Para este joven, el propósito sigue siendo claro: mantener a salvo a su hija, el legado de una madre luchadora y el reflejo de un país que, incluso en sus mayores crisis, se niega a rendirse
Carabobo.- El 24 de junio, tras una larga jornada, Adonias regresó a su casa a las cinco de la tarde. Ese día, a diferencia de su rutina habitual, llegó una hora antes debido al feriado por la Batalla de Carabobo; la mayoría de las personas descansaban en sus hogares y el tráfico fluía con una tranquilidad inusual, en comparación con los días laborables.
En la vivienda lo esperaban su abuelo materno, su tío, dos de sus hijos, su madre —a quien él mismo definía como “su todo en la vida”— y Camila Díaz, la pequeña que se convertiría en su única hija sobreviviente. Eran pasadas las seis de la tarde en el conjunto residencial Oda 2 de La Guaira cuando Adonias sintió un extraño movimiento en el suelo del apartamento siete, donde residían todos juntos. De pronto, “todo se desplomó, se quedó en oscuridad y llegó el infierno”.
A continuación, comenzaría lo que Díaz califica como “su peor pesadilla, una que no le desea ni a su peor enemigo”. De inmediato quedó en shock y comenzó a gritar desesperadamente, sin lograr comprender la situación. Momentos antes del colapso, según explicó Adonias, tomó a Camila —a quien tenía más cerca— y la abrazó con todas sus fuerzas para protegerla de cualquier escombro que pudiera caerle encima.
“Al momento entendí que todo se había desplomado, que un terremoto nos había caído encima pero, pese a que lo entendía, no podía asimilarlo porque se trataba de mi madre, de mis hijos, de mi familia... de quienes estábamos allí adentro. No podía asimilarlo”, declaró.
Mientras continuaba atrapado entre los pedazos de lo que había sido el hogar que lo vio crecer —ese espacio que una vez le dio seguridad, lo cobijó y donde guardaba tantos recuerdos—, sintió intensas ganas de rendirse.
“A cada momento sentía que quería tirar la toalla, me quería rendir porque no aguantaba la tragedia. Escuchaba los llamados de mi madre dándole golpes a la pared desde el otro lado”, explicó. “Quería dejarlo todo, mano, pero no podía”.
Adonias confiesa que, antes de la tragedia, no era una persona de fe, no asistía a ninguna iglesia ni practicaba religión alguna. Sin embargo, todo cambió cuando, minutos después del colapso, escuchó los gritos de un vecino que “alababa a Dios o le pedía auxilio por aquel desastre”. En ese instante se encendió en el joven lo que él mismo describió como una “llama” para continuar.
“Chamo, te juro que podía escuchar a Dios hablándome al oído, me decía que no me rindiera. Pensé que si habíamos quedado con vida mi pequeña y yo era por algo, porque el Espíritu Santo tenía un propósito para nosotros”, expresó.
Además de aquel llamado espiritual, fueron también los tosidos de la pequeña Camila los que lo hicieron reaccionar y comprender que debía vivir por ella, pues era él quien quedaba para cuidarla.
“Como mi hija tiene una condición especial, no podía dejarla sola. Si yo moría, eso iba a significar un gran sufrimiento para ella. Ella me necesita y yo no podía morir, no mientras ella estuviese viva”. Fue entonces cuando, utilizando un trozo de la chancleta con la que había quedado al momento de ser sepultado, comenzó a abanicar a su hija para darle aire y mantenerla con vida.
Esta víctima del desastre de La Guaira detalló que esas quince horas parecieron días enteros para él: “De verdad que siento pesar por aquella gente que continúa atrapada allá; si para mí fue una eternidad, no quiero imaginarme lo que es para aquellos que llevan días en esos lugares”.
Una luz de esperanza
Habían pasado varias horas y Adonias se encontraba intermitentemente inconsciente cuando, de pronto, un rayo de luz se filtró entre los escombros e impactó directo en su frente. Justo en ese momento supo que había esperanza, ya que significaba que la superficie no estaba tan lejos. Lo que ignoraba es que aún tenía los escombros de siete pisos por encima de él.
Para cuando comenzó a escuchar los gritos de las personas que escarbaban para llegar a ellos, los golpes con los que su madre daba señales de vida ya habían cesado. Él continuó gritando hasta que por fin logró entender lo que le comunicaban desde el exterior:
—Dinos tu nombre, necesitamos saber tu nombre.
Luego de identificarse, los rescatistas prosiguieron con las labores, pero ocurrió lo inesperado: una fuerte explosión arropó el entorno y las llamas comenzaron a propagarse en medio de la oscuridad. El combustible de los vehículos o las bombonas de gas de los apartamentos estallaron, provocando que la tierra cediera aún más. El trozo de lo que había sido el techo de su habitación cayó hasta quedar a escasos 10 centímetros de su rostro.
En ese instante, los socorristas, que hasta entonces habían trabajado para recuperarlo, tuvieron que huir del fuego y del caos generalizado. Entre los llantos de su hija, Adonias gritaba desesperado por su vida y la de Camila:
—¡Hermano! ¿Me van a dejar morir? Regresen, por favor, estoy con mi hija, rogaba. Sin embargo, la respuesta que recibía era desalentadora: no podían regresar debido a la intensidad del fuego.
Fue entonces cuando llegaron los bomberos y lograron sofocar el incendio. “Fue cuestión de unas tres horas más para que terminaran de sacarnos”.
Cuando los cuerpos de seguridad —el Cicpc, la Guardia Nacional y la Policía Bolivariana— finalmente lograron rescatar al joven ayudante de panadería y a su hija, los trasladaron de inmediato a un centro asistencial.
“Cuando estuve en el hospital intentaron separarme de mi niña. Querían llevársela para Vargas porque ella estaba mejor de salud que yo, y a mí tenían que hacerme unos exámenes en el Seguro Social de La Guaira”.
Pese al intento del personal médico, Adonias se opuso firmemente a la separación, logrando pasar el resto de las horas juntos mientras recibían atención y finalmente les daban el alta para trasladarse a la casa de su hermana en Guacara.
Hasta el momento, los cuerpos de su madre, su tío, su abuelo y sus otros dos hijos no han sido recuperados, por lo que la familia permanece a la espera del llamado oficial para retirar los restos de sus seres queridos.
Desde aquel 24 de junio, la life de Adonias, de los guairenses y de todos los venezolanos cambió por completo. Dejó un saldo de hogares perdidos, amistades truncadas y vidas enteras devastadas que ahora intentan salir adelante. Pero, para este joven, el propósito sigue siendo claro: mantener a salvo a su hija, el legado de una madre luchadora y el reflejo de un país que, incluso en sus mayores crisis, se niega a rendirse.