Opinión.- Hoy como nunca, para nuestro país, la clase trabajadora representa el verdadero gentilicio venezolano. El pilar donde se asienta uno de los sectores más importantes para la reactivación económica y productiva del país.
Como buenos venezolanos y adecos, promotores de la lucha y la estabilidad sindical en el país, sabemos de las penurias de la clase trabajadora, del aguante y de los sueños que no se rinden; hacemos un alto en nuestro quehacer diario, para conmemorar el Día del Trabajador.
Este día no es solo una efeméride: es el reconocimiento de cada alba, de cada jornada, de cada oficio que sostiene a nuestras familias y mantiene viva la esperanza en nuestros barrios, en nuestras fábricas, en los campos y en los oficios que tantos menosprecian pero que son columna vertebral de Venezuela. Somos hijos de la clase campesina y trabajadora de este país.
A la clase trabajadora venezolana le reconocemos su valor incansable. Ustedes, o digamos mejor nosotros, nos levantamos cuando la noche termina y estamos ahí cuando otros descansan; con manos curtidas y mirada clara transformamos materias en bienes, problemas en soluciones, escasez en ingenio. El esfuerzo de la clase trabajadora no es esfuerzo invisible: es la sangre que corre por las venas de este país. No permitamos que nos roben la dignidad ni la memoria de lo que hemos construido con sacrificio, durante tantos años. La Tripartita, la CTV, las organizaciones sindicales de base y los gremios nacieron en democracia.
Las expectativas que hoy guardamos no son vanas: son metas a alcanzar con disciplina y solidaridad. Esperamos justicia salarial y social, condiciones de trabajo seguras, respeto por la organización colectiva y políticas públicas que reconozcan el valor del trabajo. Sueldos, jubilaciones y pensiones no solo responsables, sino reales ¡Regreso a las contrataciones colectivas!
Mientras esas expectativas se concretan, no renunciemos a las pequeñas victorias diarias: aprender algo nuevo, enseñar a un compañero, mejorar un proceso, organizar una junta, ayudar al prójimo, ser buenos ciudadanos. Cada paso cuenta y suma. Somos arquitectos de nuestro propio destino, y la construcción comienza en la acción positiva, multiplicadora y cotidiana.
Venezuela no se rindió en estos 26 años, de dura persecución sindical por pensar distinto. Ahora, es diferente, vienen tiempos nuevos, ya la semilla está sembrada y vamos pa’lante pues. Ya este país no volverá a ser el mismo de estos últimos años.
La fe y esperanza no es un lujo: es una herramienta práctica de resiliencia. Esperar con fe no es quedarse quieto; es planificar, formarse, conectarse. Es levantar la mirada y ver oportunidades donde otros ven obstáculos. Si hace falta crear, hagámoslo. Si hace falta reivindicar un sindicato, hagámoslo. Si hace falta educar a nuestros hijos en el valor del trabajo honesto, hagámoslo. La fe y la esperanza se alimenta con trabajo organizado, con solidaridad entre gremios, con redes vecinales que protegen a los más vulnerables, con ganas de avanzar a las metas permanentemente.
No olvidemos el slogan de siempre “en la unión está la fuerza. Somos más fuertes cuando nos juntamos, nos escuchamos, cuando cruzamos barreras entre oficios y regiones, cuando la mano del campesino se estrecha con la del obrero y la del trabajador de la salud. La unidad no borra diferencias: las dignifica y las convierte en pluralidad de soluciones. Construyamos espacios de diálogo real, de disentimiento respetuoso, donde las ideas de todos sumen y donde las decisiones se tomen con responsabilidad compartida. Dejemos atrás el odio y las divisiones. Todos tenemos algo bueno que dar por esta amadísima tierra. ¡Vivan los trabajadores venezolanos!
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