Era una jornada para compartir entre amigos, música criolla, terneras, cervezas frías y chicas bonitas. Entre otras cosas se elegiría “la Reina del Liquiliqui” y tomarían la tarima para cantar conocidos cantautores criollos y también aficionados de la ciudad. El único requisito para interpretar un número musical era vestir el tradicional liquiliqui de nuestros llanos.
Transcurrió la mañana y buena parte de la tarde sin novedad. El público disfrutaba del evento y las coplas el contrapunteo deleitaban a los asistentes, casi todos los caballeros de liquiliqui y algunas chicas también lucían sus bien contorneadas piernas con liquiliquis de minifalda.
Un amigo de Roberto, Eddy Toro (nombre ficticio) tenía planeado cantar en el evento. Se presentó al Círculo Militar de jean y camisa y cuando Roberto lo vio, le dijo:
-Compadre así usted no puede cantar. No voy a hacer una excepción contigo. Ve a tu casa a ponerte tu liquiliqui.
El otro, que quizás ya tenía algunos tragos encima le respondió:
-Compadre no me eche esa vaina, yo no voy a ir a mi casa ahora. Quiero cantar así, déjeme subir.
-No compadre o se busca su liquiliqui o no canta.
En eso estuvieron discutiendo un rato, hasta que molesto Eddy se retiró del evento. La fiesta siguió con normalidad, y nadie imaginaba siquiera la tragedia que estaba a punto de ocurrir.
Eddy se fue a su casa sumamente molesto y allí su padre le preguntó qué pasaba. Cuando el hombre se enteró de la situación, le dijo al muchacho: -Tómate un palo para que te pase la rabia, pero no seas pendejo, no dejes esa vaina así. Cóbrale esa a Roberto por abusador. Y padre e hijo siguieron tomando licor por varias horas.
Mientras tanto, en el Club Militar, se eligió a la reina del evento, entre varias lindas chicas todas en liquiliqui e intervinieron numerosos cantantes con conjunto de arpa, cuatro y maracas.
A eso de las cuatro de la mañana, ya el evento estaba concluido. Roberto tomó su volkswagen y se dirigió hacia su casa en San José, pero al llegar a la redoma de Guaparo, sorpresivamente, fue interceptado por un vehículo conducido por Toro, quien lo chocó y se le atravesó. Roberto se bajó a reclamarle a su amigo, pero éste se bajó pistola en mano, lo empujó y lo golpeó y le metió el cañón en la boca.
-Ese insulto que me hiciste me lo vas a pagar c#&*?$!
-Compadre no me vaya a matar¡ Los testigos le escucharon gritar a Roberto. Pero Toro le descargó varios tiros al hombre del liquiliqui, quien cayó muerto al piso.
Rápidamente Toro fue detenido por funcionarios de la PTJ de Las Acacias y a los pocos días el tribunal correspondiente le dictó auto de detención. Pero a medida que pasaba el tiempo y se movía el dinero y las influencias las distintas instancias judiciales iban moviendo los vericuetos legales y lo que originalmente se tipificó como un homicidio calificado, es decir, la modalidad más grave de homicidio, lo fueron “maquillando” y a los pocos años Eddy Toro recobró su libertad. Un crimen que en un lugar donde se apliquen la ley y la justicia se pagaría con unos treinta años de presidio y hasta cadena perpetua donde la hay. Pero en nuestro país la justicia siempre ha sido así.