Opinión

Ricardo Gil Otaiza: A la nada que es el cielo

A la nada que es cielo, y supliquemos de rodillas por otro minuto, y que se nos otorgue un sueño más por cumplir, empero se nos da un espacio y un tiempo y en esas coordenadas nos movemos
6 de abril de 2026
Opinión.- “Como moscas para los muchachos traviesos somos para los dioses”, William Shakespeare, El rey Lear. Este cuento ya está escrito antes de haber sido escrito —porque es la vida la que toma lápiz y papel y la que en sus jugarretas inesperadas y muchas veces siniestras nos asalta sin previo aviso y nos mueve en su sinuoso tablero y hace de nosotros piezas de un perverso juego en el que nada tenemos qué decir aunque digamos muchas cosas y gritemos a todo pulmón que somos dueños de nuestro destino, que tenemos el poder de decisión, que somos autónomos —con aquello que de manera rimbombante solemos llamar libre albedrío— pero nos equivocamos y erramos a cada instante y nos convertimos en presas de designios invisibles que no nos piden permiso para actuar y revertir nuestro sino, es decir, aquello que desde la razón organizamos con mucha ilusión para que en nuestros días, meses y años venideros estemos contentos y felices ya salvo, aunque se nos olvide que estamos flotando en el universo sobre un pequeño planeta que, al parecer, es el único con vida en nuestra galaxia, y esto no es casual, ni aleatorio ni un tema de azares, porque hay inasibles y dioses que nos mueven a su antojo que nos miran de reojo y de soslayo y deciden, sin más, cuándo intervenir y cuándo estropear los sueños y los planos y, querámoslo o no, es imposible sortear su poder e inmanencia que con el correr del tiempo nos dobla la espalda y hace que caminemos encorvados y mustios invadidos por los recuerdos y atados a un pasado que solo está en nuestra memoria y que no podemos modificar por más que nos empeñemos y lloremos y Gritemos.

A la nada que es cielo, y supliquemos de rodillas por otro minuto, y que se nos otorgue un sueño más por cumplir, empero se nos da un espacio y un tiempo y en esas coordenadas nos movemos, ignorantes y desaprensivos, pero siempre con la certeza del día que vendrá, como del trabajo pendiente o del libro por leer, o del texto por terminar o del trabajo por concluir, o de la familia que nos espera para compartir el pan y en eso está nuestro personaje mientras se encuentra en la parada de los autobuses, a la espera de uno de su ruta y pronto la guagua se asoma en el horizonte y él se alegra porque podrá llegar temprano a casa para arreglar algunos asuntos pendientes; entonces el bus se detiene frente a él y abre sus puertas y se monta y observa que hay un puesto libre justamente pegado a la puerta posterior en donde quien esto cuenta está sentado y el hombre se apoltrona en él sin mirarme, porque está absorto en sus asuntos pensando, quizás, en la suerte que ha tenido al montarse sin mucha espera en el bus. 

Y de pronto su mente viaja hasta su casa en la que están su mujer y su pequeño hijo y piensa que ya es la hora de la cena y se regocija ya que llegará un tiempo para sentarse con ellos y no dejarlos solos, como casi todos los días, al quedarse hasta muy tarde en su trabajo y que, cuando llega, el niño ya está en su cama durmiendo pero, en ese instante se siente dichoso, y no lo sé por su rostro, porque no me volteé a mirarlo cuando se sentó a mi lado, sino porque en ese preciso segundo escuché algo así como un suspiro y deduje que era de satisfacción de haber encontrado un puesto vacío, a pesar de la hora y el no tener así que viajar de pie con la incomodidad que todo ello implica, como el ir agarrado de los pasamanos, así como el mecerse luego de cada giro en las rotondas, o el chocar con otros cuando el chofer frena de golpe por algún imprevisto y —que yo recuerde— era un hombre joven de unos 45 años vestido con franela deportiva y una gorra y unos pantalones holgados, y eso es lo que apenas evoco de lo que pude ver de reojo y lo que me permitió atisbar el ángulo de cruce de la vista entre él y la fila opuesta de asientos. 

Y de pronto me metí en mis pensamientos y el bus avanzó por la ruta de siempre y me abstraje del momento pero, en realidad, ya no sé en qué pensaba, a lo mejor en libros o en relatos o en mis próximas columnas de la prensa pero, de vez en cuando por cualquier cambio de postura corporal, bajaba de las nebulosas al retornarme la punzada de dolor habitual de mi eterna lumbalgia, y me fastidiaba y me decía que tenía que ir al médico, pero me desanimaba porque lo más seguro es que me recetara paracetamol —y para eso iba y lo buscaba sin cita ni receta en la farmacia; o tal vez el ibuprofeno, que es más fuerte y desinflama— y en esos pensamientos posiblemente andaba cuando se encendió el ruidoso letrero de solicitud de una parada y, a los dos o tres minutos, el bus se desvió ligeramente a la derecha y se detuvo frente a un monte, pero ya la noche se instalaba con sus sombras y fue entonces cuando el hombre que estaba a mi lado se levantó y desandó el corto trecho que había entre el asiento y la puerta trasera y salió, y yo miraba la escena. porque estaba frente a mis ojos y, en el instante mismo en el que puso sus pies en la tierra y sin que nada lo previera, pasó un motociclista por la derecha ya toda velocidad se estrelló contra él y se lo llevó por delante.

Entonces la máquina y los dos ocupantes y el hombre dieron un giro en el aire y cayeron con estrépito sobre la tierra, y grité de horror, y me llevé las manos al rostro, y me levanté de mi asiento y dije a gritos a todos los pasajeros ¡lo mataron!, ¡lo mataron!, ¡lo mataron! ¡No puede ser tan mala pata!, mientras que el hombre ensangrentado yacía tirado en la tierra y uno de los ocupantes de la motocicleta —o el piloto o el acompañante— se levanta renqueando completamente aturdido y devastado pero, a todas esas, el chofer del autobús salió y contempló la escena como quien le grita al infinito, oa la nada que es el cielo, oa la vastedad oceánica del universo que no sea verdad lo que ve, que lo está soñando, que pronto despierte de esa pesadilla que arruina su vida y la de otros, y que alguien lo zarandee y le diga que esto es irreal, que todo va bien y la vida sigue su cauce, pero lo zarandearon y no despertó —porque no era un sueño, sino la brutal realidad—, y pude advertir, entonces, por las sirenas y el bululú,que ya llegaba al sitio una ambulancia para recoger a los heridos o —quizás— a los difuntos.

rigilo99@gmail.com
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VÍA Equipo de Redacción Notitarde
FUENTE Ricardo Gil Otaiza