La crisis de los servicios públicos es cada vez mayor, y en especial de la luz eléctrica, que ya ni por cortesía nos enteramos de sus cortes eléctricos, sino ocurren de manera intempestiva.
Opinión. - Parece ya una película de terror, lo que a diario padecemos los que habitamos esta hermosa tierra llamada Venezuela. La crisis de los servicios públicos es cada vez mayor, y en especial de la luz eléctrica, que ya ni por cortesía nos enteramos de sus cortes eléctricos planificados como parte de la estrategia del razonamiento eléctrico, sino por el contrario, ocurren de manera intempestiva.
La fragilidad crónica de los servicios públicos en Venezuela es más que un problema técnico: es una herida abierta que desangra la economía y la vida cotidiana, que atenta ya no solo con la paz económica, sino también con la paz mental. Entre todos los males, el servicio eléctrico emerge como el termómetro y el acelerador del colapso: cortes recurrentes, plantas paralizadas, redes sin mantenimiento y una dependencia asfixiante de soluciones improvisadas (generadores, diésel, y destrezas domésticas). Mejorarlo no es un lujo técnico sino una condición para la reconstrucción nacional. Urge un plan de emergencia nacional, pero no para racionalizar, para curar este boquete en la vida nacional.
¿Por dónde empezar para decisiones prontas y respuestas inmediatas? Ya tenemos absolutamente claro el diagnóstico. Sabemos lo que está pasando y ha pasado con el sistema eléctrico nacional.
Y tal como lo estamos haciendo con el sector petrolero e hidrocarburos, minero, también se requiere revisar la industria eléctrica nacional. No somos expertos en la materia, pero actuamos como ciudadanos agobiados por los cortes diarios de luz.
Se requiere de un nuevo modelo de inversión y modelo de gestión: público-privado con reglas claras. Abrir concesiones y contratos de operación por zonas a empresas nacionales e internacionales bajo cláusulas de rendimiento y sanciones. La privatización total no es necesaria; sí lo es un modelo mixto que atraiga capital y tecnología. Incentivos fiscales y mecanismos de garantía para inversiones privadas, además de apertura a financiamiento multilateral condicionada a reformas técnicas y de gobernanza.
Necesitamos además la diversificación de la matriz de producción eléctrica y despliegue rápido de energías renovables. Ciertamente recuperar operatividad hidro-térmica y termoeléctrica del país, pero simultáneamente lanzar proyectos solares y microredes en zonas rurales y hospitales. Las renovables permiten despliegues rápidos y descentralizados, reducen pérdidas y dependencia de generación centralizada. Ya nosotros hemos hablado de proyectos como el de “Ciudades Inteligentes” para resolver éste y los otros problemas que causa la superpoblación.
También capital humano y gestión de crisis con programas de capacitación técnica y retención de personal; protocolos de respuesta ante fallos y mantenimiento de infraestructuras críticas (hospitales, agua, comunicaciones). Buena parte de nuestro recurso humano está en la diáspora que hemos vivido en los últimos años producto de la excesiva ideologización y politización de una empresa tan importante para el país como Corpoelec, que terminó en este desastre después de vestirse también de “rojo rojito”.
Como lo señalamos arriba, estos cortes de luz tienen repercusiones en el aparato productivo nacional, vital este para la recuperación y estabilización económica. Hay que recuperar la productividad: empresas manufactureras, agroindustria y servicios pueden volver a operar con horarios estables, reduciendo costos por generadores y pérdidas por paros. Esto eleva competitividad y reduce precios internos.
Un sistema eléctrico confiable es requisito básico para inversión nacional y extranjera; mejora la percepción de riesgo país y facilitar el acceso a financiamiento.
Si hay luz estable, hay inversión y crecimiento económico. Al haber eso, hay empleos estables, salarios y pensiones dignas. Asimismo, pudiéramos fácilmente referirnos a áreas como la salud y la educación no ajenas a este mal.
La electricidad no es un problema técnico aislado: es la columna vertebral de cualquier plan de reactivación. Las decisiones claves son claras y técnicamente conocidas —auditoría, mantenimiento, diversificación, modelos de gestión y reformas regulatorias—; lo que ha faltado ha sido voluntad política sostenida, transparencia y arreglos institucionales que atraigan inversión. Comenzar por esas medidas hoy equivale a devolver previsibilidad básica a la vida económica y social del país.
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