La polarización se convirtió en un negocio para los extremos, urge la imperiosa e histórica oportunidad para desmontarla y transitar el verdadero camino de la paz, la convivencia civil y democrática
Opinión.- La polarización se convirtió en un negocio para los extremos, urge la imperiosa e histórica oportunidad para desmontarla y transitar el verdadero camino de la paz, la convivencia civil y democrática.
La polarización venezolana es el resultado de procesos históricos acumulativos, no es nuevo en escena, ha cursado desde la estratificación colonial, caudillismo, rentismo petrolero, debilidad institucional y políticas contemporáneas de confrontación. Conocerla es imprescindible para entenderla, y desmontarla exige una estrategia integral que combine reformas institucionales, inclusión social, diálogo político creíble, transformación del ecosistema mediático y procesos de justicia y memoria. Solo abordando simultáneamente estructuras materiales y construcciones simbólicas será posible reducir la hostilidad política y restituir la convivencia democrática.
La polarización venezolana debe entenderse como un proceso histórico multifacético, con raíces profundas en la estructura social, política y económica heredada de la colonia española y que se ha transformado por episodios republicanos, caudillistas, reformas y rupturas contemporáneas. La polarización no es solo la existencia de posiciones opuestas, sino la cristalización de identidades políticas antagónicas que se traducen en exclusión social, erosión de instituciones, violencia psicológica, material y violaciones de los derechos humanos.
Durante la colonia se estableció una jerarquía social rígida basada en la diferenciación étnica y económica: españoles peninsulares, criollos, mestizos, indígenas y esclavos africanos. Esta estratificación produjo divisiones de intereses que se proyectaron en disputas por tierras, acceso al comercio y representación política, esta última por la lucha entre españoles criollos y peninsulares por el control político y administrativo de Venezuela. Luego, la independencia agudizó antagonismos: criollos emancipadores ( traidores a la corona) frente a lealtades monárquicas; además, las campañas militares y la economía de la guerra consolidaron liderazgos militares (caudillos) cuya legitimidad se sustentaba en el culto al liderazgo personal y el control territorial, sembrando una cultura política de lealtades personalistas que favorece la polarización. Costumbres que han trasmutado hasta nuestros tiempos.
Luego vino el siglo XIX, el cual estuvo marcado por guerras civiles, fraccionamiento regional y débiles instituciones republicanas. El caudillismo fragmentó el espacio político: los líderes locales consolidaron clientelas y redes de patronazgo, lo que alimentó rivalidades permanentes. Las élites económicas y políticas competían por la renta pública y el control de los recursos, mientras que amplios sectores populares quedaban fuera de la participación política formal, alimentando resentimientos y legitimando reclamos por vías extrainstitucionales.
La masiva transformación económica, derivada del auge petrolero desde la década de 1920, reconfiguró la estructura social. El Estado rentista centralizó recursos, generando dependencias y expectativas clientelares. El proceso de modernización promovió alfabetización y urbanización, ampliando la demanda por derechos sociales, lo que cristalizó en conflictos entre sectores conservadores y fuerzas emergentes de corte reformista o populista. Las dictaduras y la democracia representativa alternaron, pero persistieron exclusiones. La polarización se “democratiza” en la medida en que los sectores populares adquieren mayor protagonismo electoral, pero sin la consiguiente consolidad institucional que medie los conflictos.
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