El pasado, el presente y el futuro no son tiempos separados, sino tensiones que conviven dentro de uno
Opinión.- El tiempo no pasa: nos atraviesa. Y en ese tránsito decide qué parte de nosotros permanece.
El pasado, el presente y el futuro no son tiempos separados, sino tensiones que conviven dentro de uno, fuerzas que tiran de la misma fibra humana hasta hacerla crujir. Pero la forma en que esas fuerzas nos atraviesan cambia con la edad, porque no es el tiempo el que se transforma, sino la manera en que lo habitamos. El pasado no está atrás: está adentro, respirando con una obstinación que a veces pesa y otras sostiene. En la juventud, ese pasado es breve y ligero, casi un prólogo sin gravedad. Apenas un murmullo que no alcanza a doler. Pero con los años se vuelve un territorio vasto, lleno de decisiones que nos partieron, de nombres que ya no pronunciamos, de lugares que se volvieron imposibles. En la vejez, el pasado es casi un continente: no nostalgia, sino memoria viva, la suma de lo que sostuvo y de lo que quebró.
El presente, en cualquier edad, es un filo. Pero su filo cambia. Para los jóvenes es un territorio ancho, vibrante, lleno de vértigo y posibilidades. Un espacio donde la vida parece infinita y el riesgo no pesa. En la adultez, el presente se estrecha: exige, reclama, empuja. Es el tiempo de la responsabilidad, del peso, de la lucidez que incomoda. Allí la ética deja de ser idea y se vuelve acto; la palabra se vuelve gesto; la duda se convierte en movimiento. En la vejez, el presente se vuelve nítido, casi sagrado. Cada día tiene un valor distinto, una claridad que antes no se tenía. El presente se vuelve un lugar donde cada gesto importa, donde la templanza se vuelve brújula.
Y el futuro… el futuro es la promesa sin garantía que cada edad interpreta de un modo distinto. Para los jóvenes, es un horizonte infinito, una seducción. Un espacio que siempre estará allí, esperando. En la adultez, el futuro deja de ser sueño y se vuelve construcción: disciplina, renuncia, apuesta. Ya no es un territorio abierto, sino uno que se edifica con esfuerzo. En la vejez, el futuro es un umbral breve, pero no por eso menos profundo. Un misterio sereno, una pregunta abierta. No un lugar lejano, sino un borde. Y desde ese borde, el tiempo se mira con una mezcla de aceptación, lucidez y una dignidad que solo da la vida vivida.
Así, el pasado nos forma, el presente nos prueba y el futuro nos convoca. Pero la edad determina la textura de cada uno: la ligereza o el peso, la urgencia o la calma, la ilusión o la lucidez. Vivir no es transitar el tiempo, sino sostener la dignidad en medio de sus fuerzas, sabiendo que cada etapa nos enseña a mirar de otro modo lo que fue, lo que es y lo que todavía puede ser.
El tiempo no es un camino que se recorre, sino una fuerza que nos talla. El pasado nos forma con su peso, el presente nos prueba con su filo y el futuro nos convoca con su incertidumbre. Y mientras esas tres tensiones nos habitan, uno aprende que la verdadera tarea no es dominar el tiempo, sino sostener la dignidad en medio de su empuje. Allí, en esa resistencia silenciosa, se cifra la vida entera.
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