévote, dedicada a la patrona de Mónaco.
En las calles del diminuto Estado, carteles con la imagen del pontífice contrastaban con los coches deportivos de lujo y las multitudes de turistas.
El punto culminante de la visita será una misa al aire libre en el estadio Louis II, a la que se espera que asistan 15.000 personas.