Escribir sobre nuestro patrimonio no es simplemente un inventario, es más bien, un acto de fe, un intento romántico de recuperar el eco de las voces que se quedaron prendidas en los zaguanes
País.- Desde la mirada de la radiodifusión sonora que transmite, difunde, educa y enriquece, en este recorrido turístico, natural, cultural y patrimonial, hablaré del municipio Simón Planas, estado Lara y de algunos de sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, publicada en la Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Hoy, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).
Escribir sobre nuestro patrimonio no es simplemente un inventario, es más bien, un acto de fe, un intento romántico de recuperar el eco de las voces que se quedaron prendidas en los zaguanes. Hoy, al detener la mirada en el horizonte de nuestra historia, no vemos solo ruinas o monumentos, sino el rastro de una identidad que se niega a desvanecerse, como un aroma a café antiguo que todavía flota, terco y dulce, en el aire de la mañana.
Hablar de Sarare, la capital es invocar el bautismo de un río que, en lengua antigua, arrastraba el secreto de las nutrias o el vuelo menudo de la palomita maraquera. En aquellos tiempos de colonia, cuando el pueblo era apenas un puñado de sueños levantados en palma y bahareque, la vida llegaba al ritmo pausado de los arreos de burros que traían desde Quíbor el sustento y la noticia. Aquella vereda de tierra, única vena que conectaba el aislamiento con la esperanza, vio nacer el coraje en El Chorrito y Las Vueltas, donde el fuego y el agua jugaron a ser destinos, obligando a los abuelos a mudar sus querencias. Hoy, aunque el progreso de bloque y cemento haya silenciado muchas de aquellas paredes de tierra, el espíritu de sus veintiocho caseríos sigue labrando la tierra con la misma fe, guardando en cada rincón agrícola el latido de un pasado que se niega a ser solo una fecha en el calendario.
Sobre una loma donde el aire parece detenerse a rezar, las Ruinas de Buría se levantan como un esqueleto de fe que se niega a doblar las rodillas. Allí, donde Fray Marcelino sembró la primera semilla misional y Fray Javier de la Higuera dirigió el paso de los indígenas Adaguas desde Cubiro, el Templo de Nuestra Señora del Carmen fue una vez un refugio de tapia, madera cepillada y tejas que daban sombra al alma. De aquel esplendor del siglo XVIII, nacido del esfuerzo de capuchinos andaluces, hoy solo nos quedan los muros heridos y el eco de unas columnas que aún sostienen el cielo de la sacristía. Pero el suelo de Buría es generoso en su nostalgia; entre la maleza, los fragmentos de ladrillos y baldosas de barro cocido son reliquias que susurran la existencia de arcos y ventanales, trozos de una historia que fue moldeada con la misma tierra que hoy los cobija. Declaradas Monumento Histórico, estas ruinas no son soledad; son el testimonio sagrado de que, aunque el tiempo derrumbe las paredes, la esencia de un pueblo permanece grabada en la piel de sus escombros.
Al norte, El Calvario se alza como el guardián silencioso de Sarare., es un cerro de hierbas humildes y brisa tropical que guarda el secreto de aquel peregrino anónimo que, en el amanecer de 1900, clavó tres cruces de madera para marcar el destino de un pueblo. Aquel caserío de 1942, nacido del mismo barro y palma que sus fundadores moldearon con sus manos, encontró en esta altura su brújula espiritual. Hoy, las escaleras nos conducen hacia un rito que el tiempo no ha podido marchar, cada tres de mayo, el velorio de la cruz transforma el cerro en un altar de flores y velas, donde la luz de la fe compite con las estrellas. Es el paso obligado de quienes buscan el frescor de Las Mayitas, pero es, sobre todo, el lugar donde el habitante de Sarare se detiene a respirar su propia historia, reafirmando que el patrimonio no es solo lo que queda en pie, sino lo que celebramos con el alma encendida.
El patrimonio del municipio Simón Planas, se alza con la fuerza de los Morros del Torrellero, esos gigantes de piedra caliza que emergen desde Gamelotal como testigo en el tiempo inmemorial. Allí, donde la montaña se eleva casi cien metros para tocar el azul, el aire se vuelve fresco y la vegetación se torna un abrazo de fronda y aves que custodian el paisaje. Es un refugio de paz donde las rocas, hendidas por los siglos, ofrecen hoy sus grietas como asideros para quienes desafían las alturas en un baile de adrenalina y viento. Turistas de todas las latitudes llegan a este altar de piedra, no solo por la aventura del rapel o la escalada, sino por esa tranquilidad profunda que solo emana de lo eterno. Torrellero nos recuerda que la tierra misma es nuestra herencia más antigua, un monumento natural que, junto al sudor del hombre y la fe de sus templos, termina de bordear este traje de identidad que llamamos patria. Es la magia de este oficio, hurgar entre los escombros y los vestigios con la mirada del poeta para encontrar, entre el polvo y la piedra, la seda y el encaje de nuestra identidad. ¡Visitemos, preservemos, salvaguardemos/salvaguardiemos los elementos naturales, culturales y patrimoniales del municipio Simón Planas, estado Lara!