Unas trescientas casas resultaron destruidas o dañadas y unos dos mil damnificados
Sucesos.- Por aquí ya están cayendo las primeras lluvias. Esto nos hace recordar un suceso de hace sesenta años: el desastre de Taborda de 1966. Fue el viernes 9 de diciembre. Una pertinaz lluvia apenas impidió a la gente salir de sus hogares sin que se pudiera intuir mayor cosa.
La populosa barriada de Taborda, a orillas de la nueva autopista Valencia/Puerto Cabello, había ido creciendo durante cuarenta años a orillas del río Aguas Calientes, tomando paulatinamente sus orillas con casitas o ranchos improvisados que, con el tiempo, se habían ido fomentando hasta convertirse en viviendas más o menos formales.
A eso de las ocho de la noche cuando el agua caída en las cabeceras del río se desató hacia el sur. Con un estruendo horroroso, los habitantes de Taborda vieron cómo las aguas embravecidas y cargadas de rocas y desechos vegetales arrasaban con todo su pueblo.
La gente, llena de pavor, salía de sus casas desesperada buscando refugio en sitios más altos o seguros. Una veintena de víctimas se registraron; entre los muertos que se encontraron sus cadáveres y cerca de una decena de personas que no descubrió jamás y que se presume fueron llevadas por las aguas embravecidas hasta los confines del mar.
Unas trescientas casas resultaron destruidas o dañadas, y unos dos mil damnificados. En la madrugada —apenas al conocerse la tragedia— las autoridades civiles y militares de la ciudad y del estado se apresuraron a prestar el auxilio a las víctimas y damnificados. La radio dejó de transmitir la programación ordinaria intercalando la música clásica con las noticias del suceso y mensajes de ayuda. Pero la lluvia no cesaba.
Empezaron a llegar auxilios de los estados vecinos. El presidente Raúl Leoni que, circunstancialmente se encontraba en Maracay, envió a su ministro de Obras Públicas Leopoldo Figarela para dirigir las operaciones en Puerto Cabello, mientras los damnificados eran alojados, temporalmente, en el Grupo Escolar Juan José Flores.
Al día siguiente, sábado, salió a ratos el sol, pero al caer la noche las lluvias regresaron todavía con más intensidad. Entonces les tocó su turno destructor a los ríos Alpargatón, Canoabito, Goaiguaza, Morón, Sanchón, San Esteban y Urama, que se arremetieron contra los poblados de sus riberas.
En total, el número de damnificados ascendió a unos cinco mil; setecientas casas destruidas o dañadas y, centenares de hectáreas de sembradíos arrasadas, con graves problemas económicos, sanitarios y personales, con los que cerró Puerto Cabello aquel año.