Opinión

Linda D´Ambrosio: Como Cassandra

La ciencia contemporánea ofrece una respuesta inquietante y reveladora
17 de febrero de 2026
Opinión.-  Cassandra, hija de Príamo y Hécuba, rey y reina de Troya, recibió de Apolo el don de la profecía. No era una pesimista profesional, ni una amante de las desgracias; simplemente advertía de peligros reales. Anunció la caída de Troya y el engaño del caballo de madera, pero su lucidez fue confundida con exageración. Desde entonces, su nombre ha quedado asociado a quien ve catástrofes por todas partes. Sin embargo, su historia plantea una pregunta más profunda: ¿prestar atención a lo malo es pesimismo o es prudencia?

La ciencia contemporánea ofrece una respuesta inquietante y reveladora. Nuestro cerebro está configurado para detectar amenazas. Los psicólogos lo llaman negativity bias (sesgo de negatividad): los estímulos desagradables, los riesgos y las pérdidas generan respuestas neuronales más intensas que las buenas noticias o las recompensas.

Recordamos con más nitidez una crítica que diez elogios. Nos afecta más una caída en bolsa que una subida similar. No es una tarea cultural reciente, sino un mecanismo evolutivo: durante milenios, sobrevivir dependía de identificar con rapidez aquello que podía dañarnos. En el entorno ancestral, reaccionar rápidamente a señales de peligro —una serpiente, un depredador, un grupo hostil— aumentaba las probabilidades de supervivencia. Por eso, incluso hoy, sin selvas ni depredadores reales, nuestra mente sigue dando prioridad a lo que puede dañar.

Este sesgo ayuda a explicar por qué las noticias negativas ocupan portadas y titulares. No se trata solo de una supuesta inclinación morbosa de los medios, sino de una dinámica de atención: los hechos que implican riesgo, conflicto o escándalo capturan más interés, generan más conversación y, hoy, más clics. La información sobre problemas cumple además una función social: alerta, fiscaliza, previene abusos. Una prensa que solo celebrara avances ignoraría su papel de vigilancia. El problema surge cuando la amplificación constante de lo negativo distorsiona nuestra percepción del mundo y nos hace creer que todo empeora siempre, incluso cuando algunos indicadores señalen mejorías.

En política ocurre algo similar. Las campañas enfatizan fallos, amenazas y errores del adversario porque saben que la crítica moviliza más que la complacencia. El votante presta más atención al riesgo que a la promesa. De nuevo, no es simplemente cinismo: es una característica humana. Evaluar lo que puede salir mal forma parte del juicio prudente. Las sociedades necesitan identificar lo que no funciona, reducir riesgos, corregir injusticias y anticipar crisis.

Finalmente, se trata de algo elemental: lo que está mal es lo que requiere una intervención, una solución.

Pero entender este sesgo también nos obliga a equilibrarlo. Si solo miramos el peligro, terminamos paralizados o cínicos; si solo celebramos lo bueno, nos volvemos imprudentes. La clave no está en negar nuestra inclinación a atender lo negativo, sino en reconocerla. Saber que nuestra mente magnifica amenazas nos permite preguntarnos si la alarma es proporcional o si estamos reaccionando por inercia ancestral. Tal vez la lección de Cassandra no sea que estaba equivocada, sino que advertir de riesgos es necesario, aunque incómodo. Prestar atención a lo que no funciona no es un ejercicio de pesimismo, sino un acto de responsabilidad. La tarea consiste en hacerlo sin perder de vista que, junto a cada peligro real, también hay avances silenciosos que merecen ser vistos.

El sesgo negativo nos hace más cuidadosos ante peligros reales, nos impulsa a corregir fallos y ayuda a que no ignoremos señales de alarma que podrían tener consecuencias importantes.

linda.dambrosiom@gmail.com
Sigue la información minuto a minuto en nuestro Telegram Instagram Facebook Twitter ¡La noticia en tus manos!
VÍA Equipo de Redacción Notitarde
FUENTE Linda D´Ambrosio