Hablar claro es un acto político. Informar bien es un acto de justicia. Y reconocer que las personas con VIH pueden vivir, amar, trabajar y soñar como cualquiera, es simplemente reconocer su humanidad
Opinión.- El hecho de estar vinculada a Acción Triángulo, una organización que bajo la conducción de Gerjo Pérez Meliá ha sido un refugio para los venezolanos en Madrid, me ha permitido participar en la producción de la campaña “Más que un diagnóstico”, una iniciativa subvencionada por el Ministerio de Sanidad español destinada a combatir el estigma hacia las personas que viven con VIH.
La campaña recoge testimonios de personas que contrajeron el virus (entre ellos varios venezolanos) que hoy llevan vidas no solamente normales, sino también exitosas, convirtiéndose en referentes en sus respectivos campos profesionales.
Esta experiencia me ha llevado a reflexionar sobre lo que supone el VIH hoy en día a partir de la ciencia, los derechos y la humanidad. Sin embargo, el estigma sigue más vivo que el virus cuando no está tratado. Por eso es necesario repetir, con claridad y sin miedo, cuatro verdades fundamentales.
La primera es que el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) y el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA) no son lo mismo. El VIH es el virus; el SIDA es la fase más avanzada de la infección cuando no existe tratamiento y el sistema inmunológico está gravemente dañado.
Gracias a la terapia antirretroviral moderna, millones de personas viven con VIH sin desarrollar SIDA y con una esperanza de vida similar a la población general. Confundir ambos términos perpetúa el miedo de los años 80 y desconoce los avances científicos alcanzados por instituciones como la Organización Mundial de la Salud y Onusida.
Hoy, un diagnóstico de VIH no es una sentencia de muerte. Es una condición crónica tratable.
La segunda es que Indetectable = Intransmisible. Uno de los avances más importantes en salud pública es haber verificado que si una persona con VIH sigue su tratamiento y mantiene una carga viral indetectable, no transmite el virus.
No es una opinión. Es evidencia científica sólida respaldada por múltiples estudios internacionales. Este mensaje no solo salva vidas; salva autoestima, relaciones y proyectos de vida.
Negar esta realidad es negar la ciencia. Difundirla es combatir el estigma.
Todo ello nos lleva a una tercera conclusión, que es la importancia de los tratamientos. Los antirretrovirales no solo protegen a la persona que vive con VIH: también protegen a la comunidad. Permiten que el sistema inmunológico se mantenga fuerte, reducen complicaciones y evitan la progresión hacia el SIDA.
Finalmente, reducir el VIH a “conductas irresponsables” es una narrativa simplista y dañina. Si bien la transmisión sexual es una vía frecuente de contagio, también existen otras formas: transmisión perinatal, uso compartido de agujas sin esterilización, exposición ocupacional en entornos sanitarios, entre otras.
Pero incluso cuando la transmisión es sexual, culpar no previene: educar sí. El verdadero problema ya no es el virus; es el prejuicio. Y ese sí se combate con educación, empatía y responsabilidad colectiva.
Hablar claro es un acto político. Informar bien es un acto de justicia. Y reconocer que las personas con VIH pueden vivir, amar, trabajar y soñar como cualquiera, es simplemente reconocer su humanidad.
El gran desafío ya no es científico. Es social: acceso oportuno, adherencia, acompañamiento psicológico y eliminación de barreras discriminatorias en sistemas de salud, empleos y entornos educativos.
El tratamiento no es solo una pastilla diaria. Es dignidad, es futuro, es posibilidad.
linda.dambrosiom@gmail.com