Seguramente Nereo Pacheco pensaba que la justicia jamás lo alcanzaría. Fue uno de los hombres que ha pasado a la historia por el dolor que causó a sus semejantes
Opinión.- Yo no soy de por aquí
Yo vengo del otro lao,
Y un cambur en esta paila
Lo tengo muy bien ganao¡
Ningún preso que yo tuve
dejó de ser maltratao¡
y aquel que no se murió
fue porque nació parao.
¡Fue mucho el preso en
mis manos!
¡Que se murió encortinao,
Le di raciones de arsénico
En el guayoyo mezclao
Y le remaché los grillos
Al enfermo desahuciao.
(Llegada de Nereo a la Quinta Paila del Infierno por Miguel Otero Silva).
Seguramente Nereo Pacheco pensaba que la justicia jamás lo alcanzaría. Fue uno de los hombres que ha pasado a la historia por el dolor que causó a sus semejantes. Fue hace unos cien años. Era un mulato, músico y barbero, oriundo de Guarenas. La primera víctima que se le conoce fue su querida o una mujer que él pretendía y se negó a sus caprichos. Nereo la mató a cuchilladas.
A Nereo lo metieron preso en La Rotunda, mientras se desarrollaba el juicio. Eran los años veinte del siglo pasado, tiempos de la feroz tiranía de Juan Vicente Gómez. De alguna manera, las autoridades gomecistas vieron las “aptitudes” de Nereo y lo designaron “cabo de presos”; es decir, el recluso que vigila y supervisa a sus compañeros disfrutando de la confianza y beneficios que le dan las autoridades del penal. Normalmente este cargo se le asigna al preso más antiguo, pero Pacheco no lo era. Hubo alguna influencia allí. Cuentan los antiguos cronistas que el juicio se le paralizó y a Nereo le ofrecieron que si la sentencia era condenatoria, le darían dinero y documentos para que con otro nombre se fuera a Trinidad o Curazao. Eso ya lo había hecho la dictadura con Eustoquio Gómez, quien había asesinado a nada menos que al gobernador de Caracas, el Dr. Mata Illas. A Eustoquio lo sacaron de La Rotunda y le dieron un cargo en el gobierno con el nombre de Evaristo Prato.
Nereo se dedicó a hacerles mayor el sufrimiento a los adversarios del gobierno que caían en La Rotunda. Los nombres de las torturas hoy están casi olvidados: el cepo de campaña, las colgadas, el tortol, el acial, las pelas, los grillos, el apersogamiento. Y, lo más grave, de acuerdo a múltiples denuncias, envenenó a varios presos añadiéndole a las escasas raciones de comida arsénico y vidrio molido. Entre sus víctimas se recuerda al sacerdote, también de Guarenas, Régulo Franquiz, doctor en derecho canónico, en cuyo honor se levantó una plaza y una avenida en su pueblo natal.
El sadismo de Nereo era tal, que mientras los presos eran torturados por otros carceleros y cuando sacaban al cadáver de alguno de esos infelices, el hombre se ponía a tocar un arpa que tenía, que por cierto, lo hacía con gran habilidad.
Resulta que en esos días, un abogado llamado Angel Vicente Rivero fue encarcelado por un tiempo en La Rotunda y cuando fue excarcelado, el profesional del derecho se dedicó a instar en los tribunales la sentencia en contra del torturador, lo que logró en marzo de 1920 y Pacheco fue trasladado al Castillo de Puerto Cabello donde terminó de pagar la exigua condena. Allí sus jefes no lo pudieron ayudar. Terminó de purgar su pena en 1926.
Al quedar libre, Pacheco fijó su residencia en Caracas, donde vivió tranquilamente por nueve años, pero en diciembre de 1935 muere el dictador Juan Vicente Gómez y se instala un nuevo régimen de libertades y de legalidad presidido por el general Eleazar López Contreras. Así las cosas, un grupo de expresos del gomecismo, muchos de ellos torturados por Nereo, encabezados por Victor Juliac, Salvador de La Plaza, Nestor Luis Pérez, y el capitán Luis Rafael Pimentel acusaron al carcelero por los crímenes del padre Franquiz, Eliseo López, un señor Calimán, un doctor Jiménez y otros infelices.
La sentencia del tribunal fue ejemplar: Pacheco ahora fue condenado a la pena máxima de veinte años, sin ningún atenuante. Cuentan que al enterarse lloró, pataleó, gritó y hasta se orinó en los pantalones (OMG¡). Los esbirros y los torturadores cuando pierden el poder son unas mamitas.
Nereo Pacheco fue confinado con el número 63 en un calabozo de la cárcel de El Obispo, donde murió el 15 de septiembre de 1941, víctima de la diabetes. A todo cochino le llega su sábado, a veces se tarda, pero le llega.