La guerra fue corta, pero intensa. Se combatió casi todos los días, especialmente en los estados centrales del país, pero el ejército nacional era muy superior y muy bien equipado y fue venciendo poco a poco a los valerosos insurgente
Opinión. - En 1897 se produce el gigantesco fraude electoral en el cual el gobierno de Joaquín Crespo impone su candidato Ignacio Andrade, quien era acusado de colombiano, sobre el verdadero ganador de las elecciones, José Manuel “El Mocho” Hernández.
Luego de una corta temporada en prisión, El Mocho Hernández es liberado y, decidido a hacer respetar la voluntad popular, se traslada a Valencia hasta la Hacienda Queipa, en las afueras de nuestra ciudad, cercana a la sierra de Carabobo, que era propiedad de Evaristo Lima, y allí se declara en guerra contra el fraudulento gobierno.
Innumerables hombres reconocidos, especialmente en Carabobo y Cojedes, estaban entre los alzados; se recuerdan nombres como Ortega, Lima, Barreto, López, Tirado, Conde, Loreto y tantos otros hombres de trabajo y de pelea que sería imposible nombrar. Se envían postas a toda la sierra y los llanos cercanos. Espontáneamente, los caudillos locales se ponen bajo las órdenes del general Hernández, unos con 50 hombres, otros con 80, cien, doscientos. Viejos fusiles, machetes y hasta lanzas componen el heterogéneo y escaso armamento del entusiasta ejército revolucionario.
El 2 de marzo se publica la “Proclama de Queipa”, que Salvador Lima hace imprimir en Valencia y se envía a toda la república. Entre otras cosas dice: “El país que ha dado tantos hijos ilustres a la tierra americana no puede consentir en caer bajo la férula del extranjero, afiliado al partido de los despotismos tradicionales de Venezuela. Sería una ignominia”. Y más adelante: “El gobierno de Crespo…ha comprometido las rentas futuras del país, esquilmando el tesoro con escandalosas exacciones; ha recrudecido la miseria de las clases laboriosas, creado la holgazanería por la avaricia de instintos mercantiles y prácticas torcidas” … Cualquier semejanza con otros tiempos es mera coincidencia.
La guerra fue corta, pero intensa. Se combatió casi todos los días, especialmente en los estados centrales del país, pero el ejército nacional era muy superior y muy bien equipado y fue venciendo poco a poco a los valerosos insurgentes. Los dos generales estaban al frente de sus ejércitos, el Mocho frente a los alzados y el general Joaquín Crespo, ahora expresidente, pero jefe del ejército y quien mandaba el país en realidad. El 15 de abril de 1898, en un hato del estado Cojedes conocido como El Carmelero, se registró un primer combate en el que resultaron vencedores los nacionalistas comandados por Hernández y derrotados los liberales comandados por un coronel de apellido Maduro. Al día siguiente, esto es el 16 de abril, desde tempranas horas de la mañana se escuchaban disparos de las tropas de los dos ejércitos. El general Crespo, desde su mula, observaba el campo y las posiciones enemigas y organizaba sus tropas para el ataque. En lo alto de los árboles, de las “matas” o bosquecillos del terreno, el general nacionalista Luis Loreto ha ubicado “cazadores”, que sería lo que hoy llamamos francotiradores, esperando el ataque de las tropas del gobierno. El general en jefe Joaquín Crespo luce un gran sombrero blanco, de Panamá, y una especie de ruana o manta blanca también. Es un hombre alto y fornido. Muy valiente, que no se amilana con el fuego de fusilería que se escucha a lo lejos. Ordena que le ensillen su brioso corcel llamado “Gato andaluz”. La blanca manta ondea como una bandera. A lo lejos, uno de los “cazadores” nacionalistas montados en lo alto de un samán divisa al hombre de la manta blanca en su brioso corcel. No sabe quién será su blanco, pero debe ser un jefe, por lo impresionante de su caballo y lo vistoso de sus ropas, se dice a sí mismo.
Apunta el Winchester, contiene la respiración y aprieta el gatillo en el preciso instante en que el hombre de la manta blanca se monta en su caballo. El enorme proyectil de calibre 44 impacta de lleno en el pecho del general en jefe Joaquín Crespo, último gran jefe liberal amarillo, lo bandea y sale por la espalda, a la altura del omóplato. Crespo muere instantáneamente. Un tiro ha dado un giro extraordinario al destino de Venezuela.