Opinión

La buena mesa

En los tiempos que corren, tener algo que llevarse a la boca es algo digno de ser celebrado
31 de marzo de 2026
Opinión.- Acabo de concederme el capricho de comprar dos conejos cerámicos para la mesa del Día de Pascua.

Este gesto, que forma parte de ciertas frivolidades que en general evito, no es más que una de las formas en que puede manifestarse mi pasión por las mesas bellamente decoradas.

Y es que en verdad, en los tiempos que corren, tener algo que llevarse a la boca es algo digno de ser celebrado. Da igual que sea un humilde pedazo de pan lo que uno va a consumir, pero presentarlo dignamente es una forma de reconocer el privilegio que uno tiene y de hacer una ocasión de disfrute de lo que es una mera necesidad fisiológica.

Cuando acudimos a la mesa agradecidos, disfrutamos no solo con nuestros sentidos, agasajados por los aromas y sabores, sino también con nuestro corazón, en particular si gozamos de la compañía de otras personas.

Una buena mesa no es aquella cubierta de viandas a menudo elaboradas a partir de prácticas que violan la más elemental compasión, de alimentos y bebidas que con frecuencia nos intoxican. Esas satisfacciones son, después de todo, pasajeras. La más bendecida de las mesas es aquella en que hay ocasión de compartir lo mucho o poco que haya con nuestros seres queridos, una suerte de la que no siempre somos conscientes, y que normalmente damos por garantizada.

En cuanto a la etiqueta: ciertas reglas, en apariencia rígidas, no son más que medidas elementales para no incomodar a quienes comen con nosotros. Observar estas normas es simplemente una forma más de hacer grato el momento para quienes nos rodean y expresión de nuestro afán por servir.
Crecí escuchando que “en la misa y en la mesa se conocen los modales” y, si bien es verdad que, tradicionalmente, el comportamiento en la mesa ha sido un índice de la buena educación de una persona, también es verdad que no es preciso saberse de memoria el manual de Emily Post: basta con apelar al sentido común y a la consideración hacia los otros comensales para salir bien parado.

Volviendo a mi pasión por las mesas bellas: decía Víctor Hugo que no sería inteligente el odio al lujo, porque implicaría el odio a las artes. Ello aplicaría, en la mesa, no solo a las más finas porcelanas, sino también al valor de un cesto único hecho por las humildes manos de un artesano. Disfruto mucho de la combinación de texturas y colores, de las formas de cada pieza, aunque siempre he pensado que mi afán por poner la mesa es una especie de mecanismo compensatorio que procura suplir el hecho de que no soy una buena cocinera.

Connotamos, a través de ciertas manifestaciones externas, que unos días son diferentes de otros. Y allí está lo celebrativo: en el plato que no se prepara más que en ciertas ocasiones, en la forma en que nos vestimos, o en la manera de poner la mesa. Si bien todo esto no es esencial, puede constituir un acto de servicio que haga más grato el momento para todos. No hace falta tener muchas cosas: basta con que se presenten de forma diferente. Basta con el espíritu con el que nos aproximamos a la mesa.

En verdad, comer es un privilegio, y comer en familia es un privilegio aún mayor. Eso es algo que sabemos bien los venezolanos, que estamos diseminados por doquier y que no siempre tenemos oportunidad de estar con nuestros seres queridos.

Voy a perdonarme, pues, la banalidad de haber comprado los conejos cerámicos, y voy a esforzarme en hacer de mi almuerzo pascual, anticipado y a destiempo, un momento agradable, antes de que mis hijos vuelvan a dispersarse por el mundo.
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VÍA Equipo de Redacción Notitarde
FUENTE Editoría de Notitarde