Todos conocemos la última “revolución” del siglo XIX, la famosa “Restauradora” de Cipriano Castro, de 1899
Opinión.- En la violenta historia política venezolana, los caudillos y sus seguidores acostumbraban ponerles a sus movimientos nombres que las identificaran, bien con denominaciones de tratamientos médicos, reparaciones o arreglos, o de los meses en que se iniciaban, algún color, etc. Todos conocemos la última “revolución” del siglo XIX, la famosa “Restauradora” de Cipriano Castro, de 1899. A este movimiento se le llamó “Restauradora” o “Liberal Restauradora” porque su bandera era restaurar el orden legal infringido por Joaquín Crespo cuando, por medio de un fraude electoral, desconoció el triunfo de José Manuel “El Mocho” Hernández para imponer a su lugarteniente José Ignacio Andrade.
Pero esta no fue la primera revolución conocida como “Restauradora”. Cincuenta años antes, en 1849, otro movimiento político armado también fue llamado por sus protagonistas “Revolución Restauradora”, aunque en este primer caso, era de los conservadores y fracasó.
En 1848, había ocurrido un atentado en contra del orden constitucional cuando el Congreso Nacional se preparaba para decidir sobre el enjuiciamiento del presidente José Tadeo Monagas. Para evitar el enjuiciamiento, los partidarios de Monagas tomaron por asalto el Congreso y hasta mataron a algunos diputados, lo que originó un primer alzamiento de Páez, quien, desde los llanos, trató de derrocar a Monagas pero, careciendo de pertrechos, apoyo y fuerzas, tuvo que retirarse a las Antillas.
Pero Páez insiste e invade nuevamente a mediados de 1849, desembarcando por Coro. Es a este movimiento al que varios historiadores llamaron “Revolución Restauradora”.
El primero en utilizar el término es el propio Páez, cuando en su autobiografía dice:
“En 1849, trece provincias de las quince que formaban la República, me invitaron a desembarcar en Venezuela para dirigir las operaciones del plan de restauración, combinado por los patriotas que se hallaban al frente del movimiento, asegurándome que tan pronto como se diera el grito en cualquier punto de la República, todos los pueblos lo repetirían con entusiasmo”.
Por su parte, José Gil Fortoul en su Historia Constitucional señala:
“Fué lo de Caracas el principio de la revolución que se llamó Restauradora. Pronúncianse á un tiempo pueblos de Barlovento, del Tuy y de los llanos del Guárico... El 2 de julio desembarca Páez en La Vela, y el 20 se mueve por la costa hacia Puerto Cabello, acompañado de unos 600 hombres. Va a ser más desgraciado todavía que en el año anterior… pero sus antiguos partidarios lo ven pasar indiferentes, y los generales del Gobierno lo atajan, lo persiguen y al fin lo acorralan”.
Por otro lado, el Gral. León de Febres Cordero publica un folleto en 1850 titulado “Manifiesto en que se vindica a la División Restauradora que a las órdenes del ciudadano esclarecido abrió la campaña en 1849”. Allí se hace un pormenorizado recuento de las operaciones de las fuerzas de Páez, a las que en todo momento llama “la División Restauradora”.
Así, por ejemplo, escribe:
“El valor y la osadía de la división restauradora estaban comprobados; pero no había ni cooperación popular, ni fuerzas auxiliares á las cuales pudiera reunirse”.
“Reducidos a prisión todos los individuos de la tropa restauradora hasta que fueron distribuidos, como antes dije, arrebataron á los asistentes los equipajes de los jefes y oficiales.”
Pero como dijo Gil Fortoul, en esta oportunidad le fue peor a Páez. Sin apoyo popular no pudo contra la superioridad del Gobierno de Monagas. El 15 de agosto de 1849 Páez, totalmente rodeado, firmó una capitulación “honrosa” en el caserío de Macapo, cerca de Valencia. Pero sus enemigos violaron las disposiciones de la capitulación, apresaron a Páez y a los suyos, lo humillaron paseándolo por Valencia amarrado y le apersogaron grillos en sus tobillos. Luego lo encerraron en las mazmorras del Castillo de San Antonio de Cumaná hasta que lo expulsaron del país hacia Nueva York.
Aunque las dos “Restauradoras” tuvieron finales distintos, sus caudillos sí tuvieron un ocaso semejante.