Patrimonio Cultural de Venezuela: Carora, crónica de la fe que fundó un pueblo
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Patrimonio Cultural de Venezuela: Carora, crónica de la fe que fundó un pueblo

Hay un hilo invisible que une los silencios de Carora, una costura de fe que amarra un templo con el otro bajo el mismo sol de justicia
29 de marzo de 2026
País.- Desde la mirada de la radiodifusión sonora que transmite, difunde, educa y enriquece, en este recorrido turístico, natural, cultural y patrimonial, hablaré de Carora, municipio Torres, estado Lara y de algunos de sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, publicada en la Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Hoy, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).

Hay un hilo invisible que une los silencios de Carora, una costura de fe que amarra un templo con el otro bajo el mismo sol de justicia. Hablar del patrimonio en el Municipio Torres es adentrarse en un diálogo de siglos, donde la majestuosidad de la Catedral y la resistencia de las ruinas no son historias separadas, sino dos actos de una misma obra de amor por nuestra tierra.


No se puede entender el alma de nuestra ciudad sin volver la mirada hacia 1567, el año en que el barro se hizo hogar. Allí, en la esquina sureste de nuestra Plaza Bolívar, nació la Catedral San Juan Bautista, un templo que en sus inicios fue tan frágil como la paja de su techo, pero tan firme como la esperanza de sus fundadores. Fue aquel ruego de trescientos pesos enviado al cabildo en 1589 lo que transformó lo rudimentario en la solidez de la tapia, la piedra y la cal. Bajo la mirada de obispos como Fray Mauro de Tovar y el incansable Mariano Martí, San Juan se erigió no solo como casa de Dios, sino como el primer paso de una Carora que reclamaba su lugar en la eternidad.

Pero si la Catedral es nuestra columna vertebral, las Ruinas de la Iglesia de la Divina Pastora son el testimonio de nuestra piel herida pero invicta. En el corazón de Barrio Nuevo, allí donde el Río Morere se abraza a la Plaza Freites como quien busca reclamar su espacio en el tiempo, se alza un frontispicio que desafía la corriente. Nacida de una amorosa desobediencia popular en el siglo XVIII, esta capilla prefirió el dulce nombre de la Pastora antes que los fríos decretos oficiales. A pesar de los saqueos de 1820 y de las furiosas crecidas que en 1916 despojaron al templo de sus naves, su fachada de mampostería sigue en pie, recordándonos que el patrimonio no es lo que el agua se lleva, sino la luz que permanece tras la tormenta.

La memoria de este templo nos traslada a la Carora de 1776, cuando los pasos del Obispo Mariano Martí dejaron huella en estas tierras. Cuentan las crónicas que, al encontrar la antigua capilla en condiciones que herían la solemnidad del culto, el prelado impuso su voluntad y sus recursos para levantar un templo digno del cielo. Fue gracias al desprendimiento de Pedro Regalado Riera que, para 1778, la obra se vio culminada. Sin embargo, lo que la piedra unió, el hombre lo puso en disputa: un conflicto de advocaciones entre comunidades vecinas La Cañada y El Calvario, por el nombre de la Santa Cruz obligó a una resolución episcopal. Pero en el Barrio Nuevo, el fervor popular tiene sus propias leyes; Ignorando la ordenanza oficial de 1787, los vecinos decidieron, en un acto de amorosa desobediencia, que su casa de oración llevaría por siempre el dulce nombre de la Divina Pastora.

Pero la historia de la Divina Pastora no solo se escribió con oraciones, sino también con el estruendo de la guerra y el rugido de la naturaleza. En 1820, cuando los vientos de la independencia aún soplaban con fuerza, el templo sufrió el ultraje del saqueo por las tropas españolas, un destino que compartió con su hermano, el templo de San Dionisio. Años más tarde, en 1903, estas mismas naves sirvieron de refugio provisional para la fe, custodiando la parroquia mientras el homónimo templo caroreño sanaba sus propias heridas. No obstante, el mayor desafío no vendría de la mano del hombre, sino del agua: en 1916, el Río Morere, ese vecino impetuoso, reclamó con una crecida devastadora el cuerpo de la capilla. Fue entonces cuando el templo se despojó de sus muros laterales para dejarnos, como una herencia innegociable, su imponente fachada principal.

Hoy, lo que queda de aquel refugio de fe es un frontispicio que se levanta con la dignidad de los siglos. Su fachada de mampostería, dividida en dos cuerpos que parecen buscar el cielo caroreño, nos muestra la nobleza de la piedra y el ladrillo que resistieron las inundaciones de 1933 y 1973. Aunque el tiempo ha ido lavando los pañetes de cal y arena, dejando al descubierto la piel mineral de sus muros, aún podemos admirar ese arco de medio punto y su óculo superior, como un ojo eterno que vigila el Solar de los Freitez. Esta ruina no es un final, sino un icono vivo para el Barrio Nuevo; una referencia obligada donde el pasado se hace presente y donde el río, por más que crezca, nunca podrá ahogar la memoria de un pueblo que se reconoce en su propia historia. ¡Visitemos, preservemos, salvaguardemos/salvaguardiemos los elementos naturales, culturales y patrimoniales del municipio Torres, estado Lara!   
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VÍA Equipo de Redacción Notitarde
FUENTE Danfny Velásquez